jueves, 12 de febrero de 2026

Las palmeras salvajes


Sé que se quieren rediseñar los lugares en las ciudades para que sirvan de interacción social. Pero yo sólo quiero atravesarlos. Cuando he llegado a la cafetería, he estado leyendo el libro de Faulkner, que es un libro para leer un día de viento. Esta mañana me ha despertado el ruido de la cubierta del patio interior de mi edificio, hasta que el viento se la ha llevado y han empezado a volar todas las hojas secas del otoño pasado, como en un sueño, que luego han ido cayendo en el patio del vecino de abajo, que ahora parece uno de los caminos secundarios de los jardines del Luxemburgo. Mientras leía a Faulkner, ha entrado una mujer, alta, de ojos verdes como el agua de un lago noruego, septentrionales, de pelo largo: una cascada, y una cara tranquila como una escultura del Louvre. Me he fijado que llevaba un limón en la mano: ese tipo de mujeres que han traído más belleza al mundo que el arte, que la literatura, que la teoría de la evolución. Hay un momento en el libro, cuando Harry, lleno de culpa por la muerte de Carlota, tiene la posibilidad del cianuro, piensa que afrontará la memoria: «No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Entre el dolor y la nada elijo el dolor». Si alguien me hubiera mirado en ese momento hubiera visto mis ojos blancos, glaucos como los ojos de la leona íbera que encontraron hace unos años bajo un olivo milenario. He recordado entonces lo que dijo el físico Guido Tonelli, sobre que la nada y la aniquilación tienen raíces cercanas en el mundo griego, y que de ahí surge la dificultad de comprender la riqueza del vacío. También he recordado que hay mujeres que se sientan a mi lado porque ven una forma. Ha sido en ese momento cuando la mujer-limonada ha visto Las palmeras salvajes sobre la mesa, y me ha dicho que los arquitectos fracasan siempre al intentar copiar la forma de los árboles. Qué ácida. No le he hecho caso, pero le he dicho que no soy una forma, míreme, no lo soy, y no tengo memoria ni fuerzas para afrontar la memoria, sólo el cine fabrica recuerdos. Lo sé por Godard. Por eso elijo la nada, el vacío creativo que crea de la nada. Por favor, no me limonee, no trato de adaptarme a los demás. El olvido. Entiéndame, el olvido.