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sábado, 24 de octubre de 2015

Cuando la muerte te toca de lejos, parece otra.



Muere gente que parecía ya muerta. Y cuando aquí se cita a la muerte, ¿dónde están todos los duelistas con sus pistolas?

Recuerdo un día un entierro. Hacía frío, como en todos los entierros. El invierno también contribuía a ello. Y el de la caja, como si la cosa no fuera con él.

No es el momento de recordar que de camino al cementerio vimos un bar. Tapas calientes y bebida fría para después, habiendo ya dejado al muerto.

Tú que eres joven, me dijo una vecina en el ascensor; pero para nosotros, todos los inviernos son una incertidumbre.

El frío, la muerte, el de la caja. Todo tan bien relacionado.

Y a pesar de ello, cuando la muerte te toca de lejos parece otra.


Y siempre tan inoportuna, como la lluvia.

Apaga la luz, que la oscuridad es ya un entrenamiento.

En Danubio, de Magris, había un vigilante que por las noches cazaba liebres con un fusil, con ese cuidado que los vigilantes tienen de no dañar el mármol de las tumbas.

Mañana, al amanecer, ya todo se habrá olvidado, a la espera del siguiente.

jueves, 13 de marzo de 2014

Moldava




Siempre he querido vivir en una ciudad por la que pasara un río como el Danubio, el Sena o el Moldava. Y vivir en la parte baja, al borde del agua, y ver gorriones y no gaviotas. En mi ciudad las gaviotas se comen a los gorriones. Y vuelan tras el camión de la basura. Antes las gaviotas perseguían, al atardecer, a los barcos de pesca. Desde la costa los veíamos llegar, a lo lejos, y las gaviotas nos parecían moscas que se abalanzaban sobre el ojo de un caballo. Pero ahora sólo llegan barcos de turistas al puerto, y las gaviotas se comen a las palomas.


domingo, 9 de diciembre de 2012

Seres raros merodean por los libros (I)



Pude ver a mi hostelera cuando me dirigía a la Oficina Censal de Praga. Estaba sentada tras el mostrador, anotando, una y otra vez, los nombres de los clientes que aquella noche nos habíamos hospedado en el hostal. Cuando llegaba al final de una hoja, empezaba con la siguiente. De repetirlos infinitamente había conseguido ocupar todas las habitaciones: un lleno total. Todas las noches, cuando me dispongo a subir a mi habitación, le pregunto si me ha dejado unas cuartillas sobre la mesita. Siempre asiente. En ellas anoto todos los personajes particulares, monstruosos, originales pero secundarios de la literatura. Uno tras otro, y cuando llego al final de una hoja, empiezo con la siguiente.
 
«¡Un monstruo! Pero le miré a los ojos y sostuve su mirada toda la noche.»  Franz Kafka

I. Cuando Magris llegó a Sopron se fijó, cerca del museo Listz, en un hombre que estaba asomado a un ventanal de la planta baja de un edificio. Era un loco, y al parecer profundo, que farfullaba y hacía gestos. Gigi, que acompañaba a Magris, trató de entenderle y, de alguna manera, responderle. Les sorprendió que en el impulso de dirigirse a ellos «existía la urgencia de decir algo y, por tanto, de tener algo que decir». En él, los viajeros vieron una piedra que había sido desechada pero que podría ser un rey disfrazado de mendigo, quizás «uno de los treinta y seis justos, desconocidos por el mundo, y que ignoran serlo, gracias a los cuales el mundo sigue existiendo.»

II. «Punto y aparte para Felipe Tongoy, el hombre más feo del mundo». Nada más llegar al aeropuerto de Santiago y bajar por la escalerilla del avión, Rosario Girondo se encontró con Tongoy. Escribe Enric de la Ville-Maat que Girondo, al ver por primera vez a Tongoy pensó rápidamente en Nosferatu, y sintió también la urgencia de decir algo, aunque calló porque consideraba «de mala educación decirle a alguien que acabas de conocer que se parece a Drácula». Pero Tongoy introdujo el tema con naturalidad, aceptando su propio autorretrato, sin falsificarlo, y añadiendo que una vez, con seis o siete años, su madre le dijo que sí, que «sólo en Chile» pero que feo, no dejaba de serlo.

lunes, 10 de septiembre de 2012

“Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal

                                                                                               Foto de Anita Noire








Sigo escribiendo este diario novelado como también sigo leyendo “El Danubio” y, a su vez, mientras los capítulos de este libro van atravesando por los diferentes países de la cuenca del río centroeuropeo, también voy leyendo otros libros que son como afluentes del primero.

Escribe Magris que Kafka, en sus diarios, «recuerda que su nombre hebreo era Amshel, un nombre en el que expresaba la identidad humana que le era negada» para ser sólo Franz Kafka. Y en este diario novelado que aquí escribo recuerdo que mi nombre checo es Pavel, y que al escribir desde la terraza de este diminuto café de Praga siento, como explica Hrabal, que a mí también me gusta la caída del día, ya que «me parece el único momento en que puede pasar algo importante», incluso poder expresar la identidad checa que en algún momento me fue negada.

 
I. En la habitación de mi hostal he acabado de leer el libro “Una soledad demasiado ruidosa” de Bohumil Hrabal. El ruido que durante sus páginas escucha el personaje, Haňťa, es el ruido del cambio, el estridente sonido de las nuevas prensas de papel que lo engullen todo, hasta su forma de vida: «Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia… soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo»

II. Bohumil describe con crudeza el trabajo y también el cambio de los tiempos que se avecinan. Haňťa ha podido visitar las nuevas fábricas con sus operarios uniformados, su disciplina, su hacer por hacer y sabe que «comienza una nueva era con nuevas maneras de trabajar, con nueva gente que bebe leche, aunque todo el mundo sabe que las vacas prefieren morir de sed antes que tragar un solo sorbo de leche.»

III. Cuando he recogido la llave en recepción, la hostelera me ha preguntado si iba a salir esta noche a dar una vuelta. Al decirle que así lo haría ya que el anochecer es ese momento en el que puede pasar algo importante, me ha dicho que no cruzara a la otra orilla del Moldava. Sabía lo que quería decirme porque había leído ya el párrafo en el que ello se explica, aunque ni ella ni yo hemos encontrado las palabras para poder expresar que «en las cloacas del subsuelo de Praga se está llevando a cabo una terrible lucha a muerte, una gran guerra entre dos clanes de ratas de alcantarilla que habría de decidir cuál de ellos tiene derecho a todos los residuos y a todos los excrementos que fluyen por las alcantarillas hacia Podbaba». Aunque a mí no me preocupaba eso. Lo que sí temía era encontrarme con el ayudante del verdugo del que habla Haňťa y que, como a él, me ponga un puñal en el cuello y saque un trozo de papel y me lea un poema sobre los hermosos paisajes de los alrededores de Ríčany, y después me pida disculpas diciendo que ésa era la única forma de obligar a la gente a escuchar su poema. A eso sí que le tenía pavor.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Del Danubio al Moldava




En el diario que trataré de novelar aquí, escribiré que hoy miércoles me he encontrado con Hasek en la estación. No me ha saludado. Caían cuatro gotas y seguramente no me ha saludado por ello: la gente no tiene ganas de saludar mientras llueve.

 I. Empecé a leer el libro “El Danubio” de Claudio Magris. Al buscar las fuentes del río, Magris subió a una cima y comprobó que unos charcos le mojaban los zapatos. Y siguió subiendo y vio que las fuentes del Danubio se hallaban en el cobertizo de una casa de piedra de la que descendía un canalón que recogía sus aguas de un grifo que no podía cerrarse jamás y, por lo tanto, las fuentes del Danubio se hallaban ahí, en ese canalón, y que, por ser coherentes, tal como Magris escribe, ese canalón era el Danubio y que si se cerraba el grifo que surtía de agua al canalón se secarían Bratislava, Budapest y también Viena. Supongo que una vez allí debió de tocar el agua que salía del grifo con su mano y que, por ser coherentes, en ese momento, él mismo era el Danubio.

II. Sin cerrar el libro de Magris, mantengo abierto el libro “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” de Jaroslav Hasek por la página en la que Schwejk entra en la celda de una prisión de Praga. Allí se encuentra con cinco hombres sentados en una mesa y otro, de mediana edad, tumbado en una litera y manteniéndose separado como si el Danubio – tal vez el Moldava-  pasara entre ellos. Al preguntar Schwejk el motivo por el que estaban allí encarcelados, los cinco que estaban alrededor de la mesa contestaron que se hallaban allí por lo del archiduque Francisco Fernando de Austria y el atentado de Sarajevo que había tenido lugar esa misma mañana. Schwejk se sentó con los conspiradores porque él también había sido acusado por ello aunque, como los otros cinco, sólo por comentarios y chistes tabernarios sobre el emperador. «El sexto, el que se apartaba de los demás, dijo que no quería tener tratos con ellos para que no sospecharan de él, porque él sólo estaba allí por haber intentado robar y asesinar a un campesino de Holitz»