Las palmeras salvajes

Sé que
se quieren rediseñar los lugares en las ciudades para que sirvan de interacción
social. Pero yo sólo quiero atravesarlos. Cuando he llegado a la cafetería, he
estado leyendo el libro de Faulkner, que es un libro para leer un día de
viento. Esta mañana me ha despertado el ruido de la cubierta del patio interior
de mi edificio, hasta que el viento se la ha llevado y han empezado a volar
todas las hojas secas del otoño pasado, como en un sueño, que luego han ido
cayendo en el patio del vecino de abajo, que ahora parece uno de los caminos
secundarios de los jardines del Luxemburgo. Mientras leía a Faulkner, ha
entrado una mujer, alta, de ojos verdes como el agua de un lago noruego,
septentrionales, de pelo largo: una cascada, y una cara tranquila como una
escultura del Louvre. Me he fijado que llevaba un limón en la mano: ese tipo de
mujeres que han traído más belleza al mundo que el arte, que la literatura, que
la teoría de la evolución. Hay un momento en el libro, cuando Harry, lleno de
culpa por la muerte de Carlota, tiene la posibilidad del cianuro, piensa que
afrontará la memoria: «No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero.
Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no
sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la
ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser.
Entre el dolor y la nada elijo el dolor». Si alguien me hubiera mirado en ese
momento hubiera visto mis ojos blancos, glaucos como los ojos de la leona íbera
que encontraron hace unos años bajo un olivo milenario. He recordado entonces
lo que dijo el físico Guido Tonelli, sobre que la nada y la aniquilación tienen
raíces cercanas en el mundo griego, y que de ahí surge la dificultad de comprender
la riqueza del vacío. También he recordado que hay mujeres que se sientan a mi
lado porque ven una forma. Ha sido en ese momento cuando la mujer-limonada ha
visto Las palmeras salvajes sobre la mesa, y me ha dicho que los arquitectos fracasan
siempre al intentar copiar la forma de los árboles. Qué ácida. No le he hecho
caso, pero le he dicho que no soy una forma, míreme, no lo soy, y no tengo
memoria ni fuerzas para afrontar la memoria, sólo el cine fabrica recuerdos. Lo
sé por Godard. Por eso elijo la nada, el vacío creativo que crea de la nada. Por
favor, no me limonee, no trato de adaptarme a los demás. El olvido. Entiéndame,
el olvido.
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