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jueves, 12 de junio de 2014

Ahora duerme, que mañana naufragaremos




I. Han vivido como sus padres y creían que sus hijos vivirían como ellos. Pero ahora sienten un poco de desasosiego. Ha sido esa gente la que ha vivido como yo vivo cuando viajo, y voy de hotel en hotel, y creo que una parte de la habitación ya me pertenece.

Leo a Walser. Cada vez que leo a Walser pienso en una persona desvalida, y a la vez en alguien que tiene la fuerza de una persona desvalida. Leo también que fue Walser quien facilitó a Kafka «la descripción del núcleo del problema, que no es otro que la situación de absoluta imposibilidad del individuo frente a la máquina devastadora del poder».

II. En la pequeña habitación del hotel desde la que escribo, y que a partir de ahora denominaré como mi parcela, me dedico a leer y a dormir; también a escuchar cómo pasean los borrachos por la calle en su intento de abarcarla de lado a lado.
Llevo en la maleta los Diarios de Iñaki Uriarte. Esta noche leeré un rato. Sé que los Diarios de Iñaki Uriarte, como el diario de Ignacio Vidal-Folch, no son diarios estrictos: son trocitos de cosas escritas [ahí metidas]. Después, cuando afloje un poco el canto de los borrachos, dormiré.

En el comedor del hotel me he encontrado esta mañana a un hombre que tenía intención de apartarse de la sociedad. Quiero alejarme lo suficiente, decía. En su intención de desaparecer parecía un náufrago llegando a nado a una costa desierta. Y entre brazada y brazada parecía querer decirnos, como Tabucchi, que «también el mundo está naufragando, pero nadie parece darse cuenta».

sábado, 12 de enero de 2013

La probabilidad de escribir




Esta mañana no he almorzado.  Algunas veces no lo hago. Después he pensado en los escritores de la tercera vía. Todavía no hay escritores de este tipo pero aparecerán. Una de las características de los libros que imaginarán los escritores de la tercera vía será la de no matar al libro con un final previsto. Los finales suelen ser, generalmente, flojos. Por eso, a partir de la página 60, en sus libros, sólo aparecerán hojas en blanco. El blanco como reconocimiento: "Disculpen que no acabe este libro"

I. Leo en un artículo de Enric de la Ville-Maat las causas que le llevaron a ser escritor: «Vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener.»

II. Escribe Vidal-folch en “Lo que cuenta es la ilusión”, que para hacer algo significativo en la literatura se precisa talento, suerte y voluntad. «Con talento pero sin voluntad no se llega a nada. Con voluntad y sin suerte, tampoco. Etcétera.»

III. «También los escritores efectúan a menudo, como los generales, los más prolongados preparativos antes de avanzar para el ataque y atreverse a librar una batalla o, en otras palabras, lanzar un artilugio o libro al mercado, lo que suena desafiante y excita por tanto con fuerza potentes contraataques. ¡Los libros atraen las recensiones, y a veces estas son tan enconadas que el libro ha de morir y el autor tiene que desesperarse!»  R. Walser

IV. Ser escritor es una probabilidad. En estadística, la figura del outsider es aquella que se distancia de la media, de la normalidad de una muestra. En la realidad actual, ser escritor es dejar de ser un outsider.

V. «Para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien.» Enric de la Ville-Maat

lunes, 31 de diciembre de 2012

De vientos y corrientes literarias




El viento soplaba de levante. Era uno de esos días que los aviones debían salir al revés. No me refiero a que despegaban de cola sino que salían de sur a norte, mirando a los Pirineos. El viento tiene el sambenito de ser una fábrica de locos, una factoría de artistas locos
-Doctor, no lo tome a mal, si no fuera por el viento su jardín de peonias sería un tiesto con geranios.
-Usted está realmente loco, caballero


I. En “Quién soy yo”, Bohumil Hrabal escribe sobre el fóhn, el viento de otoño que en Baviera sopla sólo una semana en octubre y una semana en febrero mientras que en Praga sopla siempre, «por lo menos para mí. Y me trae el complejo de haber hecho una buena, de haber matado a alguien, de haber cometido un gran crimen, aunque soy completamente inocente.»

II. Leo en “El mal de Montano” de Enrique Vila-Matas, que la madre de Jules Verne «tenía un nombre que parece casi una corriente de aire: Sophie Allote de la Fuye.»

III. «-En Sicilia –comenta Patrizia-, cuando el sirocco empieza a soplar todo el mundo se encierra en sus palacios.


Me ve enarcar una ceja y matiza con una risita voluble:

-En fin, los que tienen palacio.»    Ignacio Vidal-Folch , “Lo que cuenta es la ilusión”

IV. A veces, cuando sopla la bora, me siento en un bar y empiezo a contar mientras los veo pasar: el loco de la esquina; el que perdió la razón al levantar la voz y al que, por seguir una sandía que rodaba calle abajo, llamaron “corazón triste de sandía”.

Este último, el número cuatro, según mis cuentas, era el más melancólico y así le diagnosticaron: ”alicaído con querencia a las pendientes, cuanto más inclinadas mejor”.