“Es por
la bora", dicen, y encuentran así justificación a algo que les afecta y
forma parte de sus circunstancias. Así son todos esos vientos con nombre
propio. Incluso cuando alguien empieza a cantar por la calle y a gritar mirando
al este o cuando otro se acerca a una tendera que ni conoce y le dice algo al
oído. “Es por la bora”, se dicen todos y todos lo entienden.
sábado, 30 de junio de 2012
Volviendo a la cueva
Los días en la cueva son días de pocas
historias. A la cueva se entra por las escaleras y se puede llegar hasta el
fondo por el pasillo que hay entre las mesas. Prácticamente no hay luz solar.
La que ilumina es una luz simulada. Las paredes son blancas y con el paso del
día marchitan y aunque siguen siendo blancas parecen grises. A mí me lo
parecen. Nunca he preguntado a los demás de qué color ven las paredes pero, si
lo hiciese, seguro que me dirían que del color de las costillas de una ballena.
Los días en la cueva son días sin ideas. No sé a quién puede interesar que esos días no tengan ideas. Cuando sales de la cueva ya todo está oscuro para que, cuando al día siguiente vuelvas a estar dentro, creas que afuera todo está apagado y que es mejor algo de luz que la falta de ella. Con el tiempo se aprende a no pensar en ello: afuera todo está apagado, se piensa.
Los días en la cueva son días que no cuentan. Pero sí cuentan. Eso lo veo después, cuando salgo. A veces cuando salgo vuelvo a entrar y a salir para ver si noto algo. Supongo que es en ese momento cuando debería notarlo pero no siempre es así. Hay veces que estando dentro creo estar fuera pero sin poder hacer las mismas cosas que hago fuera.
Los días en la cueva son días sin ideas. No sé a quién puede interesar que esos días no tengan ideas. Cuando sales de la cueva ya todo está oscuro para que, cuando al día siguiente vuelvas a estar dentro, creas que afuera todo está apagado y que es mejor algo de luz que la falta de ella. Con el tiempo se aprende a no pensar en ello: afuera todo está apagado, se piensa.
Los días en la cueva son días que no cuentan. Pero sí cuentan. Eso lo veo después, cuando salgo. A veces cuando salgo vuelvo a entrar y a salir para ver si noto algo. Supongo que es en ese momento cuando debería notarlo pero no siempre es así. Hay veces que estando dentro creo estar fuera pero sin poder hacer las mismas cosas que hago fuera.
«Por eso el trabajador sólo se siente en
sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí.» Marx, “Manuscritos económicos y filosóficos”
martes, 1 de mayo de 2012
Allá, en lo alto, no hay Quijotes ni amigo Sancho
A
veces, cuando el destino es azaroso y el viento parece que sopla de costado, me
gusta caminar por los bordillos de las aceras. Tal vez porque en ellos veo una
línea clara que poder seguir. Al llegar a las esquinas, en los cruces de las
avenidas, mi vista se derrama por el suelo hasta desembocar en la acera del
otro lado de la carretera. Un puente imaginario se despliega, sin arcadas ni
arrogancia, sin pilotes ni algaradas, y se pliega tras
cruzarlo sin dejar señal, memoria o rastro.
Cada
pocos metros, cada pocos pasos, surge del suelo un pebetero cubierto de tierra,
colillas, arenisca y agua, y de él una llama con forma arborescente que a cada
chispazo desprende una hoja; la piso y la pisan y la pisamos los espantapájaros
de brazos caídos que perturbamos la calle, mientras el viento, entre tímido y
entrecortado, me golpea ahora de frente arrastrando pensamientos y recuerdos de
los que me preceden.
Sólo
cuando una moto aparca sobre la línea que sigo, reacciono y levanto la cabeza.
Allá a lo lejos, a lo alto, no veo molinos agresivos ni fantasmas de Don
Quijote, no escucho el ladrido del galgo que atado a una farola ni pestañea
buscando a su dueño, no veo al dueño que atado a una armadura compra el pan nuestro
de cada día. Bostezo de atontamiento.
Cerca
de L´ Illa, subiendo por Numancia, cedo con un pie a la tentación y bajo del
bordillo, evitando así el mosaico de baldosas con sus petroglifos en forma de
margarita de cuatro pétalos que florecen en el suelo. Me quiere, no me quiere,
me quiere y al segundo no me quiere me acaba odiando de pura inquina.
El otro
día, un día de lluvia, un día de perros con gabardina, ceñido al estrecho
refugio que me otorgaba el balcón de un primer piso, con prisas y mirando al
cielo, vi a un indigente, tumbado y a buen recaudo, con pausa, rascándose las
costillas con una mano y con la otra sosteniéndose la nuca observando como
corrían los viandantes y pensando, imagino, cómo estos espantapájaros desmañados no saben
ya ni mojarse.
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