viernes, 13 de octubre de 2023
Del ruido de fondo de alguien cayendo
jueves, 24 de agosto de 2023
Con todas la ausencia de amor es diferente
Tampoco es para tanto la literatura. Porque haber leído es otra forma de resignación. Creo que hay que reducirlo todo, que la belleza absoluta es la simplicidad. Lo bello es una ventana abierta a las tres de la madrugada y alguien dándole vueltas a una idea: la de decir una frase sencilla: El amor es como el ego, desplaza un poco el centro del universo. Y a la vez pensar que el desamor, que es una figura llena de nobleza porque no admite el engaño, es como un loco en un embarcadero creyendo escuchar una canción, y al preguntarle a Ferdinand si él también la escucha, éste decirle: «Ya sabe que no», aun sabiendo que así ahondará su locura, pero sin poder fingir, porque la locura tampoco admite el engaño, tan solo la perplejidad. Y como desde la ventana veo a lo lejos la estación y los trenes de mercancías, que son los únicos que pasan a estas horas, he pensado en la mujer que esta tarde en el tren, al llegar a Sants, se ha levantado y ha dicho sin emoción que ayer perdió las llaves y murió su padre, saliendo después de inmediato del vagón sin esperar la reacción que merecía; una mujer-conmoción que despierta el mismo efecto que a C. le despertaba el fenómeno Beckett: «Lo sientes en cuanto estás delante de él. No exterioriza, pero sientes que estás ante alguien». Es a esta hora cuando creo que puedo hacer cualquier cosa, ya que por la mañana todo se iguala. Al despertar, toda la gente se parece. Pero a esta hora es posible inclinarse un poco y mirar hacia abajo, y decir una frase sencilla: El amor es una palabra que genera reacciones, químicas e insensatas. Y leer una frase sencilla, de Beckett, un tiempo después: «Van viniendo/ iguales y diferentes/ con todas es igual y diferente/ con todas la ausencia de amor es igual/ con todas la ausencia de amor es diferente».
sábado, 12 de febrero de 2022
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (VII)
Una vez, en Arles, en les Alyscamps, una necrópolis romana, en las tumbas de piedra, abiertas como maceteros, me senté a descansar un rato hasta que vino un guardián. En todos los sitios donde hay muertos hay guardianes.
Escribe C.: «¡La muerte, qué deshonor! Convertirse de
repente en un objeto».
Leo que en la rue des Écoles, donde fue atropellado Barthes,
hubo durante mucho tiempo una pintada que decía: «DISMINUYA LA VELOCIDAD,
PODRÍA ATROPELLAR A ROLAND BARTHES». Barthes vivía en el sexto piso de la rue
Servandoni, desde donde lanzó la costilla que le quitaron en 1945 en Leysin
cuando le hicieron un neumotórax extrapleural. He leído que la furgoneta de una
lavandería fue la causante del atropello mortal, y que Barthes venía de
almorzar con Mitterrand. Desde su casa en la rue Servandoni hasta la rue des
Écoles hay seis minutos caminando.
Escribe José Vidal Valicourt que hay quienes afirman que si
se matan es por una curiosidad superior: quieren saber qué hay en ese
territorio llamado muerte, qué demonios está cociéndose en la nada.
Dice mi vecina checa que tiene ganas de que llegue el mes de
julio para bajar a casa y poder ver una etapa del Tour en diferido, y que suban el Mont Ventoux, que es uno de nuestros puertos preferidos, junto a la Croix de
Fer, que siempre nos suena a la condecoración máxima de un soldado después de
muerto.
Yo vine aquí sólo a escribir sobre la muerte y he acabado
escribiendo sobre lo que no comprendo.
Leo que «al día siguiente de la muerte de Gide, Mauriac
recibió este telegrama: El infierno no existe. Suéltate la melena. Stop.
Gide»
Escribe Lispector, seca: «Muerte, te odio».
miércoles, 19 de agosto de 2020
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (VI)
Escribe Masoliver Ródenas que les entraron ganas de mear en el cementerio. «¿Vamos a la tumba de Atento?» «No, con los amigos no me atrevo, por cabrones que hayan sido. Yo me meo aquí mismo, en la tumba del cadáver desconocido»
Que he calculado que me quedan 1.400 libros por leer antes de que llegue el momento.
Escribe C. sobre alguien que se acaba de morir: Se ha vuelto indiferente.
¿Quién no ha tenido alguna vez delirios de franqueza frente a un cadáver?
Escribe Malaparte que en el cementerio, sobre la tumba de un estudiante, se leía el siguiente epígrafe medio borrado por los años: «Dios ha interrumpido sus estudios para enseñarle la verdad»
Que he estado dos veces en Honfleur. La segunda vez pensé que sólo volvería allí para morir, como el Sena.
Escribe Anna Carreras sobre la escritura sin firma. El grado cero de la literatura. La muerte del sujeto (cuando el sujeto es afrancesado, media muerte)
Si la primera vez que estuve en París, lo primero que hice, sin prepararlo, ya que estaba ahí, fue ir al cementerio de Montmartre, lo primero que hice en Arles fue visitar los Alyscamps, una necrópolis romana con unas tumbas abiertas que parecían maceteros.
Con Pascal Quignard los hechos suceden como sucedían en la mitología griega. No se sabe muy bien por qué, pero suceden y te los crees. Lucilla rechaza una baya, pequeñita, estropeada, y la rechaza con asco. «Por ese motivo los hombres mueren». Pero el Amo de las bayas le dice a Hardnit que para no morir debe cantar una cancioncita que favorece los arándanos. Pero ya no se conoce la letra, esa costumbre se abandonó.
Escribe C. que morir es convertirse de repente en objeto.
sábado, 25 de abril de 2020
En uno de los surcos de la frente de Beckett
Aunque algunos se asoman para dejarse de rodeos, yo me he asomado a la ventana para ver el atardecer en Lisboa, los puentes sobre el Tajo y el óxido de sus farolas. También he visto a un hombre solo que caminaba por la calle como si se le hubiera quebrado un ala. Recuerdo habérmelo encontrado hace un par de años en una cafetería. Tenía una brecha en la ceja que aún le sangraba. Parecía un pálido pájaro negro herido de muerte. Un cuervo. Pude ver que sobre una silla había dejado una coraza metálica. Me senté en una mesa y, cuando fui a sacar un libro que llevaba en la bolsa, me dijo que la ortografía era individualismo y que, en cambio, la gramática era algo colectivo, social: un paso hacia el marxismo. No le hice caso porque siempre me ha impresionado la gente que me habla sin conocerme, y más si me dicen cosas sin sentido. Fue entonces cuando me dijo que siempre llego con retraso a todos los hechos de mi vida. Eso me llegó. Y estuve a punto de decirle que quien parecía que tenía un retraso era él, pero al final le dije que yo siempre he querido pasear con una coraza de hojalata bajo el brazo por las calles de Berlín. Y más aún, bajo el cielo de Berlín. Hoy, desde el Mirador da Graça en que mi ventana se ha convertido, y mientras he visto a ese hombre solitario que paseaba por la calle, me he fijado en lo poco que ha cambiado, y que seguía con ese aspecto, como si hubiera sido abatido una noche de invierno durante un bombardeo de la Luftwaffe. Luego me he puesto a leer un rato. Escribe Cioran que paseando por Saint-Chéron, en otoño, todos los árboles de color óxido. Y sé que esa frase le hubiera gustado a Sebald, ya que en todos sus libros presta mucha atención a los árboles. En sus Cuadernos, espero siempre el momento en el que Cioran se encuentra de casualidad a Beckett por la calle. Quizás sea a Beckett al único que trata con cariño en el libro. Escribe C. que el otro día lo divisó en una alameda secundaria del Luxemburgo leyendo un periódico como lo haría uno de sus personajes. No lo abordó. «La conversación exige un mínimo de dejadez. Sam es incapaz de ello. Todo en él revela al hombre del monólogo mudo». Y como mis pensamientos a veces se van por las ramas, he vuelto a pensar en Sebald. Porque me pasan cosas así, que de aquí a unos años alguien me dirá que Sebald, en alemán, quiere decir arboleda.
domingo, 12 de abril de 2020
Praga, a las afueras de París (III)
sábado, 28 de marzo de 2020
En esa locura de las cosas sin importancia (II)
He estado un rato sentado en el suelo, en el balcón. Siempre ha sido el lugar menos visitado de la casa aunque el balcón es como las ventanas, un sitio por donde se sale. Allí he estado pensando por qué me gustan los libros fragmentados. Porque se asemejan más a lo cotidiano. No todo es lineal como la mayoría de las novelas, ni centrado en un solo tema. Un libro fragmentado se parece más al pensamiento. También he estado pensando en Mongolia, ese país por el que nadie pregunta. Los diarios de algunos escritores forman parte de ese tipo de libros que me gustan y en los que, por lo general, nunca pasa nada. Sé que los libros fragmentados tienen lo mismo que debe de tener el opio para los adictos. Después he vuelto a Mongolia porque hace un rato he leído que en su territorio hay más caballos que personas: «Un periodista inglés cuenta que un joven le dijo, quejándose de que su país apenas superara el millón de habitantes: Sin embargo hemos dominado Rusia, China y la India». Después me he levantado y me he inclinado sobre la barandilla, como mirando al futuro, a ver qué frío hacía. No se veía a nadie, por lo que es evidente que en mi calle hay más hormigas que personas. Aunque yo sólo pienso en las hormigas cuando llueve. También he pensado que desde mi balcón aquello se parecía a El desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati, y a la fortaleza que, inicialmente preparada para no dejar entrar, se convierte en una construcción de la que no se puede salir.
Leo en La sabiduría de lo incierto, de Joan-Carles Mèlich, que a partir del siglo XVI la filosofía muestra que el individuo se ve a sí mismo como un ser único y distinto del mundo, de ahí que comiencen a aparecer formas de escritura tales como memorias, dietarios o autobiografías. En cambio, escribe Cioran que la literatura, la filosofía, la religión, todo ha dado demasiada importancia al hombre, pero que «los dioses del Olimpo, cuando descendían sobre la tierra, adoptaban la mayoría de las veces la apariencia de un animal. Eso dice mucho de la estima en la que tenían a los hombres». Al leer esto he recordado el artículo de Carlo Frabetti: Las cinco heridas. De las cinco, las dos primeras ya serían suficientes. Según Frabetti, la primera herida a nuestra simplista visión del mundo y nuestro trono de autoproclamados reyes de la creación la reveló Freud cuando manifestó «que todos somos Edipo, enamorados de nuestra madre y abocados a matar, simbólicamente, al padre-rey». Y que la segunda herida la había inferido unos años antes Darwin cuando demostró que «ese rey-padre no era de origen divino, sino simiesco, por lo que el parricidio simbólico ni siquiera tenía la grandeza de un magnicidio, sino que era un mero ajuste de cuentas con el macho dominante de la manada». Entonces he seguido leyendo a Cioran cuando escribe que un día el psicoanálisis estará completamente desacreditado; aun así, habrá destruido sus últimos restos de ingenuidad. Después de él ya nunca se podrá ser inocente.
domingo, 8 de marzo de 2020
En esa locura de las cosas sin importancia
Como me gustan las cosas fuera de contexto, he pensado que tenía una piedra en el estómago. Aunque a veces yo también estoy en sitios equivocados. Esta mañana, mientras caminaba hacia una cafetería que hay cerca de mi casa, me he encontrado con un hombre que decía que la propiedad de su cerebro se hallaba en un vacío legal, y la amnesia sólo era un síntoma: sus recuerdos no pertenecían a nadie. Un loco. Después ha seguido diciendo en voz muy alta que, en el Panthéon, en París, vio el péndulo de Foucault en funcionamiento, pero con un cartel que avisaba que había momentos que el péndulo se paraba pero que la Tierra no tenía por qué notarlo. Y en ese gesto sencillo, en ese vacío de pensamiento a través del cual trataba de traspasarnos sus recuerdos para que no se perdieran, ese hombre, al que todos mirábamos con cara de asombro, había logrado desubicarnos. Entonces he pensado en devolvérsela, en comunicarle mis pensamientos, en decirle que he visto catedrales de todos los colores: grises, rojizas; y que en Rouen vi una catedral de piedra blanca que parecía salida directamente de ordeñar una vaca. Pero sólo me he acordado de Piglia, y de la réplica de la ciudad que un loco construyó dentro de su casa, y que lo que pasaba en la réplica pasaba luego en la ciudad, y que por eso estaba loco.
sábado, 22 de febrero de 2020
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (V)
Esta mañana, en la estación, pasaban trenes que no estaban anunciados mientras que otros no llegaban a pasar. Hasta los suicidas estaban desconcertados.
Leo que hay que dejarse arrastrar a un profundo desinterés, caer en el nada-me-importa de los muertos.
Escribe Oscar Tusquets que no hay colores bellos y colores feos. El verde que nos parece maravilloso en las hojas de una planta nos horroriza en el rostro de un cadáver.
Que me han dicho hace un momento que «los funerales deberían considerarse obras de ficción».
Escribe Fernández Mallo que está bien estudiado que, en el cine europeo, el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés significa muerte.
Escribe Beckett que se apresura a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca ha podido mirarlos hasta el último momento.
Leo lo escrito sobre Espriu el día de su muerte: «Un físico antipático, no sencillamente adusto sino bastante repelente, como un cuerpo inasequible a los sastres, un cuello más hecho para la soga que para la corbata».
Cuando hay un muerto, si está Juan Rulfo, entonces hay muchos muertos. También cuando está Borges.
«— Disculpe, ¿la granja de Antonio Sierra?
—Va en rumbo equivocado— me dijo —. El cementerio es para allá.
—No voy para el cementerio.
Me miró perplejo, sonriente, como si lo estuviera yo entreteniendo.
—Todos vamos para allá» [Mateo García Elizondo]







