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sábado, 8 de abril de 2023

Autorretrato IV

Si dejo un libro a medias, doblo una esquina por si algún día vuelvo. Hay cosas definitivas, como el vecino que cayó desde el ático y nos dejó a todos mudos. La primera vez que estuve en Arles, empecé a amar una cierta geografía. Me gustan las personas que a Samuel Beckett lo llaman Sam. También me gustan las páginas intermedias de un libro; un perro que te recuerde, como el de Ulises en la Odisea; un árbol; un árbol seco. Se produce un ruido excepcional cuando un vecino cae desde un ático. Es un ruido raro pero inconfundible. Si otro vecino cayera desde un ático, podría decir, sin dudar, que es otro vecino cayendo. Tras el estampido inicial se escucha como un suspiro. Me han dicho que soy esquivo como el ojo de Sartre. Ayer, en el tren, pensé en cosas insignificantes. Ahora pasan unas nubes. Para escribir la serie Autorretrato leo siempre la primera página del libro del mismo nombre de Édouard Levé donde dice que describir con precisión su vida le llevaría más tiempo que vivirla. Esa frase me recuerda el mapa del imperio de Borges, que acaba teniendo el mismo tamaño que el imperio. Si tuviera un perro, lo llamaría Charonte, con acento francés. El 47% de lo que escribo aquí es zozobra. Me interesa todo lo de Aldo Moro; el reactor número 4 de Chernóbil; el origen de las palabras. También todo lo de Olof Palme, el árbol sueco; lo de Mathias Rust aterrizando su avioneta en la Plaza Roja de Moscú; lo de «John Ford, John Ford y John Ford». Hay días que se me pone un nudo en la garganta, como a Isadora Duncan. Estoy escribiendo un Manifiesto sobre el desamor porque el amor es un jaleo. Ahora ya no hace tanto frío pero en mi Stalingrado interior las ruinas no me dejan ver el bosque.

sábado, 22 de febrero de 2020

Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (V)


Esta mañana, en la estación, pasaban trenes que no estaban anunciados mientras que otros no llegaban a pasar. Hasta los suicidas estaban desconcertados. 

Leo que hay que dejarse arrastrar a un profundo desinterés, caer en el nada-me-importa de los muertos.

Escribe Oscar Tusquets que no hay colores bellos y colores feos. El verde que nos parece maravilloso en las hojas de una planta nos horroriza en el rostro de un cadáver.

Que me han dicho hace un momento que «los funerales deberían considerarse obras de ficción».

Escribe Fernández Mallo que está bien estudiado que, en el cine europeo, el horizonte significa pérdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés significa muerte.
 

Escribe Beckett que se apresura a retirar la mirada de los objetos a punto de desaparecer. Nunca ha podido mirarlos hasta el último momento.

Leo lo escrito sobre Espriu el día de su muerte: «Un físico antipático, no sencillamente adusto sino bastante repelente, como un cuerpo inasequible a los sastres, un cuello más hecho para la soga que para la corbata».
 

Cuando hay un muerto, si está Juan Rulfo, entonces hay muchos muertos. También cuando está Borges.

«— Disculpe, ¿la granja de Antonio Sierra? 

—Va en rumbo equivocado— me dijo —. El cementerio es para allá. 
—No voy para el cementerio.
Me miró perplejo, sonriente, como si lo estuviera yo entreteniendo.
—Todos vamos para allá» [Mateo García Elizondo]

domingo, 5 de enero de 2020

Cuando lleguen los suicidas a la estación


Desde el tren, las estaciones con su tenue iluminación parecen discretos bares de alterne. Cuando la pareja de enamorados con su sonrisa de haber estado bebiendo absenta ha cambiado de vagón, he pensado que hay personas así, como si vivieran en una ficción y no en Barcelona. Al llegar a casa me he encontrado a mi vecina checa en el rellano. Le he dicho que me gustan estos momentos, lo que los franceses llaman «entre chien et loup» (entre perro y lobo), ese momento del atardecer en el que se puede tomar una cosa por la otra. Entonces me ha dicho que hace años, cuando todos eran más más jóvenes y más lobos, en noches así se reunía con unos amigos, bebían ginebra y después de leer poesía follaban como chicos salvajes. Y que unos años después a uno de ellos lo encontraron en la orilla del río. Les dijeron que podía haber caído desde uno de los puentes. Tenía el estómago hinchado, como si antes del último momento hubiera tratado de beberse todo el agua del Moldava. Le he dicho que cuando vivía cerca de Girona pasaba cada mañana por una carretera para ir al colegio, y que pensaba que si caíamos, antes de nada, me bebería todo el agua negra y quieta del pantano, con el miedo que me dan los pantanos. Aunque sólo era un pensamiento terapéutico. Como estoy leyendo Delicioso suicidio en grupo, de Arto Paasilinna, me he acordado de la tradición en el lago Humalajärvi de lanzar una botella de alcohol medio llena para que le acabara llegando a alguien al otro lado del lago, y ese desconocido se la pudiera beber y supiera así que nadie en el fondo está tan solo.

Escribió Borges que «en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que componen mínimas sociedades secretas». En el libro de Paasilinna he encontrado otra agrupación literaria rara que he añadido a mi lista: la asociación finlandesa de «aspirantes a suicida». Porque me gustan las agrupaciones raras: la Sociedad de Expertos en Mareas Negras, de Bernard Quiriny, que, cada vez que se producía una marea negra, eran capaces de recorrer medio continente para poder apreciarla. Unos locos; la Asociación internacional de observadores de las nubes, de AMM; el comité que, por empatía hacia el triste final de los caballos viejos, decidió comérselos, de Soren K.

domingo, 11 de agosto de 2019

M Train, porque Patti Smith no puede esperar


Que me gusta todo lo que pasa desapercibido. Y que a veces me pongo en las esquinas. También hoy me he levantado temprano, como todos los días que no necesito levantarme temprano. He bajado a la cafetería con dos libros. Creo que leo para llenarme de cosas, aunque también podría llenarme de piedras. Quizás me pasa lo que a Patti Smith, que lo que me falta no es un libro sino una obsesión. Mientras iba hacia la cafetería me he encontrado a mi vecina checa. Me ha estado hablando de su país y de su familia, y de que había llegado a pensar que cuando su madre bebía ginebra mientras leía a Rilke, era por ella. Por eso piensa que cuando la gente bebe lo hace por alguien, no por algo. Y que ella bebe cuando se acuerda de su madre leyendo a Rilke. Le he dicho que a lo mejor su madre bebía ginebra para pasar desapercibida, y que quizás leía a Rilke por lo mismo. A veces, cuando me cuentan cosas muy personales, no sé qué decir. Entonces le he explicado que el otro día escuché que el descubrimiento de Plutón se produjo indirectamente, por las perturbaciones que su presencia ocasionaba en la vida de otros planetas, y que a mí me gustan las cosas que pasan inadvertidas. Luego ella ha ido a coger el tren y yo he entrado en el café. Uno de los libros que me he bajado es el Aleph, de Borges, porque recuerdo que el Aleph es el punto que contiene todos los puntos del universo y, como estoy elaborando una lista de zonas y territorios literarios para no sé qué, quiero ver si puedo incluirlo en el listado. Esa necesidad de concentrarlo todo tiene que significar alguna cosa: hace unos meses leí que Italo Calvino soñaba con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. Antes de volver a casa he pasado por la librería. Me he traído El espíritu de la ciencia ficción, de Bolaño, y Más allá del bien y del mal, de Friedrich Wilhelm N. Sé que este último no lo leeré inmediatamente, pero quería tenerlo, como cuando una vez me traje porque sí una piedra de las playas de Normandía.

lunes, 24 de junio de 2019

Sólo más allá de medianoche


Me he levantado temprano esta mañana, como los soldados del cuento de Borges, un pelotón de fusilamiento lleno de hombres muertos de sueño. En la cafetería me he sentado cerca de la ventana y he pedido un café para ver si así conseguía que se expandiese mi universo. Porque  hay varias teorías sobre la expansión del Universo aunque todo es muy complicado. En mi caso puedo decir que mi universo es reducido y, a pesar del café, creo que se está enfriando. Por las noches duermo poco. Esta noche he estado pensando en la Teoría de la gravitación universal, y en que la luna debe de estar cayendo. Ya por la mañana me han dicho que no, que la luna se está alejando a razón de 3 centímetros al año. Menos mal. Después he estado leyendo un rato hasta que ha llegado una mujer que tenía el pelo alborotado como si no hubiera acabado de despertarse. La mujer le ha dicho a la camarera que anoche estuvo en un bar sola hasta que conoció a un hombre, que estuvieron hablando y luego se lo llevó a casa y se fueron a la cama porque ella folla mejor con desconocidos. La mujer se ha ido al poco y he continuado leyendo un rato Aurora, de Nietzsche, que por el título da un poco la sensación de amanecer aunque hable de la muerte. Luego, de vuelta a casa, he pasado por un semáforo terrible que está en combinación con otros dos. No sabes por dónde te van a venir los coches. Sé que un día me atropellarán ahí.

sábado, 28 de febrero de 2015

Navegar es preciso, vivir no es preciso




Al subir por la calle Balmes soplaba allí un viento diabólico. Podría incluirlo en mi colección de ventiscas, pero no tiene nombre. Es un viento sin nombre, sólo lleno de calificativos endemoniados. Hace un tiempo inicié mi colección de corrientes literarias. En ella incluí, entre otras, la ventisca de la que habla Hrabal, cuando dice que vive en un país donde el viento sopla sin cesar, «donde no hay esperanza de que la angustia y el estrés se calmen». Hrabal escribe sobre el föhn, este sí un viento con nombre.

He estado leyendo el Aleph, de Borges. En uno de los cuentos, Borges narra la historia de Droctulft, uno de los longobardos que las guerras trajeron a Italia desde las orillas del Danubio para luchar contra los romanos. Cuenta Borges que probablemente Droctulft «venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era leal a su capitán y a su tribu, no al universo». Y en Rávena ve algo que no había visto jamás. «Ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos». Todo eso que ve le impresiona como si en su «diseño se adivinara una inteligencia inmortal». Y es en ese momento, durante el asedio de Rávena, que Droctulft abandona a los suyos para morir defendiendo la ciudad que había tratado de conquistar. Porque hay ciudades así.

De cuando llegué a Lisboa. Escribe Andrés Trapiello que es importante el momento en que uno entra en una ciudad por primera vez, y que para salir da un poco igual la hora o el día. Entré en Lisboa por primera vez un día en el que se celebraba un funeral. Me dijeron que el fallecido se parecía un poco a Pessoa. Siempre he creído que en Lisboa todos los hombres debían de parecerse un poco a Pessoa. Sólo por comprobar ese hecho me uní, como uno más, a la comitiva de enterradores.
Antes de llegar al cementerio, desde un balcón, una mujer cantó un fado. Aprendí entonces que hay fados corridos, que son como más rápidos y parecen divertidos aunque hablen de la muerte. Mientras escuchaba a la fadista pensé, como el personaje de Nick Hornby, la música que querría que pusieran en mi funeral. Después seguimos nuestro camino hacia el cementerio, bordeando el Tajo, y como decía Pessoa, reproduciendo la fórmula aventurera de los argonautas: «navegar es preciso, vivir no es preciso». Así entré por primera vez en Lisboa. Para salir da un poco igual la hora o el día.

martes, 17 de febrero de 2015

Las cosas se duplican en Tlön




Por mi barrio pasa un tren de cercanías. Creo que por ello nunca hemos pensado en irnos muy lejos. Pero no siempre ha sido así. Hace años, desde mi calle, veía pasar los aviones que despegaban del Prat. En su vuelo había algo de libertad. Aunque eso era antes que modificaran las rutas. Después tuvimos que conformarnos con las gaviotas que volaban sobre nosotros, a primera hora, mientras esperábamos en el andén. Ahora lo normal es que las gaviotas ya no pasen. En mi barrio había un loco que les tiraba piedras, y otro que se las recogía.

Hace unos meses visité el pueblo en el que viví un tiempo. Fueron los años en los que empecé a hablar, a caminar, a ir en bici y a caerme de la bici. Es un pueblecito de Girona, entre montañas y nubarrones bajos. Recuerdo por la mañana salir a la calle para ir al colegio y encontrarme con campos llenos de escarcha y, desde allí, recorrer en autobús el trayecto que nos llevaba hasta el pueblo de al lado. A esas horas, uno aprende a temer el agua negra de un pantano, y también a pensar que si había niebla era por algo, generalmente para ocultar algo.

Durante mi visita al pueblecito de Girona, me fijé en las casas, las calles y la plaza con sus arcadas interiores; me fijé en la gente que tomaba una bebida en la terraza de un bar y me fijé cómo se fijaban en mí. «Las cosas se duplican en Tlön», debería de haber pensado. Y como Borges, debería de haber sabido que las cosas tienden asimismo a borrarse cuando las olvida la gente. En aquel momento debería de haber pensado que ese pueblo formaba parte del cuento de Borges, y que hay lugares que hay que visitar para que perduren, como el umbral que frecuentaba un mendigo «y que se perdió de vista a su muerte». Por el momento, ese pueblo seguiría allí, imborrable; aunque sólo fuera porque, tras varias décadas, había vuelto a visitarlo. «A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro».