Mostrando entradas con la etiqueta Herman Melville. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Herman Melville. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de septiembre de 2017

Apuntes de un Manifiesto sobre el desamor I


«Cómo empezar». Así comienza el libro La parte inventada, de Fresán. Y continúa: «O mejor todavía: ¿Cómo empezar?». Y así estoy ahora: recogiendo ideas, ya que tengo la intención de escribir un Manifiesto sobre el no-amor. Porque hay gente así. Porque hasta aquí hemos llegado. «Pero lo peor de todo es empezar, empezar, empezar», escribía Donald Barthelme.


Cuando me propuse escribir sobre este tema, alguien me dijo que me lo tomara «como un ejercicio construyo-destruyo; construyo, se cae; construyo, lo derriban; construyo, me desalojan; construyo, me muero». Y voy a seguir ese consejo. Voy a ir anotando, sucesivamente, todas las ideas que darán forma al Manifiesto, hasta que llegue a ese punto, ese construyo: el mundo se está yendo al diablo, en el que pueda decir que ya no tengo ideas, que ya he bajado los brazos.


Nota I: Me gusta la gente que renuncia, porque en eso hay algo de romanticismo, de suicidio: el máximo suicidio al que puede llegar hoy un poeta. Porque la renuncia, el no, no es matizable. Cuando incluso la muerte lo es: uno muere pero para algunos puede ya llevar años muerto. La renuncia, también la lentitud, es una forma de Résistance: el último reducto del marxismo. Y ahí veo el Bartleby de Melville, ese hombre que, en su renuncia, decía no, y lo decía constantemente. Y aunque lo que realmente expresaba era que «preferiría no hacerlo», en ese condicional se entendía que no quería hacerlo, y no lo haría. En definitiva, me gusta la gente que renuncia, que se niega, y que en el desamor muestra su militancia.

viernes, 26 de agosto de 2016

La adicción de Melville



Me he levantado temprano. Siempre he querido vivir cerca del mar. Hace años viví cerca del agua negra de un pantano. Cada mañana pasaba por la carretera que lo bordeaba. Las carreteras próximas a los pantanos son estrechas, invitando a la caída accidental. Siempre, aunque allá abajo no se aprecie el agua negra y quieta, se va bordeando algo. Me he levantado temprano y he continuado leyendo Los excluidos, de Elfriede Jelinek. «En primer lugar, Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, coche y familia, y, en segundo lugar, a todos los demás». Eso es lo primero que he leído esta mañana antes de pensar en el mar. Porque una vez fui ballenero. 

Ha pasado ya bastante tiempo desde el momento en el que cada mañana recorría aquella carretera de tintes delictivos. En ese tiempo he ido acercándome cada vez más a la costa, pareciéndome, como escribe Fleur Jaeggy, a Joseph Brodsky, «que no podía evitar vivir en lugares de agua, como un marino». Y como Anna, he empezado, en primer lugar, a despreciar a todos aquellos que viven lejos del mar, y, en segundo lugar, y con más intensidad, a todos aquellos que viven todavía más cerca que yo del mar.

Leo que cuando está borracho Steve dice que Moby Dick es una novela sobre la cocaína. Una metáfora fantástica de los efectos de la adicción.

Al poco de levantarme he salido a la calle a comprar pan o a arponear una ballena. Escribe Piglia que todo lo que sabe sobre el arte de la pesca lo aprendió leyendo a Melville. En mi caso incluiría también a Tabucchi en esta lista de maestros. Pensando en ello he bajado por Vía Layetana en bicicleta hasta el puerto. Porque los puertos, para los marinos, son el vestíbulo de nuestra casa. Los puertos, continuando con Piglia, «alimentan la ilusión de que es posible cambiar de vida, pero es muy difícil cambiar de vida». Y puede que no se cambie de vida pero alguna vez he conocido a balleneros que pierden las ganas de arponear. Que aparcan su bicicleta en el muelle y se sientan a ver llegar los barcos.

lunes, 5 de enero de 2015

Bartleby, el caballero del No




Hoy he perdido un nuevo verbo. Me viene sucediendo últimamente. De alguna manera que no alcanzo a comprender, voy extraviándolos. Cada vez que olvido un verbo, pierdo la capacidad que confiere su acción. Esta mañana me he levantado sin saber el porqué. Al momento me he dado cuenta que tampoco sabía si quería desayunar o salir a pasear. Hoy he perdido el saber.

Pero esa pérdida no implica que me deje arrastrar por la Nada. La semana pasada concentré todos mis propósitos en uno solo: la muerte lenta de la metáfora. Hace unos meses mi intención fue la de elaborar un mapa completo de la literatura. En él situé Praga,a las afueras de París. Y ayer tomé la determinación de bajar a los bartleby a la Cultura Pop. 

I. Preferiría no hacerlo. Esa es siempre la respuesta que da Bartleby, el enigmático escribiente del cuento de Melville, cada vez que se le encomienda un trabajo o se le interpela a que dé alguna explicación sobre su vida. Sólo responde: Preferiría no hacerlo. Y no lo hace.

II. Melville cuenta el rumor que Bartleby, antes de trabajar como escribiente, podía haber sido un empleado subalterno en la Oficina de cartas no reclamadas: La Oficina de Cartas Muertas de Washington. Esa podía haber sido, pues, la ocupación del triste escribiente: clasificar, para ser quemadas, las cartas que no habían encontrado destinatario.

III. Bartleby y Kafka. Escribe Kafka en su diario sobre la debilidad y la cobardía que le llevan a dejar las cartas, «incluso aquellas de contenido presumiblemente inocuo», sin abrir sobre la mesa durante un tiempo. Y aquí Bartleby y Kafka se complementan. Kafka postergando la apertura de las cartas que recibe, como recibiéndola continuamente, y Bartleby clasificando y retrasando eternamente la entrega de las cartas que «con mensajes de vida, se apresuran hacia la muerte».

IV. «¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos?», escribe Melville

V. Acabo de llegar. He estado tomando una copa en un bar con mi vecina checa. Le he explicado mi tentativa de llevar a cabo el descenso de Bartleby a la Cultura Pop. En esa tentativa, no puedes más que fracasar —me ha dicho —. «Eres hombre para hacer dos epílogos antes que ningún libro» — y ha concluido así, con esa frase de Gonçalo M. Tavares tan bartlebyana.

VI. En el libro de Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, Marcelo, el narrador, describe a los bartleby como «esos seres en los que habita una profunda negación del mundo». Y seguidamente inicia un trabajo de «rastreador» de esos escritores que padecen los síntomas del síndrome de Bartleby. Esos escritores que no llegan a escribir nunca, o lo hacen y, en un determinado momento, dejan de hacerlo; prefieren no hacerlo, convirtiéndose en auténticos «escritores del No».

VII. «Nunca escribió un libro. Sólo se preparó a escribir uno, buscando decididamente las condiciones justas que le permitieran escribirlo. Luego olvidó también ese propósito», escribe Vila-Matas.

VIII. Quizás tenga razón mi vecina checa y sea hombre de epílogos antes que de ningún libro. Quizás una mañana, al levantarme, perdí el verbo escribir, como Bartleby perdió el verbo hacer. Puede que fuera así. Y puede que por eso en algún momento dijera que no escribo para no parecer un hombre al que le cuesta escribir.   

IX. Escribió Alan Le May en el libro Centauros del desierto que «normalmente, un jinete no recibe una sola carta en toda su vida».

domingo, 12 de enero de 2014

Dama de Porto Pim


«Llamadme Ismael».

Podría haberse llamado así, Ismael G, pero eso fue antes del naufragio. Y aunque el naufragio fue breve tuvo tiempo para pensar. Y mientras pensaba, en ese espacio de tiempo entre estar arriba o abajo, determinó que buscaría un lugar apropiado para vivir, alejado suficientemente del mar como para no sentir el olor de la sal. Y recordó a Magris, y decidió que a partir del hundimiento viviría en Viena, ya que «Viena es un lugar de náufragos».


I. En Horta, el día de la fiesta de los balleneros, los patronos alinean sus barcos en la bahía de Porto Pim y se organiza una procesión. Tras el cura van las mujeres y los niños, y finalmente los balleneros «cada uno con el arpón al hombro. Marchan muy circunspectos y van vestidos de negro. Entran todos en la capilla para asistir a la misa y dejan los arpones apoyados contra el muro exterior, uno al lado del otro, como en otros lugares se apoyan las bicicletas».

II. Antero de Quental, tras apretar el gatillo del revólver, tuvo un momento de conmoción al comprobar que podía seguir viendo los árboles y la plaza en la que había decidido concluir su obra. En ese breve espacio de tiempo, entre estar más allá o seguir todavía aquí, «accionó el mecanismo del revólver e hizo fuego por segunda vez», la que fue definitiva.

III. «He comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle.» Antonio Tabucchi

IV. Y vuelvo a Ismael, que sabía nadar lo justo como para no poder salvarse casi ni a sí mismo.