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viernes, 10 de enero de 2025

Voyageur-voyeur

         

A los diecinueve años, uno puede permitirse viajar a París por primera vez; sentirse montparmasiano durante una semana; cruzar, como Henry Miller, el Boulevard de Clichy, que está lleno de cosas rojas: paredes rojas, luces rojas y prostitutas con medias negras. Las prostitutas siempre parecen indiferentes a los cambios, como las ciudades fronterizas, o como los gatos; estos, además, indiferentes a cualquier cosa. Como estaba alojado en un hotel cerca del Boulevard des Batignolles, cada mañana cruzaba un puente sobre las vías que llegaban a la estación de Saint-Lazare, que era como cruzar una frontera, y un lugar apropiado para aquellos que consideraban que lanzarse al Sena era demasiado aristocrático. Lo primero que visité en aquel viaje fue el cementerio de Montmartre, que era un lugar en el que al entrar me bajó un grado la temperatura del cuerpo. En el hotel, compartía habitación con otros dos amigos de la facultad. Una tarde vimos en el edificio que había al otro lado de la calle a una mujer que se paseaba desnuda por el comedor de su casa. Al momento, uno de los compañeros sacó unos prismáticos de la maleta. Eran unos prismáticos pequeños, como de palco de la Ópera Garnier. Pero acercaban. Aquella mujer era alta y esbelta. Umbral diría que tenía un perfil de caballo griego. Era alta y esbelta, y tenía la piel blanca y unos senos moderados y sólo un poco caídos, como las bolsas de una alforja sobre el lomo de un caballo pálido; asimétricos, sin temática, seductores, y aceptados en el mundo de la creación como un elogio del arte. Aquella mujer de piel blanca y rostro normando me dio la impresión de fluidez. Es algo que me pasa desde que de pequeño veraneaba en un camping de la Costa Brava, que todas las francesas me parecían la Revolución Francesa. Es la misma sensación que cuando se llega por la mañana a la estación y los trenes circulan con normalidad porque hace ya un rato que han levantado el cuerpo de las vías. Fue otro día cuando me di cuenta que el amigo que había sacado los prismáticos cuando se necesitaban unos prismáticos iba preparado no como si estuviéramos en París, sino a los pies de las colinas de Ngong: al pedirle un remedio para el dolor de cabeza, me ofreció tres.

domingo, 10 de enero de 2021

Desde la ventana de Kafka a la calle

Esta mañana he salido temprano. Quería ir a una cafetería pero todas estaban cerradas. Como he visto a una mujer que tenía el pelo fino y castaño como una manta, me ha entrado un poco de sueño. Cuando he vuelto a casa, he estado un rato mirando por la ventana, que no es algo triste salvo que la intención sea la de tirarse por la ventana. También en la música los acordes menores son más tristes. Y eso no tiene por qué tener una explicación. Como me gustan algunas cosas, he leído que la rotación de la Tierra sobre su eje ha comenzado a acelerarse provocando que los días sean más cortos. Por lo que el 19 de julio de 2020 se midió el día más corto jamás registrado, aunque sólo lo fue por unas milésimas, casi imperceptible, como la justicia. También el día que Arthur, Odile y Franz visitaron en 1964 a la carrera el museo del Louvre batieron el récord de Jimmy Johnson, de San Francisco, dejándolo en nueve minutos y cuarenta y tres segundos. Me ha comentado A.C. que podríamos escribirnos cartas como Kafka a Felice Bauer o como Henry Miller a Anaïs Nin. Si un día de este invierno escribo una carta a A.C. la empezaría así: «Me ha cambiado el metabolismo porque tengo las manos frías; en general, incluso de las cosas externas me siento un poco responsable».

Ahora estoy leyendo Malone muere, de Beckett. Qué incómodos son los personajes de B. Incluso ha habido un momento en que no he visto con malos ojos en Malone muere que Malone muera. Me ha recordado al escarabajo de Kafka. Ambos se pasan la novela en una habitación. Y los dos miran por la ventana. Creo que el escarabajo de Kafka se fija en lo larga que es la calle; en cambio, el Malone de Beckett se fija en el edificio de enfrente, en una pareja follando entre las cortinas. Desde luego, me quedo con el personaje de Kafka porque, como me comentó R., en el escarabajo de Kafka cabe toda la humanidad. 

sábado, 1 de agosto de 2020

Sur le Pont de Mirabeau



Me gusta la gente que no tiene motivos, que va haciendo pero sin saber para qué. Hace ya años pensaba que desde mi habitación, al anochecer, cuando todo se calmaba, se podía escuchar el mar. Aquello era un rumor constante. Aunque después supe que aquel ruido venía de la calle, de un transformador eléctrico, porque una noche se fue la luz, y se apagaron las luces y también las olas. Luego, con el tiempo, de DeLillo aprendí que el ruido de fondo que se escucha es un ruido uniforme, omnipresente: «Es el temor a la muerte». En definitiva, un jaleo. Por eso el otro día pensé en Paul Celan, en el día que se lanzó Celan al Sena, y en que cuando llegó a París se cambió de nombre  —su nombre real era Paul Pésaj Antschel—, porque así pensaba que sería más francés que un cruasán. Aunque más tarde se dio cuenta que ese gesto carecía de importancia: no hay nada más francés que morir ahogado en el Sena. Y como estoy leyendo Primavera negra, de Henry Miller, que es otro de sus libros en que se confunde su yo con la ficción, he leído un párrafo que me ha parecido una maravilla. Si yo fuera poeta, que no lo soy, porque soy de todo un poco, le daría a Miller el valor que tiene: «Yo, y esto que pasa por debajo de mí, y esto que flota encima de mí y todo lo que de mí surge, yo y esto, yo y eso unidos en un movimiento continuo, este Sena y todos los Senas cruzados por un puente significan el milagro de un hombre que los cruza en bicicleta». Y que eso sería aún más francés que lanzarse desde el puente de Mirabeau para después morir ahogado en el Sena: llegar a él en bicicleta.

Que en un libro no me fijo en los grandes temas sino en las pequeñas cosas, que es donde pasan las cosas. Por eso también estoy leyendo Kaputt, de Curzio Malaparte. Cuenta Malaparte que los caballos de la artillería soviética, huyendo de un fuego en el bosque cerca de Leningrado, entraron en el lago Ládoga mientras el viento del Norte lo estaba congelando, convirtiéndose en una plancha de mármol blanco sobre la que sólo sobresalían cientos de cabezas heladas de caballos que permanecerían así todo el invierno. También explica Malaparte que después que se decretará la demolición del antiguo cementerio, De Foxá y sus amigos escritores fueron una noche a visitarlo. Algunas tumbas habían sido abiertas y vaciadas, y los muertos estaban a la vista. Entonces encontraron a un joven marinero que había muerto por azar en Madrid, lejos del mar. «Miralles depositó sobre el pecho del muerto una hoja de papel en la que había dibujado a lápiz una barca, un pez y algunas olas»

domingo, 12 de abril de 2020

Praga, a las afueras de París (III)


Desde la ventana de casa, los días claros, puedo ver Praga, a las afueras de París. También puedo ver cómo varias calles pueden llevar a un callejón sin salida, porque la aritmética de las ciudades siempre es confusa. Luego he pensado otra vez en París ya que a veces se me queda la mente en blanco, como a Hemingway después del balazo. 

He estado leyendo Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Hay un momento en el que Miller hace lo de Perec antes de Perec. Se sienta en la Place de Saint-Sulpice, «tan tranquila y desierta», y también agota aquel lugar parisino: los autobuses, el sol, los campanarios, el chapoteo de la fuente. «La plaza tan querida de Anatole France». También Cioran escucha desde su apartamento las campanas de Saint-Sulpice: «Es un ruido diferente del de los coches». Más adelante Miller hace lo mismo en la Place de la Trinité, donde describe otra vez el paso de los autobuses, las palomas que lanzan gritos de alarma, el garçon que limpia la mesa, las mujeres que pasan delante de él meneando sus culos.

Entonces me ha llamado mi vecina checa. Me ha contado que tuvo un novio en Praga que nunca comentaba lo que le había pasado ni ayer mismo, que formaba parte de esas personas cuyo único recurso es el futuro. Como no he querido continuar por ahí, ya que mi único recurso es el pasado, le he dicho que por mucho que ahora anochezca más tarde, yo tengo el mismo sueño. Luego le he explicado que he estado pensando en la idea de concluir el mapa concentrado de la literatura que hace años traté de elaborar. Y que iba a añadir una nueva calle a ese mapa, el Boulevard Raspail, en el que Henry Miller se encuentra a una mujer que explica que nació en Polonia y que su padre era irlandés. Y que por eso ella es inglesa.

Estos días estoy leyendo también Austerlitz, de Sebald. Escribe Sebald que al inicio, a Vera lo que le molestó especialmente cuando los alemanes invadieron Praga fue el inmediato cambio a la conducción por la derecha. «El corazón le perdía un latido cuando veía un coche circular a toda velocidad por el lado derecho, porque inevitablemente tenía la idea de que, en lo sucesivo, tendrían que vivir en un mundo equivocado». 

Escribe Henry Miller que incluso cuando el mundo va camino de su destrucción, hay un hombre que permanece en el centro.