Tampoco es para tanto la literatura. Porque haber leído es otra forma de resignación. Creo que hay que reducirlo todo, que la belleza absoluta es la simplicidad. Lo bello es una ventana abierta a las tres de la madrugada y alguien dándole vueltas a una idea: la de decir una frase sencilla: El amor es como el ego, desplaza un poco el centro del universo. Y a la vez pensar que el desamor, que es una figura llena de nobleza porque no admite el engaño, es como un loco en un embarcadero creyendo escuchar una canción, y al preguntarle a Ferdinand si él también la escucha, éste decirle: «Ya sabe que no», aun sabiendo que así ahondará su locura, pero sin poder fingir, porque la locura tampoco admite el engaño, tan solo la perplejidad. Y como desde la ventana veo a lo lejos la estación y los trenes de mercancías, que son los únicos que pasan a estas horas, he pensado en la mujer que esta tarde en el tren, al llegar a Sants, se ha levantado y ha dicho sin emoción que ayer perdió las llaves y murió su padre, saliendo después de inmediato del vagón sin esperar la reacción que merecía; una mujer-conmoción que despierta el mismo efecto que a C. le despertaba el fenómeno Beckett: «Lo sientes en cuanto estás delante de él. No exterioriza, pero sientes que estás ante alguien». Es a esta hora cuando creo que puedo hacer cualquier cosa, ya que por la mañana todo se iguala. Al despertar, toda la gente se parece. Pero a esta hora es posible inclinarse un poco y mirar hacia abajo, y decir una frase sencilla: El amor es una palabra que genera reacciones, químicas e insensatas. Y leer una frase sencilla, de Beckett, un tiempo después: «Van viniendo/ iguales y diferentes/ con todas es igual y diferente/ con todas la ausencia de amor es igual/ con todas la ausencia de amor es diferente».
jueves, 24 de agosto de 2023
sábado, 8 de abril de 2023
Autorretrato IV
Si dejo un libro a medias, doblo una esquina por si algún día vuelvo. Hay cosas definitivas, como el vecino que cayó desde el ático y nos dejó a todos mudos. La primera vez que estuve en Arles, empecé a amar una cierta geografía. Me gustan las personas que a Samuel Beckett lo llaman Sam. También me gustan las páginas intermedias de un libro; un perro que te recuerde, como el de Ulises en la Odisea; un árbol; un árbol seco. Se produce un ruido excepcional cuando un vecino cae desde un ático. Es un ruido raro pero inconfundible. Si otro vecino cayera desde un ático, podría decir, sin dudar, que es otro vecino cayendo. Tras el estampido inicial se escucha como un suspiro. Me han dicho que soy esquivo como el ojo de Sartre. Ayer, en el tren, pensé en cosas insignificantes. Ahora pasan unas nubes. Para escribir la serie Autorretrato leo siempre la primera página del libro del mismo nombre de Édouard Levé donde dice que describir con precisión su vida le llevaría más tiempo que vivirla. Esa frase me recuerda el mapa del imperio de Borges, que acaba teniendo el mismo tamaño que el imperio. Si tuviera un perro, lo llamaría Charonte, con acento francés. El 47% de lo que escribo aquí es zozobra. Me interesa todo lo de Aldo Moro; el reactor número 4 de Chernóbil; el origen de las palabras. También todo lo de Olof Palme, el árbol sueco; lo de Mathias Rust aterrizando su avioneta en la Plaza Roja de Moscú; lo de «John Ford, John Ford y John Ford». Hay días que se me pone un nudo en la garganta, como a Isadora Duncan. Estoy escribiendo un Manifiesto sobre el desamor porque el amor es un jaleo. Ahora ya no hace tanto frío pero en mi Stalingrado interior las ruinas no me dejan ver el bosque.
domingo, 10 de enero de 2021
Desde la ventana de Kafka a la calle
Esta mañana he salido temprano. Quería ir a una cafetería
pero todas estaban cerradas. Como he visto a una mujer que tenía el pelo fino y
castaño como una manta, me ha entrado un poco de sueño. Cuando he vuelto a
casa, he estado un rato mirando por la ventana, que no es algo triste salvo que
la intención sea la de tirarse por la ventana. También en la música los acordes
menores son más tristes. Y eso no tiene por qué tener una explicación. Como me
gustan algunas cosas, he leído que la rotación de la Tierra sobre su eje ha
comenzado a acelerarse provocando que los días sean más cortos. Por lo que el
19 de julio de 2020 se midió el día más corto jamás registrado, aunque sólo lo
fue por unas milésimas, casi imperceptible, como la justicia. También el día
que Arthur, Odile y Franz visitaron en 1964 a la carrera el museo del Louvre
batieron el récord de Jimmy Johnson, de San Francisco, dejándolo en nueve
minutos y cuarenta y tres segundos. Me ha comentado A.C. que podríamos
escribirnos cartas como Kafka a Felice Bauer o como Henry Miller a Anaïs Nin.
Si un día de este invierno escribo una carta a A.C. la empezaría así: «Me ha
cambiado el metabolismo porque tengo las manos frías; en general, incluso de
las cosas externas me siento un poco responsable».
Ahora estoy leyendo Malone muere, de Beckett. Qué incómodos son los personajes de B. Incluso ha habido un momento en que no he visto con malos ojos en Malone muere que Malone muera. Me ha recordado al escarabajo de Kafka. Ambos se pasan la novela en una habitación. Y los dos miran por la ventana. Creo que el escarabajo de Kafka se fija en lo larga que es la calle; en cambio, el Malone de Beckett se fija en el edificio de enfrente, en una pareja follando entre las cortinas. Desde luego, me quedo con el personaje de Kafka porque, como me comentó R., en el escarabajo de Kafka cabe toda la humanidad.
viernes, 1 de enero de 2021
Autorretrato III
Me gusta la gente que te sorprende como la muerte. Me gustan los períodos intermedios, los libros fragmentados, las cosas que no concibo. Me gusta el ruido de las hojas secas del otoño pasado, lo absurdo, La agonía de Francia de Chaves Nogales. Me gusta la gente que es como un electrón, que va dando vueltas por los arrabales. Me gusta cuando el personaje de B. acepta con una especie de alegría el hecho de no comprender las cosas extrañas. Me gustan los jardines de Giverny, el mar por la mañana, las gaviotas que en mi barrio se comen a las palomas. Me gustan los colores de las calles de París, Francia. Me gusta que Odile vaya a todos los sitios corriendo; en general, me gusta Odile vaya o no a todos los sitios corriendo. Me gusta la gente que viaja sola, que simplifica la vida, que no se deja llevar por las mareas; la gente que en el libro de Bolaño iba a beber al Cartago y que era la tristeza pura. Leo que a veces piensa que le gusta sufrir pero, en verdad, preferiría otra cosa. Me gusta cuando alguien escribe como si la situación más emocional fuera algo cotidiano; también cuando alguien escribe como si todo lo cotidiano se conjurara para que le pasara a su personaje. Me gusta la gente que desde la puerta dice hasta luego aunque realmente no sepa hasta cuándo. Me gusta lo que no entiendo, lo que parece inacabado, lo ficticio, aunque me bastaría con no entenderlo. Me gusta lo irreal: nadar en un pantano, con el miedo que me dan los pantanos. Porque dentro de mí tengo los temores propios de cualquier ciudad fronteriza.
domingo, 6 de diciembre de 2020
Autorretrato II
sábado, 6 de junio de 2020
Molloy
He acabado estos días de leer a Beckett. Hay un momento que Molloy camina por el bosque y se encuentra en una encrucijada en forma de estrella, con varios senderos. Y entonces da una vuelta completa sobre sí mismo. O parte de una vuelta; en general, camina sin parar hacia una ciudad, pero no recuerda el nombre de esa ciudad. Cómo me ha gustado esto. Me ha parecido un cuento de Lewis Carroll. Cuando el personaje de un libro, como Molloy, de Beckett, camina sin saber hacia dónde, eso debería de bastar. Aunque después he estado buscando más información. Y he llegado a Descartes, a la tercera parte del Discurso del método, cuando escribe que los caminantes extraviados en un bosque deben dirigirse siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aunque esa dirección la haya determinado el azar, «pues de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque». Molloy, en cambio, sabiendo que en el bosque cuando uno cree avanzar en línea recta no hace más que describir círculos, pone su mejor voluntad en describir círculos, con la esperanza de avanzar así en línea recta. Y como asocio libros que no tienen ninguna relación —cosa que no me pasa con las personas, que no asocio unas con otras porque las personas cambian y tener que modificar esas asociaciones me desorienta—, he recordado la idea de Moran, en la segunda parte del libro de Beckett, de que las cosas por la noche parece que cobran vida, y al amanecer, «las cosas vuelven a ocupar solapadamente su posición diurna, se instalan, se hacen el muerto», y la he relacionado con Limbo, de Fernández Mallo, cuando escribe que los objetos sobreactúan. Y que la muerte acontece cuando los objetos dejan de sobreactuar para nosotros.
sábado, 16 de mayo de 2020
Autorretrato
sábado, 25 de abril de 2020
En uno de los surcos de la frente de Beckett
Aunque algunos se asoman para dejarse de rodeos, yo me he asomado a la ventana para ver el atardecer en Lisboa, los puentes sobre el Tajo y el óxido de sus farolas. También he visto a un hombre solo que caminaba por la calle como si se le hubiera quebrado un ala. Recuerdo habérmelo encontrado hace un par de años en una cafetería. Tenía una brecha en la ceja que aún le sangraba. Parecía un pálido pájaro negro herido de muerte. Un cuervo. Pude ver que sobre una silla había dejado una coraza metálica. Me senté en una mesa y, cuando fui a sacar un libro que llevaba en la bolsa, me dijo que la ortografía era individualismo y que, en cambio, la gramática era algo colectivo, social: un paso hacia el marxismo. No le hice caso porque siempre me ha impresionado la gente que me habla sin conocerme, y más si me dicen cosas sin sentido. Fue entonces cuando me dijo que siempre llego con retraso a todos los hechos de mi vida. Eso me llegó. Y estuve a punto de decirle que quien parecía que tenía un retraso era él, pero al final le dije que yo siempre he querido pasear con una coraza de hojalata bajo el brazo por las calles de Berlín. Y más aún, bajo el cielo de Berlín. Hoy, desde el Mirador da Graça en que mi ventana se ha convertido, y mientras he visto a ese hombre solitario que paseaba por la calle, me he fijado en lo poco que ha cambiado, y que seguía con ese aspecto, como si hubiera sido abatido una noche de invierno durante un bombardeo de la Luftwaffe. Luego me he puesto a leer un rato. Escribe Cioran que paseando por Saint-Chéron, en otoño, todos los árboles de color óxido. Y sé que esa frase le hubiera gustado a Sebald, ya que en todos sus libros presta mucha atención a los árboles. En sus Cuadernos, espero siempre el momento en el que Cioran se encuentra de casualidad a Beckett por la calle. Quizás sea a Beckett al único que trata con cariño en el libro. Escribe C. que el otro día lo divisó en una alameda secundaria del Luxemburgo leyendo un periódico como lo haría uno de sus personajes. No lo abordó. «La conversación exige un mínimo de dejadez. Sam es incapaz de ello. Todo en él revela al hombre del monólogo mudo». Y como mis pensamientos a veces se van por las ramas, he vuelto a pensar en Sebald. Porque me pasan cosas así, que de aquí a unos años alguien me dirá que Sebald, en alemán, quiere decir arboleda.
sábado, 22 de febrero de 2020
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (V)
Esta mañana, en la estación, pasaban trenes que no estaban anunciados mientras que otros no llegaban a pasar. Hasta los suicidas estaban desconcertados.
Leo que hay que dejarse arrastrar a un profundo desinterés, caer en el nada-me-importa de los muertos.
Escribe Oscar Tusquets que no hay colores bellos y colores feos. El verde que nos parece maravilloso en las hojas de una planta nos horroriza en el rostro de un cadáver.
Que me han dicho hace un momento que «los funerales deberían considerarse obras de ficción».
Escribe Fernández Mallo que está bien estudiado que, en el cine europeo, el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés significa muerte.
Escribe Beckett que se apresura a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca ha podido mirarlos hasta el último momento.
Leo lo escrito sobre Espriu el día de su muerte: «Un físico antipático, no sencillamente adusto sino bastante repelente, como un cuerpo inasequible a los sastres, un cuello más hecho para la soga que para la corbata».
Cuando hay un muerto, si está Juan Rulfo, entonces hay muchos muertos. También cuando está Borges.
«— Disculpe, ¿la granja de Antonio Sierra?
—Va en rumbo equivocado— me dijo —. El cementerio es para allá.
—No voy para el cementerio.
Me miró perplejo, sonriente, como si lo estuviera yo entreteniendo.
—Todos vamos para allá» [Mateo García Elizondo]
sábado, 5 de octubre de 2019
Cuando la belleza es llamarse Marguerite
Como he salido de casa sin saber hacia dónde dirigirme, he pensado en Molloy, de Beckett, cuando el personaje, ignorando dónde estaba y por tanto qué dirección le convenía, tomó la del viento. También he pensado en Niebla, de Unamuno: «¿Tiro a la derecha o a la izquierda? Esperaré a que pase un perro y tomaré la dirección inicial que él tome». Por eso, ante la duda, he acabado yendo a una cafetería que, estando cerca de mi casa, también lo está de la Patagonia. Por las mañanas soy más de dulce que de salado. Comer a primera hora un bocadillo de lo que sea es como si me dieran a probar un sorbo de agua del mar muerto. Por eso esta mañana he pedido un café y una tarta que he visto expuesta nada más entrar: era una tarta capaz de matar a un diabético a cien metros a la redonda. Mientras me traían lo que he pedido, he estado pensando que me gustaría vivir en una ciudad como Trieste o como Bayeux, y estar allí de paso, sin entablar relaciones prolongadas: tener relaciones, también, de paso. Porque me doy cuenta que todo lo que es permanente es un error. Por eso me gustaría vivir en una ciudad extranjera, para que, en el momento de marcharme de esa ciudad, poder irme sin hacer mucho ruido, tal como están desapareciendo los gorriones; irme como un desconocido que, de repente, un día cualquiera, cuando ya nadie se lo espera, se asoma a una ventana para salir de allí volando.
Como he salido de casa sin saber hacia dónde dirigirme, he cogido dos libros, porque así me siento más seguro. He estado leyendo El dolor, de Marguerite Duras. Escribe Duras que los recién nacidos de familias judías «fueron confiados a los cuerpos de Mujeres Encargadas del Estrangulamiento de Niños Judíos, expertas en el arte de matar por medio de una presión en las carótidas. Mueren con una sonrisa, no causa dolor, dicen ellas». También hay un momento en el que Duras quiere contar lo cerca que estamos todos: «Pertenecemos a la raza misma que los incinerados en los crematorios y que los gaseados en Maidanek, pertenecemos también a la misma raza que los nazis». Y como Duras dice que lee Combat, me he acordado de Camus, de Crónicas (1944-1953): un conjunto de artículos que es una maravilla. En uno de esos artículos, que seguro leyó Duras, ya que está escrito en ese mismo período, el que va desde el fin de la Ocupación al final de la guerra, escribe Camus que «nos ha quedado el odio. Y una vez que partieron los verdugos, los franceses se quedaron con su odio. Al odio de los verdugos ha respondido el odio de las víctimas». A media mañana he salido de la cafetería y he cogido la dirección que más me convenía, y también he pensado en Duras y en la belleza de llamarse Marguerite.








