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viernes, 1 de enero de 2021

Autorretrato III

Me gusta la gente que te sorprende como la muerte. Me gustan los períodos intermedios, los libros fragmentados, las cosas que no concibo. Me gusta el ruido de las hojas secas del otoño pasado, lo absurdo, La agonía de Francia de Chaves Nogales. Me gusta la gente que es como un electrón, que va dando vueltas por los arrabales. Me gusta cuando el personaje de B. acepta con una especie de alegría el hecho de no comprender las cosas extrañas. Me gustan los jardines de Giverny, el mar por la mañana, las gaviotas que en mi barrio se comen a las palomas. Me gustan los colores de las calles de París, Francia. Me gusta que Odile vaya a todos los sitios corriendo; en general, me gusta Odile vaya o no a todos los sitios corriendo. Me gusta la gente que viaja sola, que simplifica la vida, que no se deja llevar por las mareas; la gente que en el libro de Bolaño iba a beber al Cartago y que era la tristeza pura. Leo que a veces piensa que le gusta sufrir pero, en verdad, preferiría otra cosa. Me gusta cuando alguien escribe como si la situación más emocional fuera algo cotidiano; también cuando alguien escribe como si todo lo cotidiano se conjurara para que le pasara a su personaje. Me gusta la gente que desde la puerta dice hasta luego aunque realmente no sepa hasta cuándo. Me gusta lo que no entiendo, lo que parece inacabado, lo ficticio, aunque me bastaría con no entenderlo. Me gusta lo irreal: nadar en un pantano, con el miedo que me dan los pantanos. Porque dentro de mí tengo los temores propios de cualquier ciudad fronteriza.    

domingo, 30 de agosto de 2020

El viaje vertical


Me gustaría volver a Lisboa y, como la primera vez, llegar allí pensando que todos los hombres debían de parecerse a Pessoa y todas las mujeres a Maria de Medeiros. Aunque una vez allí abandoné la idea porque el primer hombre que me encontré, un taxista que cogí en el aeropuerto, vi que se parecía más a Francis Ford Coppola, lo cual no tenía ningún sentido. La primera vez que llegué a Lisboa era invierno porque hacía un frío invernal. Durante la primera noche pensé que yo también hubiera querido tener en aquel momento un abrigo de marino, como el de Limónov, de oficial del acorazado Potemkin. Aunque quizás no fuera invierno, sino sólo una noche de primavera después de salir de escuchar fados, que aunque deberían de emocionar, a mí me dejaron un poco frío. He pensado en Lisboa porque estoy leyendo El viaje vertical, de EVM. En algunos libros de EVM el personaje sale de Barcelona, se va, desaparece, huye: a Oporto-Lisboa-Madeira, a París, a Dublín, a Kassel. Son personajes que podrían apropiarse de la definición que en Viva, el libro de Patrick Deville, se hace de Trotski: El jefe en fuga del Ejército Rojo. Son personajes a la fuga. Y he pensado en Lisboa porque me gustaría volver allí y, como la primera vez, me gustaría llegar por la mañana, temprano: la gente a primera hora es más amable porque aún no ha acabado de despertarse del todo. Cualquier viaje es darse un poco a la fuga pero sabiendo que luego vas a volver, como un cobarde. Algún día quisiera empezar un viaje con su salida pero sin su regreso. Algo así como matar a Ulises. Y ver entonces, cada día, el amanecer en Lisboa. Creo que eso es en sí una filosofía. Y por eso sé que tengo una filosofía pero también tengo un vacío. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Manifiesto mi incredulidad



Puedo empezar así: Soy turista. No soy poeta, soy de todo un poco. Doy muchos rodeos antes de llegar a algo concreto. Y después ya podría seguir con el actual rechazo al turismo, porque todo empezó así: con el rechazo al turista, a la persona. Recuerdo a gente de la calle decirlo: con tanto turista, Barcelona ya no es Barcelona. Molestaban. Así comenzó, en la calle. Luego ya salió todo lo demás: la precariedad, los barrios, los cupos. Ahora Turismofobia es la variante de izquierdas de la xenofobia. Porque a la derecha, concretamente estos extranjeros, no les molestan. Y ahora pienso qué haría si no pudiera salir de este país  al menos durante una semana; que en otros países me consideraran alguien a quien rechazar. Porque a mí me gustaría viajar siempre, continuamente. Llegar a un país y estar un tiempo; el tiempo suficiente para conocer los lugares y otras cosas, pero no para conocer su debate político. En ese momento cambiaría de país y volvería a repetir el proceso. Sería un poco como dice Pessoa: «Viajar. Perder países». Pero yo los perdería de verdad, porque ya habría conocido lo que querría conocer, y no volvería a ellos jamás. En el fondo yo quería escribir un manifiesto sobre otro tema pero he acabado escribiendo sobre este otro. Quería comenzar, porque es algo que tengo pendiente desde hace tiempo, escribiendo un manifiesto sobre el desamor que empezara indicando los tres puntos básicos de mi ideología: Dejar de querer, dejar de sentir; dejarlo.

lunes, 6 de abril de 2015

Mi generación, aún joven, ya murió.



Ayer leí un escrito de Vargas Llosa en el periódico. El hombre-florero. A veces, cuando leo a según quien, trato de no pensar en quien lo ha escrito. Es una historia sencilla, y me gustan las historias sencillas. Hoy he acabado de leer el tercer volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte. Están llenos de historias sencillas. En una de las entradas explica que una vez conoció a Vargas Llosa en Benidorm. Y que pese a su perpetua sonrisa, le pareció muy frío.

De vuelta a casa. El tren no ha parado hoy en algunas estaciones. Me he fijado en todas esas personas que se han quedado en el andén, ya de noche, levantando las manos como saludando.

Cuenta Pessoa que una tarde vio pasar una manifestación de obreros hecha con no sabe qué sinceridad, porque le cuesta admitir sinceridad en las cosas colectivas. Comenta que al verlos sintió una náusea y que ni siquiera estaban suficientemente sucios. Trato de pensar cómo pensaría Pessoa para decir esas barbaridades. Y creo que aún hay gente que puede pensar así. Que forman parte de una sociedad que no tiene nada que ver con ellos, y como Pessoa escribir que «un hombre, aunque pueda reconocer con el pensamiento que es un ser vivo como yo, ha tenido siempre menos importancia que un árbol, si el árbol es más bello». Entonces pienso en el hombre-florero de Vargas Llosa: un mendigo que decora su banco y su ropa con flores; en la manifestación de obreros no suficientemente sucios de Pessoa; en la neutralidad de muchos de los escritores de ahora, que conservan su obra entre flores, como el traje del mendigo; y también en Uriarte y en sus historias sencillas cuando dice que «dentro de mil años, el sistema social de hoy será considerado como una variante más del esclavismo».

sábado, 28 de febrero de 2015

Navegar es preciso, vivir no es preciso




Al subir por la calle Balmes soplaba allí un viento diabólico. Podría incluirlo en mi colección de ventiscas, pero no tiene nombre. Es un viento sin nombre, sólo lleno de calificativos endemoniados. Hace un tiempo inicié mi colección de corrientes literarias. En ella incluí, entre otras, la ventisca de la que habla Hrabal, cuando dice que vive en un país donde el viento sopla sin cesar, «donde no hay esperanza de que la angustia y el estrés se calmen». Hrabal escribe sobre el föhn, este sí un viento con nombre.

He estado leyendo el Aleph, de Borges. En uno de los cuentos, Borges narra la historia de Droctulft, uno de los longobardos que las guerras trajeron a Italia desde las orillas del Danubio para luchar contra los romanos. Cuenta Borges que probablemente Droctulft «venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era leal a su capitán y a su tribu, no al universo». Y en Rávena ve algo que no había visto jamás. «Ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos». Todo eso que ve le impresiona como si en su «diseño se adivinara una inteligencia inmortal». Y es en ese momento, durante el asedio de Rávena, que Droctulft abandona a los suyos para morir defendiendo la ciudad que había tratado de conquistar. Porque hay ciudades así.

De cuando llegué a Lisboa. Escribe Andrés Trapiello que es importante el momento en que uno entra en una ciudad por primera vez, y que para salir da un poco igual la hora o el día. Entré en Lisboa por primera vez un día en el que se celebraba un funeral. Me dijeron que el fallecido se parecía un poco a Pessoa. Siempre he creído que en Lisboa todos los hombres debían de parecerse un poco a Pessoa. Sólo por comprobar ese hecho me uní, como uno más, a la comitiva de enterradores.
Antes de llegar al cementerio, desde un balcón, una mujer cantó un fado. Aprendí entonces que hay fados corridos, que son como más rápidos y parecen divertidos aunque hablen de la muerte. Mientras escuchaba a la fadista pensé, como el personaje de Nick Hornby, la música que querría que pusieran en mi funeral. Después seguimos nuestro camino hacia el cementerio, bordeando el Tajo, y como decía Pessoa, reproduciendo la fórmula aventurera de los argonautas: «navegar es preciso, vivir no es preciso». Así entré por primera vez en Lisboa. Para salir da un poco igual la hora o el día.