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sábado, 22 de febrero de 2020
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (V)
Esta mañana, en la estación, pasaban trenes que no estaban anunciados mientras que otros no llegaban a pasar. Hasta los suicidas estaban desconcertados.
Leo que hay que dejarse arrastrar a un profundo desinterés, caer en el nada-me-importa de los muertos.
Escribe Oscar Tusquets que no hay colores bellos y colores feos. El verde que nos parece maravilloso en las hojas de una planta nos horroriza en el rostro de un cadáver.
Que me han dicho hace un momento que «los funerales deberían considerarse obras de ficción».
Escribe Fernández Mallo que está bien estudiado que, en el cine europeo, el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés significa muerte.
Escribe Beckett que se apresura a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca ha podido mirarlos hasta el último momento.
Leo lo escrito sobre Espriu el día de su muerte: «Un físico antipático, no sencillamente adusto sino bastante repelente, como un cuerpo inasequible a los sastres, un cuello más hecho para la soga que para la corbata».
Cuando hay un muerto, si está Juan Rulfo, entonces hay muchos muertos. También cuando está Borges.
«— Disculpe, ¿la granja de Antonio Sierra?
—Va en rumbo equivocado— me dijo —. El cementerio es para allá.
—No voy para el cementerio.
Me miró perplejo, sonriente, como si lo estuviera yo entreteniendo.
—Todos vamos para allá» [Mateo García Elizondo]
sábado, 16 de febrero de 2019
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (IV)
He ido esta mañana a despertarme a una cafetería. He estado
leyendo un rato porque estoy tomando notas para escribir un Manifiesto sobre el desamor, aunque también
me dedico a recopilar diferentes teorías sobre la muerte. Por eso me he fijado
en la gente de la terraza, sobre todo en aquellos que fumaban, y en su forma de
tirar las cenizas al suelo, como si vertieran a un familiar a las aguas del
Mediterráneo.
Después me he encontrado a mi vecina checa en el rellano. Me
ha dicho que ayer, con el frío de la mañana, pensó en difuminarse, y que recordaba
una película de Woody Allen en la que un actor cada vez que salía en pantalla aparecía
desenfocado, y que quizás fuera eso lo más parecido a echarse a un lado, al derecho
a apartarse de un artista. También me ha contado que de pequeña entró a ver a
su tío muerto, y que desde entonces le parece que todos los muertos tienen cara
de no me molestes. A veces lo recuerda en sueños, porque ella también duerme
mal y a destiempo, y que cuando lo consigue tiene sueños raros: ¿Tú también ves
en fila a todos los ahogados del Moldava?
Escribe Zambra que la muerte admite bromas, los cadáveres,
no. Un cadáver es la muerte menos la broma.
En casa he estado leyendo sobre las «obras de arte que
cuelgan de las paredes como mariposas atravesadas por un alfiler. Quieren
convencernos de que alguna vez volaron». Y después ese gesto de Luigi Amara:
Llevar flores a los museos como se llevan a los cementerios.
Hubo un tiempo que pensé que Rainer Maria Rilke era una
mujer. Y que Arthur Rimbaud y Arthur Rimbaud muerto eran la misma persona.
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sábado, 21 de abril de 2018
Los ingrávidos
El otro día, cuando en un bar vi a una novia vestida de
novia sentada en una silla, descalza, que lloraba, me acerqué para decirle que
no importaba si estaba confundida, que yo también suelo confundirlo todo:
sobrio con ebrio, puente con túnel, ceja con pestaña; y que cuando voy con
alguien por la calle me distraigo al cruzar, aunque siempre me acaban salvando
la vida. La novia vestida de novia me dijo que la noche anterior había muerto
su hermana, de un coágulo. La situación me parecía un poco rara por lo que le
dije también lo más raro que se me ocurrió, que estaba escribiendo un
Manifiesto sobre el desamor pero que además me dedicaba a recopilar diferentes
teorías sobre la muerte. Mientras le decía eso me fijé que la novia bebía
mucho, como si en poco tiempo hubiera sufrido ya más de un desengaño.
Leo en el libro de Valeria Luiselli, Los ingrávidos, cómo el
poeta Gilberto Owen comenta que hay muchas muertes a lo largo de una vida, y
que la mayoría de las personas no reparan en eso. Escribe Valeria Luiselli que
Owen empezó a morir en Manhattan, y que sólo él lo percibía: la gente está tan
ocupada con su vida que no se da cuenta de esas pequeñas muertes. «Yo me daba
cuenta porque después de cada muerte me daba fiebre y perdía peso». Owen se
pesaba todos los días en el metro para ver si el día anterior se había muerto.
«Había una báscula en la estación de la calle 116, que le devolvía la certeza
de que se estaba desintegrando».
Anoche, mientras leía el libro de Valeria Luiselli, la
hermana de la novia, al parecer, moría coagulada. Pensé en eso cuando le dije
que, según Gilberto Owen, la gente que sufre una de esas pequeñas muertes, de
todas las que se sufren a lo largo de una vida, deja un fantasma de sí mismo
por ahí, «y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su
cuenta». Me contó que su novio, al que yo imaginé en algún lugar vestido de
novio, tomaba pastillas para desconocerse, y que hasta su psicólogo lo había
abandonado. Un día le dijo que no podía seguir acudiendo a su despacho, y que
si estaba convencido de que la cordura, su cordura, no había resultado
contagiosa, no podía decir lo mismo de la locura, que parecía reproducirse constantemente
en esa sala; entonces, su novio puso cara de loco, se levantó del sillón y le
dio la mano por última vez a su psicólogo para, seguidamente, salir por la
ventana.
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domingo, 15 de abril de 2018
Bajo el volcán
El cónsul, de Lowry, a la llegada a Tomalín entra en una taberna de nombre Todos Contentos y Yo También. Y cuando miran al cielo, tanto él como Hugh, por encima de sus cabezas, «los buitres, que sólo esperan la ratificación de la muerte». También en Segundo libro de crónicas, Lobo Antunes escribe que en la calle Cláudio Nunes, por donde se encaminan los entierros hacia el cementerio, hay una taberna llamada A La Vuelta Aquí Os Espero. El otro día, mientras llovía, entré en un bar y vi a una novia vestida de novia sentada en una silla, descalza, y lloraba. Tenía unos pies bonitos
y unas uñas pintadas de rojo, casi granate, como sangre coagulada. Sé que a partir de ahora relacionaré las tabernas con la muerte y con el desamor. Aunque siempre estaré del lado del desamor: soy de los que si dicen te quiero, de inmediato tratan de aclararlo.
El cónsul, de Lowry, bebe whisky irlandés sin reparos y comenta que los mayas habían progresado mucho en la observación astronómica pero no sospechaban de la existencia del sistema copernicano, y que una de las primeras penitencias que se impuso fue aprender la sección filosófica de Guerra y Paz. Y mientras dice que «nadie podía conocer los peligros, las complicaciones, la importancia de la vida de un borracho», se da cuenta que lo único que recordaba de todo el libro era que Napoleón tenía espasmos en una pierna.
El cónsul, de Lowry, llega a su final, que es el final previsto. Porque el cónsul se va dejando y la muerte es sólo eso, dejarse ir un poco más allá. Y así termina el libro: «Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca». También Malcolm Lowry acabó tirado en un barranco en los márgenes, muerto; y muerto, aparentemente, intoxicado de alcohol y pastillas, algunos sugieren que asesinado por su mujer; el juez dictaminó, «muerte por desventura».
El cónsul, de Lowry, bebe whisky irlandés sin reparos y comenta que los mayas habían progresado mucho en la observación astronómica pero no sospechaban de la existencia del sistema copernicano, y que una de las primeras penitencias que se impuso fue aprender la sección filosófica de Guerra y Paz. Y mientras dice que «nadie podía conocer los peligros, las complicaciones, la importancia de la vida de un borracho», se da cuenta que lo único que recordaba de todo el libro era que Napoleón tenía espasmos en una pierna.
El cónsul, de Lowry, llega a su final, que es el final previsto. Porque el cónsul se va dejando y la muerte es sólo eso, dejarse ir un poco más allá. Y así termina el libro: «Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca». También Malcolm Lowry acabó tirado en un barranco en los márgenes, muerto; y muerto, aparentemente, intoxicado de alcohol y pastillas, algunos sugieren que asesinado por su mujer; el juez dictaminó, «muerte por desventura».
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sábado, 11 de noviembre de 2017
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (III)
Todos los muertos desconocidos me parecen iguales.
Quizás es una reacción a tanta démagogie, o que no tengo sentimientos. A veces los sentimientos se me pasan después de una copa de vino. También siempre encuentro la belleza después de una copa de vino.
Quizás es eso, sí, que no tengo sentimientos; que me guardo el paroxismo sólo para mis muertos. Hay veces que muere gente que parece ya muerta. Pero ese es otro tema: yo sólo busco la belleza, en cualquier arte, en cualquier parte.
Quizás es una reacción a tanta démagogie, o que no tengo sentimientos. A veces los sentimientos se me pasan después de una copa de vino. También siempre encuentro la belleza después de una copa de vino.
Quizás es eso, sí, que no tengo sentimientos; que me guardo el paroxismo sólo para mis muertos. Hay veces que muere gente que parece ya muerta. Pero ese es otro tema: yo sólo busco la belleza, en cualquier arte, en cualquier parte.
Y que el exceso de sentimientos es algo que mantengo alejado. La gente muere, y muere todos los días. Y, entonces, qué se hace con todos esos muertos. Yo un día me enamoré. Espero que eso cuente como sentimiento.
En mi caso, todas las veces que me enamoré mataron la ilusión. Ahora ya no me enamoro. Pero me centro en los cuatro elementos básicos: el aire, el agua, el fuego, la belleza.
Es por eso que me gusta la literatura. Trato de ensayar ahí dentro todo lo que luego puedo encontrar aquí fuera. Aunque en realidad no funciona así. La ficción no resuelve situaciones. La literatura aplicada a la realidad es un pensamiento mágico. Me falta talento para sentir. También para otras muchas cosas, pero las disimulo mejor.
En mi caso, todas las veces que me enamoré mataron la ilusión. Ahora ya no me enamoro. Pero me centro en los cuatro elementos básicos: el aire, el agua, el fuego, la belleza.
Es por eso que me gusta la literatura. Trato de ensayar ahí dentro todo lo que luego puedo encontrar aquí fuera. Aunque en realidad no funciona así. La ficción no resuelve situaciones. La literatura aplicada a la realidad es un pensamiento mágico. Me falta talento para sentir. También para otras muchas cosas, pero las disimulo mejor.
domingo, 17 de septiembre de 2017
Hemingway cogió su fusil
Hemingway, después del balazo, pensó que aquello tenía una estructura determinada, pues nada es casual y todo está en función de algo; que incluso su agujero, con todas esas gotitas y regueros que se habían creado a su alrededor, tenía la forma pantanosa de un cañaveral. Y siguió pensando que podría escribir un cuento donde cada herida tuviera la forma de un lugar, y al encontrar ese lugar uno no pudiera más que despedirse. Y que su cuento empezaría así: «Hace frío esta mañana pero yo no soy Kafka». Quería ponerse a escribir porque un balazo es parecido a una de esas personas de los libros de Fresán: «personas que incluso pueden llegar a quemar dentro de tu cabeza la primera novela que nunca llegaste a escribir». Y algo así notaba: que le surgían muchas ideas, una tras otra, y, a la vez, también la sensación que esas ideas por algún lugar se le escapaban.
Ha hecho un poco de frío esta mañana. Pero yo no soy Kafka.
Ha sido después de coger el fusil y después del balazo que me he quedado un
rato tumbado sobre la cama, sobre mi espalda rígida, mirando la pared que ahora
parecía un cuadro de Pollock y tratando de encontrar la medida del mundo, o de
la vida. Algo que resulta imposible. Incluso un gin tonic no tiene una medida
exacta; está lleno de imprecisiones. Ya puedes pensar e imaginar lo lejano que
al final lo que duele, lo que desvela, lo que mata, es lo que está más cerca.
No es por tanto el tiempo, sino la distancia. Por eso me gusta viajar, y
hacerlo constantemente. Y también leer, y hacerlo también constantemente.
Porque viajar y leer están relacionados. Entonces he cogido el libro de la
mesita y me he puesto a leer, a distanciarme. Leo que «conoció a un repartidor
de flores al que, en la Sesenta y nueve con Lexington, le cayó encima un
suicida». He imaginado que la forma de la herida del repartidor de flores sería
la de un gran desierto: un territorio extenso sin vegetación. Porque la muerte
puede tener esas metáforas.
lunes, 11 de septiembre de 2017
Apuntes de un Manifiesto sobre el desamor I
«Cómo empezar». Así comienza el libro La parte inventada, de Fresán. Y continúa: «O mejor todavía: ¿Cómo empezar?». Y así estoy ahora: recogiendo ideas, ya que tengo la intención de escribir un Manifiesto sobre el no-amor. Porque hay gente así. Porque hasta aquí hemos llegado. «Pero lo peor de todo es empezar, empezar, empezar», escribía Donald Barthelme.
Cuando me propuse escribir sobre este tema, alguien me dijo
que me lo tomara «como un ejercicio construyo-destruyo; construyo, se cae;
construyo, lo derriban; construyo, me desalojan; construyo, me muero». Y voy a
seguir ese consejo. Voy a ir anotando, sucesivamente, todas las ideas que darán
forma al Manifiesto, hasta que llegue a ese punto, ese construyo: el mundo se
está yendo al diablo, en el que pueda decir que ya no tengo ideas, que ya he
bajado los brazos.
Nota I: Me gusta la gente que renuncia, porque en eso hay
algo de romanticismo, de suicidio: el máximo suicidio al que puede llegar hoy
un poeta. Porque la renuncia, el no, no es matizable. Cuando incluso la muerte
lo es: uno muere pero para algunos puede ya llevar años muerto. La renuncia,
también la lentitud, es una forma de Résistance: el último reducto del
marxismo. Y ahí veo el Bartleby de Melville, ese hombre que, en su renuncia,
decía no, y lo decía constantemente. Y aunque lo que realmente expresaba era
que «preferiría no hacerlo», en ese condicional se entendía que no quería
hacerlo, y no lo haría. En definitiva, me gusta la gente que renuncia, que se
niega, y que en el desamor muestra su militancia.
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La baleine qui fume
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sábado, 29 de julio de 2017
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (II)
He llegado tarde a casa esta noche. Cuando llego tarde me cuesta dormir. He leído en un cuento de Lydia Davis que hay cosas muriéndose todo el tiempo. Luego he ido a la cocina, he abierto un armario y he visto varios recipientes con diferentes tipos de sal. Después he recordado, porque siempre relaciono ideas, que hay quien hace eso, que mete la sal en botecitos, como si tuviera en la repisa un trocito de mar muerto.
Por la mañana he cogido el tren. He estado pensando en mi vecina checa cuando anoche me dijo que a veces se siente en la periferia, alejada de todos. Pero que un día eligió la poesía y no el Moldava y todos sus ahogados. Luego he pensado en lo que escribe Quignard, que en la Roma antigua había un rito oscuro que consistía en el lanzamiento anual, por parte de las vestales, de los hombres de junco a las aguas del Tíber. Y que «los ahogados eran los más inquietantes de todos los muertos, ya que no se daba jamás con sus cuerpos y deshonraban poco a poco, y una tras otra, a las familias. Estas deshonras se iban sumando e infectaban la ciudad. El acceso a los infiernos estaba prohibido para la ciudad eterna». Y que, entonces, los antiguos romanos, para protegerse del rencor de los ahogados, ahogaban simulacros de hombres: los argei.
En el tren, de vuelta, ya al anochecer, he cerrado los ojos y me he hecho un rato el muerto. Otro pasajero se ha acercado a mí y me ha dicho que, por favor, reconsiderara mi arte.
sábado, 24 de octubre de 2015
Cuando la muerte te toca de lejos, parece otra.
Muere gente que parecía ya muerta. Y cuando aquí se cita a la muerte, ¿dónde están todos los duelistas con sus pistolas?
Recuerdo un día un entierro. Hacía frío, como en todos los entierros. El invierno también contribuía a ello. Y el de la caja, como si la cosa no fuera con él.
No es el momento de recordar que de camino al cementerio vimos un bar. Tapas calientes y bebida fría para después, habiendo ya dejado al muerto.
Tú que eres joven, me dijo una vecina en el ascensor; pero para nosotros, todos los inviernos son una incertidumbre.
El frío, la muerte, el de la caja. Todo tan bien relacionado.
Y a pesar de ello, cuando la muerte te toca de lejos parece otra.
Y siempre tan inoportuna, como la lluvia.
Apaga la luz, que la oscuridad es ya un entrenamiento.
En Danubio, de Magris, había un vigilante que por las noches cazaba liebres con un fusil, con ese cuidado que los vigilantes tienen de no dañar el mármol de las tumbas.
Mañana, al amanecer, ya todo se habrá olvidado, a la espera del siguiente.
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