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lunes, 24 de junio de 2019
Sólo más allá de medianoche
Me he levantado temprano esta mañana, como los soldados del cuento de Borges, un pelotón de fusilamiento lleno de hombres muertos de sueño. En la cafetería me he sentado cerca de la ventana y he pedido un café para ver si así conseguía que se expandiese mi universo. Porque hay varias teorías sobre la expansión del Universo aunque todo es muy complicado. En mi caso puedo decir que mi universo es reducido y, a pesar del café, creo que se está enfriando. Por las noches duermo poco. Esta noche he estado pensando en la Teoría de la gravitación universal, y en que la luna debe de estar cayendo. Ya por la mañana me han dicho que no, que la luna se está alejando a razón de 3 centímetros al año. Menos mal. Después he estado leyendo un rato hasta que ha llegado una mujer que tenía el pelo alborotado como si no hubiera acabado de despertarse. La mujer le ha dicho a la camarera que anoche estuvo en un bar sola hasta que conoció a un hombre, que estuvieron hablando y luego se lo llevó a casa y se fueron a la cama porque ella folla mejor con desconocidos. La mujer se ha ido al poco y he continuado leyendo un rato Aurora, de Nietzsche, que por el título da un poco la sensación de amanecer aunque hable de la muerte. Luego, de vuelta a casa, he pasado por un semáforo terrible que está en combinación con otros dos. No sabes por dónde te van a venir los coches. Sé que un día me atropellarán ahí.
miércoles, 1 de enero de 2014
Fuera de aquí
Llevaba los
pantalones subidos casi por encima del ombligo. El corte era de los años
cincuenta, aunque él es un escritor contemporáneo (más aún que contemporáneo:
vigente). Era la imagen que cualquiera podría hacerse de Nuestro hombre en la
Habana, de Graham Greene. Había llegado a Barcelona, posiblemente para espiar.
Me comentó que cuando escribió su primer libro no consiguió sentirse escritor,
porque recordaba haber leído una vez que para ser escritor había que haber
escrito, al menos, una veintena de libros, y de estos, alguno mínimamente bien.
I. A la mañana
siguiente me pasé por el bar París de la calle París. «Es un café simpático,
caliente y limpio», como el café en el
que Hemingway se puso a escribir una mañana en el París de verdad. Y como él,
yo también me puse a escribir, y a traer a mi cuento todo aquello que pasaba a
mi alrededor. Aquel día, en el París París, Hemingway estaba escribiendo un
cuento que acontecía en Michigan, y como el día era crudo y frío, un día así
hizo en su cuento, y también en el mío, aunque mi cuento pasaba en Praga, a las afueras de París.
II. Leo como
un escritor británico observa en una terraza a la amiga del escritor de Fuera
de aquí. Y cómo «muy posiblemente, ese día aquel individuo, al mirarla de aquel
modo, sólo estaba trabajando… observando a mi amiga con la intención de meterla
en su libro».
III. Y el
libro, tan lleno de personajes insertados, encuentra su final con Hrabal, en
Una soledad demasiado ruidosa, mientras prensa libros y papel viejo, y monta
con ellos paquetes. Así durante treinta
y cinco años, «hasta el punto de parecer una enciclopedia», y siguiendo el
ritual que consiste, «no sólo en leer estos libros, sino en meter alguno en
cada paquete que prepara, y es que tiene la necesidad de embellecer cada
paquete, de darle su carácter, su firma».
IV. No
apareció por allí. Ni rastro del escritor vigente. Bien podría, en ese mismo
momento, encontrarse ya de vuelta en la Habana o en el crudo invierno de
Michigan. No hubiera debido extrañarme que, como escritor francés, Vila-Matas
se hubiera despedido a la francesa, aunque albergaba aún la posibilidad que
estuviera todavía en Barcelona, incluso en la calle París, observándome pero
sumido, como escribió en uno de sus libros, en esa «contradictoria pulsión
radical hacia la discreción», tan propia, por otra parte, de su oficio de
espía.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Cuando se escribe
Esta mañana he estado en un café clandestino. A veces voy a ese tipo de lugares a escribir. Sé que en ellos nada es lo que es, por eso me he acercado a una mujer que parecía ser una camarera y le he pedido, de manera muy críptica, un despertar, y entonces, al rato, me ha traído un café solo y un cruasán.
I. Fue Hrabal quien escribió que por las mañanas, a la hora del desayuno, no tomaba nada sólido porque su cerebro se llenaba de comida y no le surgían pensamientos chisporroteantes: «Sólo el café y los cigarros me despiertan a la vida tras una noche de insomnio, y todas lo son, tras esas mañanas en las que he perdido las ganas de vivir, de estar en el mundo, y todas son así.»
II. «Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche. El camarero me lo trajo, me saqué del bolsillo de la chaqueta una libreta y un lápiz y me puse a escribir. Estaba escribiendo un cuento que pasaba allá en Michigan, y como el día era crudo y frío y resoplante, un día así hizo en mi cuento.» Ernest Hemingway, “París era una fiesta”
III. El cuarto en el que Hemingway escribía era pequeño. Tenía una chimenea que encendía con unas ramitas de pino. Era una habitación alquilada que sólo utilizaba para trabajar. Por las mañanas se subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel y cuando un cuento no arrancaba, se sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina para ver el chisporroteo azulado producido por las gotas que caían sobre la llama. También miraba los tejados de París desde la ventana de su cuarto y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.»
viernes, 5 de octubre de 2012
Historias con Hemingway
Vuelvo a la terraza del Café. Si me
atraen es por algo, me digo. No sé el motivo, ni importa. Inventé una profesión
a la que me dedico: la de idear nombres para Cafés. Es una labor a la que me
aplico con vehemencia. Cada Café tiene su nombre. A veces una chica se sienta
en una mesa, justo delante de la mía, y entonces me imagino a Hemingway y
pienso en París y en lo que estoy escribiendo y en las mesas con patas
metálicas fijadas al suelo y es, en ese momento, cuando surge ese único nombre. Entonces
pido otro café mientras la chica se levanta y se acerca a la barra a pagar. Y de
ese modo, como Hemingway dejó escrito, sigo escribiendo.
Tengo un tío que es pescador. Pesca desde
una roca. Cuando lanza el anzuelo parece que está cazando una mariposa, el
gesto es parecido. A mí todos los peces me parecen el mismo, no los distingo.
Lo mismo me pasa con muchas personas, no las distingo. Tampoco distingo el
aroma que desprende la cocina cuando un pescado está siendo cocinado, parece
que todos están condimentados con la misma salsa. El otro día cuando mi tío
estaba pescando le dije que me recordaba a Hemingway: “Me recuerdas a Hem”, le
dije. Entonces se subió el jersey de cuello alto hasta rozarlo con la barba.
“Pescar es algo muy serio. No puedo pescar y escucharte al mismo tiempo. Si no
distingues un pez serás incapaz de distinguir nunca a una persona. Si llevaras
viniendo cincuenta años aquí, cada noche, a esta roca, sabrías de lo que te
estoy hablando”.
«Una chica entró en el café y se sentó
sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca como una
moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave
de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en
la mejilla un limpio corte en diagonal. La miré y me turbó y me puso muy
caliente. Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero
se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a
alguien. De modo que seguí escribiendo.»
Ernest Hemingway, “París era una fiesta”
viernes, 21 de septiembre de 2012
Praga, a las afueras de París
En el diario novelado que sigo
escribiendo he elaborado un mapa concentrado de la literatura que coincide casi
exactamente con el de los mejores Cafés. En él aparecen varias ciudades, aunque
predominan dos: París y Praga, que, casi sin fronteras, se unen en mi mapa
inventado en un gran suburbio, por lo que puedo decir que en este momento me
encuentro en Praga, a las afueras de París.
I. Mi hostelera me ha dicho que si he de
salir, al volver, no haga ruido ya que los otros huéspedes tienen la costumbre
de irse a dormir pronto y no sería conveniente molestarlos. Le he dicho que
esta noche estaré solo, como la noche anterior y la anterior a esa y que así,
de esa forma, mañana me despertaré «sobre una espalda dura, y en forma de
caparazón» y que no saldré de mi habitación, que únicamente miraré por la
ventana hacia «la tranquila pero central Charlottenstrasse» y que, por lo
tanto, no se preocupe, ya que no suelo conversar en voz alta cuando estoy solo.
Lo que no sabía es que esa conversación se iba a repetir constantemente durante
la noche, aunque en voz baja. Esa interminable y repetitiva conversación me ha
hecho pensar en la soledad, en las espaldas duras como caparazones y en la
causa por la que no viajo acompañado a los lugares a los que, algún día,
quisiera volver. Y así es como mirando por la ventana me he dicho, en voz baja,
al estar solo, que viajar a un lugar con alguien querido me impediría volver a
ese lugar cuando esa persona ya hubiera muerto, porque un lugar queda unido a la
persona que te acompaña y la imagen de una calle es la imagen de esa persona
caminando por esa calle. Por eso ahora en esta habitación, en este hostal, en
esta maravillosa ciudad, estoy solo porque sé que así algún día aquí volveré.
II. Pronto viajaré a París que, en mi mapa imaginado, está a la vuelta de la esquina. Llegaré al atardecer a la rue des Lombards, una calle peatonal repleta de Cafés y mesas con patas forjadas en hierro. Siempre he pensado que la denostada rue des Lombards era una de esas zonas neutras sobre las que escribe Modiano en el Café Condé: «Había en París zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso». Y es por eso por lo que me alojaré en esa calle, porque es un lugar en las lindes de todo, un lugar que no pertenece a nada, casi en el abismo y, tal como recuerda Enric de la Ville-Maat refiriéndose a un escrito de Kafka, es un lugar que «está fuera de aquí» y por lo tanto «tal es mi meta»: una calle de París, a las afueras de Praga.
lunes, 10 de septiembre de 2012
“Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal
Foto de Anita Noire
Sigo escribiendo este diario novelado
como también sigo leyendo “El Danubio” y, a su vez, mientras los capítulos de
este libro van atravesando por los diferentes países de la cuenca del río
centroeuropeo, también voy leyendo otros libros que son como afluentes del
primero.
Escribe Magris que Kafka, en sus diarios,
«recuerda que su nombre hebreo era Amshel, un nombre en el que expresaba la
identidad humana que le era negada» para ser sólo Franz Kafka. Y en este diario
novelado que aquí escribo recuerdo que mi nombre checo es Pavel, y que al
escribir desde la terraza de este diminuto café de Praga siento, como explica
Hrabal, que a mí también me gusta la caída del día, ya que «me parece el único
momento en que puede pasar algo importante», incluso poder expresar la identidad
checa que en algún momento me fue negada.
I. En la habitación de mi hostal he
acabado de leer el libro “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal. El
ruido que durante sus páginas escucha el personaje, Haňťa, es el ruido del
cambio, el estridente sonido de las nuevas prensas de papel que lo engullen
todo, hasta su forma de vida: «Hace treinta y cinco años que prenso libros y
papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto
de parecer una enciclopedia… soy una jarra llena de agua viva y agua muerta,
basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos,
soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas
propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo»
II. Bohumil describe con crudeza el
trabajo y también el cambio de los tiempos que se avecinan. Haňťa ha podido visitar
las nuevas fábricas con sus operarios uniformados, su disciplina, su hacer por
hacer y sabe que «comienza una nueva era con nuevas maneras de trabajar, con
nueva gente que bebe leche, aunque todo el mundo sabe que las vacas prefieren
morir de sed antes que tragar un solo sorbo de leche.»
III. Cuando he recogido la llave en
recepción, la hostelera me ha preguntado si iba a salir esta noche a dar una
vuelta. Al decirle que así lo haría ya que el anochecer es ese momento en el
que puede pasar algo importante, me ha dicho que no cruzara a la otra orilla del
Moldava. Sabía lo que quería decirme porque había leído ya el párrafo en el
que ello se explica, aunque ni ella ni yo hemos encontrado las palabras para
poder expresar que «en las cloacas del subsuelo de Praga se está llevando a
cabo una terrible lucha a muerte, una gran guerra entre dos clanes de ratas de
alcantarilla que habría de decidir cuál de ellos tiene derecho a todos los
residuos y a todos los excrementos que fluyen por las alcantarillas hacia
Podbaba». Aunque a mí no me preocupaba eso. Lo que sí temía era encontrarme con
el ayudante del verdugo del que habla Haňťa y que, como a él, me ponga un puñal
en el cuello y saque un trozo de papel y me lea un poema sobre los hermosos
paisajes de los alrededores de Ríčany, y después me pida disculpas diciendo que
ésa era la única forma de obligar a la gente a escuchar su poema. A eso sí que
le tenía pavor.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Café del Deseo número cuatro
El otro
día caminaba por la calle de Verdi. Podía haber escrito que paseaba por la
calle de Verdi pero no era así, caminaba. Para quien no la conozca diré que la
calle de Verdi es una calle estrecha; estrecha para lo que estamos
acostumbrados, algo oscura por las noches, casi en una penumbra apacible que no
molesta a los ojos y con una falsa tentativa de parecer peatonal.
No sé
si alguien estará leyendo esto en estos momentos, o lo hará en cualquier otro
momento, pero me gustaría decirle que lo que aquí estoy escribiendo no es un
cuento. Quizás esta apelación la debería de haber hecho al principio de este
escrito pero, en el momento de empezar a contar lo sucedido, no tenía la
sensación que esta historia pudiera tener apariencia de relato.
Me
había desplazado hasta allí en busca de un café que me habían recomendado: el
Café del Deseo número cuatro. Cuando me dieron las señas no me atreví a
preguntar si el número cuatro era el número de la calle de Verdi en el que se
hallaba el café o, en cambio, formaba parte del nombre del local. Al llegar a
la esquina con la calle de la Perla pregunté a una persona que pasaba por allí.
Me referí al café como Café del Deseo, sin el número cuatro. “No me suena pero
sube más, por allí hay muchos bares”, me dijo.
Otras
veces me había pasado. Tenía la sensación que lo que realmente estaba buscando
era una puerta falsa. Sé que en Barcelona las hay y que algún día me
encontraría con una de ellas. Decían los egipcios que por las puertas falsas se
colaban las deidades para transitar de un mundo hacia el otro. Pues bien, esa
sensación de saber que lo que me encontraría sería una pared con la forma de
una puerta esculpida iba ganando fuerza.
Mientras
miraba calle arriba con semblante despistado, parado cerca de un quiosco, volví a encontrarme a la chica que me había indicado anteriormente. “El Café
del Deseo, ¿no será una puerta falsa?”, pensé en preguntarle, aunque desistí
para no parecerle un poco atolondrado y, en cambio, teatralicé la pose de estar
leyendo la portada de un diario que se había quedado sin vender en el
escaparate de la librería Torrent.
Como la
única indicación que tenía era que debía de subir calle arriba, así lo hice.
Buscaba un letrero grande en el que cupieran las cinco letras que andaba
buscando: Café del Deseo número cuatro. Esperaba encontrarme allí una
cristalera oscura. Debía de ser oscura para que no pudiera verse el interior.
Sería así para mantener el misterio hasta el final: “Hasta que no se cruza la
puerta no descubrirás que hay en lo profundo del Café”
Cerca
de una panadería que estaba ya cerrando y delante de un restaurant pude,
finalmente, ver el rótulo: "Café del Deseo", el desperfecto causado por una
pedrada que había producido la rotura del plástico en medio de la palabra
número y un cuatro en cifras: “Café del Deseo n ero 4”. Lo había
encontrado, aunque no en las condiciones que esperaba. El local estaba cerrado,
y por la apariencia de dejadez, debía de estarlo desde hace ya algún tiempo.
Volvió entonces esa impresión que había tenido de haber hallado una de las
puertas falsas de Barcelona. Allí, justo frente a mí, al lado de una panadería
y delante de un restaurant de comida del Kurdistán, una puerta falsa pasaba
desapercibida para todos en una calle con la falsa tentativa de parecer
peatonal y en una penumbra, casi apacible, que no molestaba a los ojos.
sábado, 25 de agosto de 2012
Le Café 10c la Tasse
Aunque a la señora
Ravenais no le pareció bien, al final tuvo que aceptar: cedió el muro del café
que daba a la rue Puget para que lo empapelaran con publicidad. Gran parte de
los anuncios pertenecían al señor George Dufayel de les magasins Dufayel, un
imperio del mueble. De esa manera, el “Café 10 Céntimos la Taza”, pudo seguir
calentando la mañana, casi la madrugada, a los trabajadores que se dirigían a
Les Halles a descargar los carros que llegaban desde Calais con pescado y
dolores de espalda.
Nota: Mientras escribía este texto he buscado alguna información. El Café 10c la Tasse estaba situado entre la rue Lepic y la rue Puget. Ahora esa esquina es un Häagen-Dazs. Les magasins Dufayel fueron un imperio a principios del siglo XX. Después cayeron en desgracia y su edificio central fue adquirido por Banque National de París (BNP)
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