martes, 26 de diciembre de 2023
Autorretrato V
Al escribir mucho siempre hay un momento en el que se acierta, por lo que la cantidad también es una forma de calidad. Me gusta la gente que te habla como si te dijera: Ahora duerme, mañana por la mañana romperemos el frente ruso. He visto en un documental un castillo en Saint-Brieuc con un jardín medieval. Y que los jardines medievales tenían forma de cruz y estaban divididos en cuatro partes: el jardín floral, el medicinal, el frutal y el jardín del placer. Leo que a menudo seguir viviendo exige un valor bastante complejo. Nunca encuentro el contexto para levantarme y gritar: profundidad de periscopio. Llegué a El mar color de vino, de Leonardo Sciascia, a través de Curzio Malaparte, que me llevó a la Odisea con sólo una frase: «Estaba atardeciendo y el mar se volvía poco a poco del color del vino, que es el color del mar en Homero». Esta noche he soñado que alguien me preguntaba quién escribió ese libro, y otro contestaba que Sam Shepard. Un gato suelto por la calle es el resto de alguna civilización. En los anocheceres de los domingos siempre hay algo de las cenizas del familiar que se lanzan al Mediterráneo. Hay frases que son pensamientos terapéuticos, como cuando Cioran decía que la posibilidad del suicidio le había salvado la vida. Cuando me dicen una mentira, me rompen el hilo narrativo. Me gustan las cosas que no espero: en un documental he visto que las cabras de la isla de Skópelos beben agua salada, como un náufrago.
sábado, 8 de abril de 2023
Autorretrato IV
Si dejo un libro a medias, doblo una esquina por si algún día vuelvo. Hay cosas definitivas, como el vecino que cayó desde el ático y nos dejó a todos mudos. La primera vez que estuve en Arles, empecé a amar una cierta geografía. Me gustan las personas que a Samuel Beckett lo llaman Sam. También me gustan las páginas intermedias de un libro; un perro que te recuerde, como el de Ulises en la Odisea; un árbol; un árbol seco. Se produce un ruido excepcional cuando un vecino cae desde un ático. Es un ruido raro pero inconfundible. Si otro vecino cayera desde un ático, podría decir, sin dudar, que es otro vecino cayendo. Tras el estampido inicial se escucha como un suspiro. Me han dicho que soy esquivo como el ojo de Sartre. Ayer, en el tren, pensé en cosas insignificantes. Ahora pasan unas nubes. Para escribir la serie Autorretrato leo siempre la primera página del libro del mismo nombre de Édouard Levé donde dice que describir con precisión su vida le llevaría más tiempo que vivirla. Esa frase me recuerda el mapa del imperio de Borges, que acaba teniendo el mismo tamaño que el imperio. Si tuviera un perro, lo llamaría Charonte, con acento francés. El 47% de lo que escribo aquí es zozobra. Me interesa todo lo de Aldo Moro; el reactor número 4 de Chernóbil; el origen de las palabras. También todo lo de Olof Palme, el árbol sueco; lo de Mathias Rust aterrizando su avioneta en la Plaza Roja de Moscú; lo de «John Ford, John Ford y John Ford». Hay días que se me pone un nudo en la garganta, como a Isadora Duncan. Estoy escribiendo un Manifiesto sobre el desamor porque el amor es un jaleo. Ahora ya no hace tanto frío pero en mi Stalingrado interior las ruinas no me dejan ver el bosque.
viernes, 1 de enero de 2021
Autorretrato III
Me gusta la gente que te sorprende como la muerte. Me gustan los períodos intermedios, los libros fragmentados, las cosas que no concibo. Me gusta el ruido de las hojas secas del otoño pasado, lo absurdo, La agonía de Francia de Chaves Nogales. Me gusta la gente que es como un electrón, que va dando vueltas por los arrabales. Me gusta cuando el personaje de B. acepta con una especie de alegría el hecho de no comprender las cosas extrañas. Me gustan los jardines de Giverny, el mar por la mañana, las gaviotas que en mi barrio se comen a las palomas. Me gustan los colores de las calles de París, Francia. Me gusta que Odile vaya a todos los sitios corriendo; en general, me gusta Odile vaya o no a todos los sitios corriendo. Me gusta la gente que viaja sola, que simplifica la vida, que no se deja llevar por las mareas; la gente que en el libro de Bolaño iba a beber al Cartago y que era la tristeza pura. Leo que a veces piensa que le gusta sufrir pero, en verdad, preferiría otra cosa. Me gusta cuando alguien escribe como si la situación más emocional fuera algo cotidiano; también cuando alguien escribe como si todo lo cotidiano se conjurara para que le pasara a su personaje. Me gusta la gente que desde la puerta dice hasta luego aunque realmente no sepa hasta cuándo. Me gusta lo que no entiendo, lo que parece inacabado, lo ficticio, aunque me bastaría con no entenderlo. Me gusta lo irreal: nadar en un pantano, con el miedo que me dan los pantanos. Porque dentro de mí tengo los temores propios de cualquier ciudad fronteriza.




