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lunes, 14 de octubre de 2019

Apuntes de un Manifiesto sobre el desamor II


He bajado caminando esta mañana por Balmes. La calle estaba llena de desconocidos, como si los hubieran soltado a todos de golpe. Me he ido fijando en las personas con las que me cruzaba, porque a veces noto que alguien ya ha muerto, aunque no tenga la forma de un muerto. Esa es una de las maneras que tengo para pasar desapercibido: ir pensando en otra cosa. También he estado pensando algunas ideas para el Manifiesto sobre el desamor. Porque yo soy partidario del desamor y de esa gente que a veces te quiere como un gato, que te quiere o no te quiere, pero ni te mira.

Nota II: El otro día hablando sobre esa forma radical de marcharse pensé en Jeanne Hébuterne cuando aquella mañana de invierno en París, al poco de morir Modigliani, se asomó al balcón y no pudo más que saltar. En ese aspecto ella fue muy shakesperiana y siguió la teoría sobre la que escribe Kundera: «Esch es amante de lo absoluto: Sólo se puede amar una vez». Y así debía ella de entender el amor, de manera también radical: amó una vez y para qué más. En los retratos de Jeanne H. siempre he encontrado la belleza, y como Modigliani reconoció que cada uno de esos retratos que pintó lo hizo pensando en la Gioconda, he encontrado también ahí una cierta lógica, ya que hay cosas que se hacen siempre pensando en otra.

Nota III: A veces noto que me estoy convirtiendo, como Esch, en amante de lo absoluto. Por eso me gusta lo que escribe Rodrigo Fresán en La parte inventada, que la chica no está enamorada del chico, porque la chica reserva su amor nada más y nada menos que para los Grandes Temas. Y continúa que ella se reserva «para EL ARTE, LA LITERATURA, para todas las cosas mayúsculas en las que la chica piensa en mayúsculas».

domingo, 22 de septiembre de 2019

El arte de la novela


Como anoche no podía dormir me puse a leer El arte de la novela, de Kundera. Ya que la mayoría de las veces llego a un libro a través de otro (en este caso a través de La religión del ateo, de Joan-Carles Mèlich), pienso que llegará el momento en el que se acabará esta continuidad y tendré que empezar de nuevo, y que habré de elegir bien ese nuevo primer libro porque de él dependerá todo lo que irá viniendo después. Aunque estoy acostumbrado a ello, porque leo como puedo, igual que vivo como puedo, y en esa escapada, al escribir, acabo escribiendo como vivo: huyendo de todo un poco.

Leo que don Quijote partió hacia un mundo amplio, con un horizonte infinito, sin fronteras; con Balzac este horizonte sin fin desaparece detrás de las modernas instituciones: la policía, la justicia, el mundo de las finanzas y el crimen, el ejército, el Estado; con Madame Bovary el horizonte se estrecha hasta el punto que parece un cerco. El infinito exterior perdido se sustituye por lo infinito del alma. Y luego llega K. que, «frente al tribunal, frente al castillo… sólo puede pensar en su proceso, en su puesto de agrimensor»: Kafka se plantea la cuestión de «cuáles son aún las posibilidades del hombre en un mundo en el que los condicionamientos exteriores se han vuelto tan demoledores que los móviles interiores ya no pesan nada». Y qué maravilla me ha parecido esto Kundera, que en cuatro libros representa la evolución de la sociedad europea. Y también lo que escribe de Husserl, que para él el adjetivo «europea» señalaba una identidad espiritual que se extiende más allá de la Europa geográfica (hasta América, por ejemplo) y que nació con la filosofía griega.

Esta mañana, al salir de casa me he encontrado a mi vecina checa. Le he estado hablando de Kundera, de K. y de los condicionamientos exteriores. Me ha dicho que a ella no le importa lo que se diga, que ya decidió hace tiempo no generar vida como el agua estancada. Como soy un intertextual aproximado porque cito siempre de memoria, he preferido cambiar de tema y le he dicho que lo que yo busco constantemente es la belleza: en los libros, en las cosas, en los mapas de las ciudades, y que sólo volvería a algunas ciudades para morir allí, pero que lo complicado es elegir el momento adecuado, porque nunca se sabe cuándo.