He acabado estos días de leer a Beckett. Hay un momento que Molloy camina por el bosque y se encuentra en una encrucijada en forma de estrella, con varios senderos. Y entonces da una vuelta completa sobre sí mismo. O parte de una vuelta; en general, camina sin parar hacia una ciudad, pero no recuerda el nombre de esa ciudad. Cómo me ha gustado esto. Me ha parecido un cuento de Lewis Carroll. Cuando el personaje de un libro, como Molloy, de Beckett, camina sin saber hacia dónde, eso debería de bastar. Aunque después he estado buscando más información. Y he llegado a Descartes, a la tercera parte del Discurso del método, cuando escribe que los caminantes extraviados en un bosque deben dirigirse siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aunque esa dirección la haya determinado el azar, «pues de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque». Molloy, en cambio, sabiendo que en el bosque cuando uno cree avanzar en línea recta no hace más que describir círculos, pone su mejor voluntad en describir círculos, con la esperanza de avanzar así en línea recta. Y como asocio libros que no tienen ninguna relación —cosa que no me pasa con las personas, que no asocio unas con otras porque las personas cambian y tener que modificar esas asociaciones me desorienta—, he recordado la idea de Moran, en la segunda parte del libro de Beckett, de que las cosas por la noche parece que cobran vida, y al amanecer, «las cosas vuelven a ocupar solapadamente su posición diurna, se instalan, se hacen el muerto», y la he relacionado con Limbo, de Fernández Mallo, cuando escribe que los objetos sobreactúan. Y que la muerte acontece cuando los objetos dejan de sobreactuar para nosotros.
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sábado, 6 de junio de 2020
Molloy
Que me he levantado temprano hoy para ver amanecer sin prisas,
y ha sido como si no quisiera acabar de amanecer del todo. Me pasa a primera
hora del día como cuando leo las primeras páginas de cualquier libro, que las
leo lentamente, o las releo, como si no entender esas páginas implicara ya no
entender nada de todo el libro. Luego he ido a una terraza a desayunar.
Mientras me tomaba el café he pensado que algún día viviré en París, que es
algo así como ir viviendo ya. También pienso que viajar es comunicarse, aunque
sólo he escrito una postal en mi vida estando de viaje. Fue en Galway, pero no
recuerdo a quién se la envié.
sábado, 1 de febrero de 2014
Un lugar como aquel, mientras viajaba
Estaba en Dublín. En un callejón techado. Pasaba por allí para llegar al hotel. Hace ya años de aquello. También en París recuerdo un callejón. Iba en un taxi desde el aeropuerto. La periferia de París no es el país de las maravillas. El taxista giró y pensé que era para evitar un atasco que había más adelante. Entramos en un agujero, como un túnel que caía y caía. Y al otro lado de la madriguera del conejo apareció una ciudad nueva, con personas que caminaban de manera diferente, como si guardaran dentro de ellas un rincón triste: una estancia donde refugiarse los días de lluvia.
Una mañana me desperté en Dingle, en la costa oeste de Irlanda. El pueblo estaba formado por casitas de colores. Era un pueblo de una sola calle. Hasta allí había llegado para ver el delfín: un delfín que nadaba en el puerto, en libertad. Muchos decían haberlo visto. Algunos, incluso, ante un pequeño movimiento del mar ya se daban por satisfechos. Ni eso pude ver: ese pequeño movimiento del mar con el que poder darme por satisfecho. Pensé que yo era un realista que veía el mar a lo lejos. Posiblemente el delfín ya había muerto hace años pero su leyenda continuaba. Y en Dingle recordé a Camus y que «el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere», incluso aunque esa muerte fuera la muerte de un delfín que muchos siguen aún viendo.
En el callejón de París recuerdo no haber visto ventanas en los edificios. Pocas cosas más recuerdo porque ese instante lo pasé pensando en Alicia y en su gato. Me pregunté, como ella, si «¿Comen murciélagos los gatos?» Y en ese callejón de edificios sin ventanas traté de imaginar qué clase de personas podrían vivir allí. Deberían de ser personas oscuras, que huyeran de la luz como los murciélagos en su cueva. Entonces recordé otra vez a Alicia y a su gato. Y me pregunté, como ella, si: «¿Comen gatos los murciélagos?»
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