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viernes, 10 de julio de 2020

Se lanzó Celan al Sena



Como he dejado sobre la mesa un papel con la sinopsis del Manifiesto sobre el desamor que estoy escribiendo, he bajado a tomar algo a una terraza que descubrí hace años frente al cementerio. Hace ya tiempo encontré en esa terraza a una novia vestida de novia, descalza, que lloraba. Hay gente que llora cerca de un cementerio porque así nadie le presta atención. Pero aquella novia vestida de novia tenía la belleza rota de las tazas del desayuno. Mientras esperaba, he pensado que a veces estoy en París pero no se ve, porque hay cosas que pasan por dentro. Entonces ha salido el camarero y le he pedido un café. Como ha tirado algo sobre la mesa he creído que era un cruasán. Por las mañanas a primera hora cualquier cosa me parece un cruasán.

Mientras tomaba el café he pensado que los cementerios tendrían que construirse siguiendo el eje Este-Oeste. La puerta de entrada orientada hacia el Este, por donde sale el sol, y la parte de atrás del cementerio hacia el Oeste, hacia el ocaso. Pero no es así. El único criterio era situarlos lejos. De ahí que los cementerios estén desorientados. Por eso los muertos no se acaban de ir del todo.

Después me he acordado de Celan, y que cuando se arrojó al Sena escogió el puente de Mirabeau, el punto exacto que aparece en la balada de Apollinaire. Para Steiner, Celan escogió ese lugar porque estaba situado bajo las ventanas de la habitación en la que Tsvietáieva pasó su última noche antes de regresar a la desolación y la muerte en la Unión Soviética. Creo que en un momento así uno no piensa en Apollinaire, que Celan saltó desde el puente de Mirabeau, que no es un lugar muy bonito pero estaba cerca de su casa. Y como ya no quedaba nadie en la terraza he repetido en voz baja una frase que tal como la iba pronunciando me parecía una consigna dadaísta: «Se lanzó SELÁN al Sena».

sábado, 14 de diciembre de 2019

Una cita con la Lady


He coincidido otra vez en el bar con ella, una novia vestida de novia, y seguía sentada en una silla, y lloraba. Al principio la he saludado desde lejos, con la mano, pero sabía que tarde o temprano debería de acercarme a decirle algo, como en un entierro. Luego he ido hacia su mesa y le he dicho que siempre está tan sola, y que si ha venido a llevarse a alguien. Le he explicado que cada vez que la veo por aquí no lo entiendo, pero que me quedo frío, y he recordado lo que el otro día me contó mi vecina checa, que a ella también le sucede, que cuando volvía a su casa de Praga encontraba cosas a las que no hallaba explicación: un libro de Rimbaud en el suelo, un jarro con flores volcado sobre la mesa del comedor, a su madre bebiendo hasta el amanecer. Todo en una misma noche. Entonces me ha mirado y me ha dicho que la gente realista como yo somos unos monótonos, siempre dándole vueltas a la monótona realidad, como una secta borgeana; que estamos encerrados en los libros que leemos y que cuando encontramos lo insólito en la realidad pensamos que son los demás los que están equivocados. Como me he visto empujado a contestar, le he dicho que se busque a otro, que yo no he venido a caerme muerto en este bar de mala muerte, y que me gustaría ser como Bolaño y ver en todos los poetas a la madre de la poesía mexicana. Pero no para leerla, porque soy incapaz de ello: yo no tengo sentimientos, sino para perseguirla por todos los desiertos conocidos: los que están en los mapas y en casi todas las relaciones.

Ha sido más tarde en casa cuando me he encerrado con Una cita con la Lady, de Mateo García Elizondo. Porque así empieza Mateo: «Vine a Zapotal para morirme de una buena vez». Y como me ha recordado a Rulfo, he seguido. Mateo cuenta que Mijo, su perro flaco y jodido, era el perro más listo del mundo, y que aprendió a olfatear la heroína y les encontraba a los marchantes cuando salían a la calle. Y que cuando murió Mijo, como después de un chute de la Lady no tenía ni fuerza en las piernas, lo dejó en la azotea unos días. Cuando subió era ya un montón de pelos, todo seco. «Se había aplanado tanto que parecía un tapete».

domingo, 14 de octubre de 2018

¿Tienes tú un antiguo amor donde caerte muerto?



Además de recopilar teorías sobre la muerte, anoto todas las frases que podría haber escrito y no escribió Scott Fitzgerald. Esta es de Bolaño: «Todos tenemos un antiguo amor del que hablar cuando ya nada se puede decir y está amaneciendo». En esta frase he encontrado un momento de belleza, porque encuentro la belleza en cualquier arte, en cualquier parte; aunque alterno estos momentos con momentos de autocensura, porque las cosas se rompen y estoy algo confuso. Esta mañana, al pedir un café, el camarero me ha parecido Lobo Antunes. Llevo tiempo así: también todos los señores con gafitas me parecen Pessoa. Esta noche empezaré a leer Teoría del ascensor, de Sergio Chejfec. Hace casi un año que lo tengo pendiente. Me reservo libros que sé que son buenos para momentos determinados, como precaución por si un día se acaban. Aunque en el fondo, lo que yo querría es escribir sobre la muerte durante tres días seguidos, salir al balcón, respirar profundamente y esperar ahí fuera para elegir el momento. Pero esos momentos no son de belleza, no forman parte de ningún arte. Tampoco la novia vestida de novia que veo a veces en un bar, llorando, forma parte de ningún arte. Porque para el arte se ha inventado un contexto. También para la escritura. Salir fuera de ese contexto anula su valor. Y vi a esa novia el otro día, bebiendo mucho, sabiéndose anulada, como si en poco tiempo hubiera sufrido más de un desengaño. Y como escribe Luigi Amara, «en la calle, en la vida diaria, el encuentro fortuito con el arte —con el arte desnudo— suele pasar inadvertido». Por eso voy a empezar a escribir, y lo haré durante tres días seguidos, algo que comience así: ‘Morí hace tiempo: es hora que me vaya dando cuenta. En lo que fue mi vida sólo terminé de leer un libro: Pedro Páramo, de Rulfo, y era evidente que ahí todos estaban muertos’. Voy a precisar más: ‘Morí a mediados de los setenta: me fui como si nada. No hice otra cosa que lo mismo que el señor Wakelfield, de Hawthorne: me fui aquí a lado, a la calle de enfrente, al otro barrio’.  

sábado, 21 de abril de 2018

Los ingrávidos



El otro día, cuando en un bar vi a una novia vestida de novia sentada en una silla, descalza, que lloraba, me acerqué para decirle que no importaba si estaba confundida, que yo también suelo confundirlo todo: sobrio con ebrio, puente con túnel, ceja con pestaña; y que cuando voy con alguien por la calle me distraigo al cruzar, aunque siempre me acaban salvando la vida. La novia vestida de novia me dijo que la noche anterior había muerto su hermana, de un coágulo. La situación me parecía un poco rara por lo que le dije también lo más raro que se me ocurrió, que estaba escribiendo un Manifiesto sobre el desamor pero que además me dedicaba a recopilar diferentes teorías sobre la muerte. Mientras le decía eso me fijé que la novia bebía mucho, como si en poco tiempo hubiera sufrido ya más de un desengaño. 
Leo en el libro de Valeria Luiselli, Los ingrávidos, cómo el poeta Gilberto Owen comenta que hay muchas muertes a lo largo de una vida, y que la mayoría de las personas no reparan en eso. Escribe Valeria Luiselli que Owen empezó a morir en Manhattan, y que sólo él lo percibía: la gente está tan ocupada con su vida que no se da cuenta de esas pequeñas muertes. «Yo me daba cuenta porque después de cada muerte me daba fiebre y perdía peso». Owen se pesaba todos los días en el metro para ver si el día anterior se había muerto. «Había una báscula en la estación de la calle 116, que le devolvía la certeza de que se estaba desintegrando».
Anoche, mientras leía el libro de Valeria Luiselli, la hermana de la novia, al parecer, moría coagulada. Pensé en eso cuando le dije que, según Gilberto Owen, la gente que sufre una de esas pequeñas muertes, de todas las que se sufren a lo largo de una vida, deja un fantasma de sí mismo por ahí, «y luego siguen viviendo, original y fantasma, cada uno por su cuenta». Me contó que su novio, al que yo imaginé en algún lugar vestido de novio, tomaba pastillas para desconocerse, y que hasta su psicólogo lo había abandonado. Un día le dijo que no podía seguir acudiendo a su despacho, y que si estaba convencido de que la cordura, su cordura, no había resultado contagiosa, no podía decir lo mismo de la locura, que parecía reproducirse constantemente en esa sala; entonces, su novio puso cara de loco, se levantó del sillón y le dio la mano por última vez a su psicólogo para, seguidamente, salir por la ventana.



domingo, 15 de abril de 2018

Bajo el volcán



El cónsul, de Lowry, a la llegada a Tomalín entra en una taberna de nombre Todos Contentos y Yo También. Y cuando miran al cielo, tanto él como Hugh, por encima de sus cabezas, «los buitres, que sólo esperan la ratificación de la muerte». También en Segundo libro de crónicas, Lobo Antunes escribe que en la calle Cláudio Nunes, por donde se encaminan los entierros hacia el cementerio, hay una taberna llamada A La Vuelta Aquí Os Espero. El otro día, mientras llovía, entré en un bar y vi a una novia vestida de novia sentada en una silla, descalza, y lloraba. Tenía unos pies bonitos y unas uñas pintadas de rojo, casi granate, como sangre coagulada. Sé que a partir de ahora relacionaré las tabernas con la muerte y con el desamor. Aunque siempre estaré del lado del desamor: soy de los que si dicen te quiero, de inmediato tratan de aclararlo.

El cónsul, de Lowry, bebe whisky irlandés sin reparos y comenta que los mayas habían progresado mucho en la observación astronómica pero no sospechaban de la existencia del sistema copernicano, y que una de las primeras penitencias que se impuso fue aprender la sección filosófica de Guerra y Paz. Y mientras dice que «nadie podía conocer los peligros, las complicaciones, la importancia de la vida de un borracho», se da cuenta que lo único que recordaba de todo el libro era que Napoleón tenía espasmos en una pierna.

El cónsul, de Lowry, llega a su final, que es el final previsto. Porque el cónsul se va dejando y la muerte es sólo eso, dejarse ir un poco más allá. Y así termina el libro: «Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca». También Malcolm Lowry acabó tirado en un barranco en los márgenes, muerto; y muerto, aparentemente, intoxicado de alcohol y pastillas, algunos sugieren que asesinado por su mujer; el juez dictaminó, «muerte por desventura».