He abierto la ventana de mi habitación esta mañana porque me gusta todo lo que aumenta el desconcierto. Como era muy pronto, he ido a la cafetería. Mientras leía, Aura se ha acercado con su pelo alborotado y me ha dicho que siempre tengo aspecto de ser una persona muy pendiente de saber si está lloviendo en Roma. Después ha entrado un hombre con un galgo delgado y negro que parecía mantener un hondo equilibrio en la fatalidad. Como se ha sentado en la mesa de al lado, me ha saludado y me ha dicho que hace unos años se encontraron unos papeles con los registros de un sismógrafo de Santiago de Chile, y que en esos registros sísmicos se aprecia la hora exacta en la que dos cazas bombardearon la residencia presidencial de Allende. «Y luego silencio, un ruido sísmico inferior a cualquier otro día: el toque de queda. Los sismógrafos también captan los terremotos sociales». Como no sabía qué responder, le he dicho que abrir una ventana siempre genera algún tipo de expectativa, sobre todo en los que miran desde abajo; entonces, me he levantado y he ido al lavabo para hacer tiempo mientras en la calle empezaba a haber movimiento y pitidos de coches, como en una secuencia de Godard. Aunque al volver, el hombre con la escala de Richter bajo el brazo seguía allí. Ha sido entonces cuando le he explicado que un día, en Albi, conocí a una chica que tenía un pelo negro y largo que le caía sobre un ojo, sobre un hombro, y era experta en el conocimiento de tres ciudades fronterizas. No sé bien por qué he pensado en aquello ni por qué se lo he contado a ese desconocido, pero le he dicho que era evidente que la cara de aquella mujer era triste: era una cara de la Francia de Vichy. Cuando el experto en temblores y su galgo negro se han ido, he estado leyendo Despachos de guerra, de Michael Herr, que son las crónicas que escribió durante la guerra de Vietnam. Como me interesa todo sobre Vietnam, incluso cuando era una colonia francesa que formaba parte de Indochina y Saigón era conocida como el París de Asia, he recordado a André Malraux cuando escribía sobre la imposibilidad de conservar aquel territorio: «Lo único que podemos salvaguardar es algo parecido a un imperio cultural. No quedarían muchos franceses en aquellas tierras, pero quizás se quedaría Francia».
viernes, 27 de diciembre de 2024
Pero quizás se quedaría Francia
lunes, 15 de agosto de 2022
Desde las ventanas de los cuadros de Vermeer
martes, 31 de agosto de 2021
Desaparecer en un solo de Coltrane

Me he levantado otra vez muy pronto esta mañana. Al salir a la calle para ir a la cafetería me he encontrado a un hombre al que la quietud que hay en las ciudades a primera hora parecía que lo hacía moverse como encaminándose hacia un precipicio. Al entrar en la cafetería he saludado a Aura, aunque siempre la llamo Aurora, y me corrige. Me confundo por Aurora, el libro de Friedrich Wilhelm N., pero le digo que me pasa siempre, que también confundo puente con túnel, camisa con camiseta, a Arthur Rimbaud con Arthur Rimbaud muerto. Mientras leía Desaparecer en un solo de Coltrane, de José Vidal Valicourt, ha entrado una mujer con el pelo blanco como el lomo de una gaviota. Como se ha sentado en la mesa de al lado y me ha saludado como si me conociera de siempre, me ha dicho que tenía un aire afrancesado. Le he dicho que oui y nos hemos reído. Luego le he dicho que durante varios meses estuve relacionando todo lo que me pasaba con Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. A veces, cuando no conozco a alguien, digo cosas que no tienen relación con casi nada. Me ha gustado la ciudad descrita por Valicourt y que Panero fundó en uno de sus brotes psicóticos. Y también cuando ha descrito al personaje como un ser que vigila, un hombre que dedica mucho tiempo a imaginar formas de suicidio. Luego me he fijado que la mujer se había pedido una copa con tres cubitos de hielo. He querido pensar que a esas horas la cosa no era ginebra y que el mundo podía seguir funcionando con normalidad: que lo que bebía aquella mujer-gaviota era agua, como una trucha. Entonces ha sido cuando me ha dicho que según la teoría del Big Rip, debido al proceso de expansión infinito del universo, las galaxias se separarían entre ellas, y como la gravedad acabaría siendo tan débil, las galaxias se desintegrarían y los sistemas planetarios no podrían mantener la cohesión; que todo se reduciría a átomos aislados y que finalmente sólo quedaría radiación. Como me he quedado sin saber qué decir, sólo he pensado que había menos agua en esa copa que en los dos polos de la luna, y entonces le he contado también una teoría que presagia el final de algo y que explica Valicourt, sobre que hay quienes afirman que las mujeres, antes de arrojarse al vacío, suelen descalzarse como si fueran a acostarse.

