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martes, 9 de septiembre de 2014

Esta mañana, cerca de la estación



Por la mañana, cerca de la estación, un hombre grita. Lo hace en una lengua desconocida. Para mí, a esas horas, cualquier lengua es una lengua desconocida. He llegado tarde a coger el tren. A veces me pasa. Después, camino de la oficina, he pensado en escribir un cuento. De la panadería ha salido una mujer con el pelo negro como una golondrina. He seguido subiendo por la calle pensando en Hemingway y en mi cuento, y que en él aparcería una mujer de ojos marrones como el agua de una ciénaga, y que esa mujer hablaría en una lengua extranjera. Me he parado un rato en un semáforo. Es raro porque normalmente no me paro en los semáforos, pero hoy he tenido una mala noche. Y en el cuento, la mujer que habla en una lengua extranjera pensaría que el resto de las personas la entienden, aunque la ignoren. Porque situaciones así pueden darse en un cuento.

domingo, 29 de septiembre de 2013

A medianoche, en la ventana




Ya son las diez. Podría escribir cosas hasta medianoche, pero a partir de las doce dejaría de hacerlo. Lo dejaría pero no por voluntad propia. A esa hora, desde mi balcón puedo ver la ventana iluminada del edificio de enfrente, y también al vecino encapuchado regando el parqué del comedor y un sofá.

 
El otro día me lo encontré en el supermercado. Se quejaba a la cajera que el embutido que había comprado había desarrollado moho en la superficie, y que amenazaba con infiltrarse hacia sus adentros. No me quedó claro en ese momento si los adentros eran los del embutido o los suyos propios. La cajera, con buen sentido corporativo, le dijo que ahí no vendían embutidos mohínos. Tampoco me quedó claro si la cajera confundió el término mohíno con enmohecido ya que el embutido tenía, realmente, un aspecto triste. La discusión prosiguió durante un buen rato hasta que el hombre encapuchado se quedó sin argumentos. Entonces salió del supermercado y se sentó en la terraza de un bar. Supongo que allí rumió para sus adentros y repaso la conversación que había tenido con la cajera, corrigiendo las frases en las que había sido poco incisivo. Al poco tiempo vi cómo se levantaba de la silla y se dirigía a su casa. La capucha y su trote desgarbado le daban un aspecto mohíno, lo que confirmaba que el moho ya estaba calando.

 
De aquí a un rato dejaré de escribir y me centraré en la ventana iluminada del vecino de enfrente. Lo hago desde hace varias semanas, siguiendo su evolución, y viendo como el encapuchado, en el entorno húmedo que ha ido creándose, ha empezado a desarrollar síntomas más propios de un hongo que de un hombre: «dormir, despertar, dormir, despertar, perra vida.»

 

(1) Cita final de Kafka  

jueves, 18 de abril de 2013

El Desconocido





Alto. Eso es lo que más me sorprendió cuando entró en la librería. Alto, porque años atrás no lo era, y esas cosas no cambian de un día para otro, incluso se podría decir que no cambian nunca.

Lo conocí hace tiempo, cuando comenzaba en el oficio: el de escritor. De eso vivió aquellos años: escribiendo cartas a los soldados que trataban de mantener, desde el frente, a sus novias en vilo. No es que me guste escribir cartas, me dijo el día que estaba redactando la mía, pero, de momento, no tengo otra alternativa, es más: nunca me falta el trabajo, siempre reponen a los soldados que fallecen.

Y mientras se acercaba al mostrador vi cómo su figura iba acrecentándose, y cómo su cara había envejecido y había empezado a agrietarse como una trinchera. Y si mi vida había cambiado, la suya también lo había hecho, porque ahora se dedicaba a escribir relatos breves, muchos de ellos sobre soldados que escribían a sus novias durante la guerra, incluso una vez que estos habían muerto: porque cuando se empieza una obra —leí en la contracubierta de su último libro— lo único que se puede hacer es acabarla de la mejor manera posible.

Los que alguna vez habíamos visitado al Escritor Desconocido —porque así lo llamábamos— nos percatamos inmediatamente de su desaparición. La policía militar nos indicó que se encontraba en paradero desconocido, lo cual nos pareció muy adecuado; incluso algunos, dándolo por muerto, propusieron levantar una tumba con un farolillo rojo que luciría las veinticuatro horas del día. Y así lo hicieron. Y algunas tardes subíamos a la colina en la que se hallaba el mausoleo, y fumábamos esperando el final de la guerra, sintiendo la tranquilidad mortecina que ofrecía aquel lugar: la tumba del Escritor Desconocido que realmente se encontraba en paradero desconocido.

Y ahora se hallaba frente a mí, casi treinta años después. Dejó un libro sobre el mostrador y me dispuse a cobrárselo. Cuando se empieza una obra, me dijo, lo único que se puede hacer es acabarla de la mejor manera posible. No supe qué responder. Su frase no indicaba que me hubiera reconocido, pero tampoco lo contrario. ¿Quiere una bolsa? Le dije, tratando de salir del paso. Mi nombre es Josephine, continuó. Volví a no saber qué responder. Jamás hubiera imaginado que el Escritor Desconocido se llamara realmente Josephine. Esta carta es para ti. Mientras lo decía, sacó de su bolsillo una hoja doblada y me la entregó. Entonces recordé a la novia que tuve durante la guerra, se llama así: Josephine, y al volver del frente estuve buscándola pero no logré dar con ella, hasta que la policía me notificó que se hallaba en paradero desconocido. Y la carta era de ella, de Josephine, y aunque me pedía perdón, me contó toda su historia con el Escritor Desconocido, y cómo ambos se conocieron y decidieron refugiarse en ese estado fantasmagórico que la policía denomina paradero desconocido y que no es más que un club de alterne con mucha niebla. Entonces reaccioné y le dije que la carta formaba parte de su obra, y que trataba de acabarla de la mejor manera posible; que su final estaba escrito y que lo escribieron unos soldados en la cima de una colina. Aunque esto no lo escuchó porque ya se había adentrado nuevamente en la niebla, posiblemente esta vez, por última vez.

sábado, 19 de enero de 2013

El paseo de Sophie




I
Había estado caminando, esperando acumular el suficiente valor para entrar en el café. La indecisión le había permitido encontrarse en la calle con varios personajes. A algunos de los personajes sólo los había podido ver durante unos minutos, unos segundos, por lo que decidió que a estos los incluiría en un cuento. Si quería encontrar personajes para su novela debería poder seguirlos durante más tiempo, y también tener suerte ya que muchos se movían cerca de sus casas: la gente siempre se mueve cerca de su casa o de su trabajo, en círculos, y pronto desaparecen en un portal o en la entrada de un edificio de oficinas. Pensó en los turistas que deambulan todo el día de un lugar a otro y, aunque se alejaría del café en el que había concertado la cita, necesitaba acumular datos, una secuencia de datos, y si sus personajes, ahora un grupo de turistas venecianos, tomaban un autobús, este hecho le beneficiaría porque podría escuchar conversaciones que sólo se pueden escuchar en el transporte público y metería esas conversaciones en su novela. Los mejores diálogos siempre se les ocurren a otros.

II
Si un día había de morir, lo haría allí, en Honfleur, un pueblecito costero de Normandía.  Así lo había decidido hace tiempo y hasta allí había viajado cuatro veces en los últimos veinte años, cada vez que presentía el momento. La primera vez que se desplazó, trató de salir del pueblo dando un paseo y tomando la única calle que parecía conducir hacia el exterior. Le fue imposible, ya fuera por las dificultades del terreno o por los setos que los vecinos habían ido construyendo. Tuvo claro, esa primera vez que viajó a Honfleur para morir, sentado en una de las terrazas al borde del amarradero, que de allí no podría salir salvo que cayera realmente muerto y hubiera algún doctor en ese pueblo de muerte que lo pudiera certificar.

III
De la cita en el café de la calle Pau Clarís había pasado una semana y ahora se encontraba llamando a un timbre y entrando en un portal, desapareciendo en él como lo hacían muchos de sus personajes. En la cita previa habían pactado todos los términos. Subió al cuarto piso dispuesto, como siempre, a satisfacer las fantasías ocultas de su clienta. Según le contó el día de su cita en el café, Isabelle trabajaba en una empresa multinacional; era una mujer cargada de responsabilidad y deseosa que alguna vez la situación se le escapara de las manos, y que de las manos y de los pies la ataran a las cuatro esquinas de la cama y sentirse, de esa forma, a la intemperie, que soplara el viento a su aire. Se encontró, así, con un personaje que permanecería inmóvil durante las dos horas de la sesión. No necesitaría perseguirlo, pudiendo acumular datos de su carácter sin tener la necesidad de recorrer los lugares más turísticos de la ciudad. Y esta fantasía de su personaje podría convertirse, sin esperarlo, en una de sus fantasías, y la metería en su novela y la llamaría Sophie, y escribiría que tenía unas piernas bonitas, también unos pies bonitos, y que tenía la fantasía de la inmovilidad, y que esta ciudad de caminantes nerviosos, paulatinamente, acabaría yéndose al diablo.



domingo, 2 de diciembre de 2012

Se escribe un cuento, se escribe despacio



Leo un cuento de Carver. Un día debería de escribir un cuento. Uno de esos breves de dos páginas o tres. Debería de proponerme escribir un cuento al año. Si lo hiciera, de aquí a diez años tendría diez cuentos, y veinte de aquí a veinte años. Escribiría un cuento sobre un tema corriente y así podría tener cuentos sobre cada tema corriente que se me ocurriera. Y ninguno tendría un final sorprendente. Todos tendrían finales corrientes. Y si en un cuento lloviera en otro no lo haría, para no repetirme.

I. «-Ahí tiene pan y mantequilla -le dije, bebiendo parte de mi copa-. Y ahora recemos.
El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.
-Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría -dije.»   
Raymond Carver, “La catedral”

II. Hemingway imaginó que se podía omitir cualquier parte de un cuento a condición de saber muy bien lo que uno omitía. Esa parte omitida comunicaba más fuerza al relato y le daba al lector la sensación de que en el cuento había mucho más de lo que se había expuesto. «Bueno, pensé, así me salen los cuentos ahora, que nadie los entiende.»

III. “El gato bajo la lluvia” no es el mejor cuento jamás escrito. 

IV. El otro día se encontró con un vendedor en la calle. Vendía una licencia de armas de segunda mano. Estaba un poco arrugada y la foto de carnet algo borrosa. Comentó que el fotógrafo era mediocre pero que a él le valía porque así habría más personas que podrían comprársela: El mundo anda lleno de rostros desenfocados, me dijo.