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martes, 27 de septiembre de 2016

Ya no quedan ideas, tal vez es lo que quiso decir



I. A veces mi vecina checa baja a pedirme algo, cualquier cosa, sólo con un pañuelo al cuello, y me recita su última poesía, y me dice que es la última, que hasta aquí, que no más. Entonces le digo que uno nunca sabe qué va a ser lo último que va a hacer o lo último que va a escribir, y que me gusta el pañuelo que lleva al cuello, aunque los demás vecinos no comprendan que en ese acto, en esa revolución, hay algo más que un pañuelo al cuello, porque ellos ya dejaron de avanzar, y que, de alguna manera, no volverán a avanzar jamás.

II. En el colegio leí a Marx y sus textos no me parecieron algo ofensivo. Lo leía y, mientras lo leía, sin darle importancia y con naturalidad, le iba dando la razón. Luego llegaron los que pervirtieron sus ideas, y también los otros: los que lo entendieron bien y trataron que aquello no se propagase. Lo que recuerdo de cuando leí a Marx en el colegio es que nadie puso aquello en funcionamiento correctamente. En definitiva, cuando me hicieron leer el Manifiesto del Partido Comunista, no encontré allí nada diabólico, ni al mismo diablo. Allí no había nadie.

III. Renunciar es la única opción. Pero renunciar a todo, y decirlo. Porque las cosas que no se dicen, que sólo están dentro de uno, en esta sociedad, que es la sociedad del espectáculo, del mal espectáculo, es como si no existieran. Por eso, aunque Elfriede Jelinek escriba que aferrarse a la nada supone una cobardía, lo mismo que aferrarse a dios, yo me aferro a la nada, y dejo a dios para los que tengan tiempo para esas cosas. Y, a la vez, pienso en las ciudades en las que desearía vivir. Pero vivir constantemente.

viernes, 26 de agosto de 2016

La adicción de Melville



Me he levantado temprano. Siempre he querido vivir cerca del mar. Hace años viví cerca del agua negra de un pantano. Cada mañana pasaba por la carretera que lo bordeaba. Las carreteras próximas a los pantanos son estrechas, invitando a la caída accidental. Siempre, aunque allá abajo no se aprecie el agua negra y quieta, se va bordeando algo. Me he levantado temprano y he continuado leyendo Los excluidos, de Elfriede Jelinek. «En primer lugar, Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, coche y familia, y, en segundo lugar, a todos los demás». Eso es lo primero que he leído esta mañana antes de pensar en el mar. Porque una vez fui ballenero. 

Ha pasado ya bastante tiempo desde el momento en el que cada mañana recorría aquella carretera de tintes delictivos. En ese tiempo he ido acercándome cada vez más a la costa, pareciéndome, como escribe Fleur Jaeggy, a Joseph Brodsky, «que no podía evitar vivir en lugares de agua, como un marino». Y como Anna, he empezado, en primer lugar, a despreciar a todos aquellos que viven lejos del mar, y, en segundo lugar, y con más intensidad, a todos aquellos que viven todavía más cerca que yo del mar.

Leo que cuando está borracho Steve dice que Moby Dick es una novela sobre la cocaína. Una metáfora fantástica de los efectos de la adicción.

Al poco de levantarme he salido a la calle a comprar pan o a arponear una ballena. Escribe Piglia que todo lo que sabe sobre el arte de la pesca lo aprendió leyendo a Melville. En mi caso incluiría también a Tabucchi en esta lista de maestros. Pensando en ello he bajado por Vía Layetana en bicicleta hasta el puerto. Porque los puertos, para los marinos, son el vestíbulo de nuestra casa. Los puertos, continuando con Piglia, «alimentan la ilusión de que es posible cambiar de vida, pero es muy difícil cambiar de vida». Y puede que no se cambie de vida pero alguna vez he conocido a balleneros que pierden las ganas de arponear. Que aparcan su bicicleta en el muelle y se sientan a ver llegar los barcos.