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domingo, 8 de marzo de 2020

En esa locura de las cosas sin importancia


Como me gustan las cosas fuera de contexto, he pensado que tenía una piedra en el estómago. Aunque a veces yo también estoy en sitios equivocados. Esta mañana, mientras caminaba hacia una cafetería que hay cerca de mi casa, me he encontrado con un hombre que decía que la propiedad de su cerebro se hallaba en un vacío legal, y la amnesia sólo era un síntoma: sus recuerdos no pertenecían a nadie. Un loco. Después ha seguido diciendo en voz muy alta que, en el Panthéon, en París, vio el péndulo de Foucault en funcionamiento, pero con un cartel que avisaba que había momentos que el péndulo se paraba pero que la Tierra no tenía por qué notarlo. Y en ese gesto sencillo, en ese vacío de pensamiento a través del cual trataba de traspasarnos sus recuerdos para que no se perdieran, ese hombre, al que todos mirábamos con cara de asombro, había logrado desubicarnos. Entonces he pensado en devolvérsela, en comunicarle mis pensamientos, en decirle que he visto catedrales de todos los colores: grises, rojizas; y que en Rouen vi una catedral de piedra blanca que parecía salida directamente de ordeñar una vaca. Pero sólo me he acordado de Piglia, y de la réplica de la ciudad que un loco construyó dentro de su casa, y que lo que pasaba en la réplica pasaba luego en la ciudad, y que por eso estaba loco. 

Ya en la cafetería he estado leyendo los Cuadernos, de Cioran. Aunque dicen que C. es un pensador menor, y quizás lo sea —soy incapaz de juzgarlo—, a mí me está gustando, porque me gustan las cosas sin importancia, como cuando leí los Pequeños tratados, de Quignard, y me encontré allí cosas que entendía, cosas que no entendía y pequeñas maravillas. Escribe Cioran que es imposible leer una línea de Kleist sin pensar en el hecho que se mató. Su suicidio se confunde con su vida, como si se hubiera suicidado desde siempre. La manera de escribir de C. me recuerda a Nietzsche, como buscando la brevedad y lo fragmentado y, a la vez, «contribuyendo con todo lo que se pueda al incremento de la perplejidad general».

viernes, 26 de agosto de 2016

La adicción de Melville



Me he levantado temprano. Siempre he querido vivir cerca del mar. Hace años viví cerca del agua negra de un pantano. Cada mañana pasaba por la carretera que lo bordeaba. Las carreteras próximas a los pantanos son estrechas, invitando a la caída accidental. Siempre, aunque allá abajo no se aprecie el agua negra y quieta, se va bordeando algo. Me he levantado temprano y he continuado leyendo Los excluidos, de Elfriede Jelinek. «En primer lugar, Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, coche y familia, y, en segundo lugar, a todos los demás». Eso es lo primero que he leído esta mañana antes de pensar en el mar. Porque una vez fui ballenero. 

Ha pasado ya bastante tiempo desde el momento en el que cada mañana recorría aquella carretera de tintes delictivos. En ese tiempo he ido acercándome cada vez más a la costa, pareciéndome, como escribe Fleur Jaeggy, a Joseph Brodsky, «que no podía evitar vivir en lugares de agua, como un marino». Y como Anna, he empezado, en primer lugar, a despreciar a todos aquellos que viven lejos del mar, y, en segundo lugar, y con más intensidad, a todos aquellos que viven todavía más cerca que yo del mar.

Leo que cuando está borracho Steve dice que Moby Dick es una novela sobre la cocaína. Una metáfora fantástica de los efectos de la adicción.

Al poco de levantarme he salido a la calle a comprar pan o a arponear una ballena. Escribe Piglia que todo lo que sabe sobre el arte de la pesca lo aprendió leyendo a Melville. En mi caso incluiría también a Tabucchi en esta lista de maestros. Pensando en ello he bajado por Vía Layetana en bicicleta hasta el puerto. Porque los puertos, para los marinos, son el vestíbulo de nuestra casa. Los puertos, continuando con Piglia, «alimentan la ilusión de que es posible cambiar de vida, pero es muy difícil cambiar de vida». Y puede que no se cambie de vida pero alguna vez he conocido a balleneros que pierden las ganas de arponear. Que aparcan su bicicleta en el muelle y se sientan a ver llegar los barcos.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Temen los poetas al hombre que vino de Porlock


No estaba haciendo nada. A veces no hago nada. Entonces ha bajado mi vecina checa para decirme que los grandes poetas siempre se han dejado caer en esa locura, en ese caos que para ellos es su derecho al desorden. Y viniendo como venía de no hacer nada, no sé cómo he recordado lo que una vez escribió Artaud, que «es grave advertir que después del orden de este mundo hay otro orden». Después de leerme unos versos del libro que traía, y antes de irse, me ha dicho que la gente no entenderá jamás la poesía porque jamás aceptará la locura, que es, en resumen, la forma más bella del derecho a marcharse.

He estado leyendo en Encuentro en Saint-Nazaire, de Piglia, sobre el hombre que llegó de Porlock e interrumpió a Coleridge mientras escribía el poema Kubla Khan. Al parecer, en pleno proceso creativo, de golpe, al llegar a la línea fourty-five, Coleridge oyó «unas voces y risas y la puerta del cuarto se abrió… y todo se perdió para siempre». Cuenta Piglia que para algunos ese hombre provenía de Porlock pero para otros era un tal «Somerset Porlock, un elegante hacendado que había estudiado en Oxford y que muere dos años más tarde en un duelo, antes de cumplir los treinta años» pero con la satisfacción de la interrupción cumplida. Y he pensado en cómo, aunque no sean conscientes, todos los poetas temen al hombre que vino de Porlock.

Sobre la locura. Leo que había «una mujer, en Trenton, que era descendiente de Federico Nietzsche. Entraba y salía de las clínicas psiquiátricas y hablaba con fluidez el alemán del siglo XIX. A veces tenía que fingir no ser descendiente de Federico Nietzsche para vivir algunos meses en libertad condicional».

domingo, 29 de noviembre de 2015

Porque hay ciudades así, para darse a la fuga




Mientras caminaba anoche por las calles de Praga me fijé que había muchos perros callejeros. En mi ciudad ya no hay perros así. En mi ciudad lo que hay son muchas palomas, y también muchas gaviotas que se comen a las palomas. Al pasar por un puente sobre el río Moldava vi cómo saltó un suicida que, tratando de ahogarse, falló. Y cómo varias personas tuvieron que sacarlo y, tras hacerse un rato el muerto, se fue para su casa. Durante el paseo me perdí un par de veces. Una de esas veces entré en un café porque tenía frío. Allí vi una novia vestida de novia sentada en una silla, y lloraba. Me tomé un café y unas galletas para entrar en calor. Antes de salir, uno de los camareros me indicó el camino hacia mi hotel. Aunque al poco rato me volví a perder, lo que me pareció normal en esa ciudad, porque siempre me habían dicho que Praga era una ciudad para perderse.

Continúo leyendo Los diarios de Emilio Renzi, de Piglia. En el libro he encontrado el relato de un hombre que esconde la réplica de una ciudad en su casa del barrio de Flores. Y que la ciudad real depende de su réplica «y por eso está loco». El hombre se llama Russell y piensa que lo que él altera en su ciudad replicada se reproduce luego en los barrios y las calles de Buenos Aires, «pero amplificado y siniestro». Escribe Piglia que estuvo en la casa de Russell viendo la maqueta, y quedó fascinando; y que al salir «caminó detrás de una mujer de largas piernas que andaba levemente escorada, como si navegara con el viento de frente».

martes, 10 de noviembre de 2015

N´ ÉCRIVEZ JAMAIS




Llego pronto al bar París porque Sophie siempre tiene prisa. La última vez que hablé con ella me dio la sensación que estaba agotada, que por algún sitio se le escapaba la fuerza. Al verla llegar recordé lo que escribía Piglia, que afuera había una tormenta y un viento fuerte venía del mar, y que ella «caminaba con dificultad, moviendo los brazos como si remara». Al poco ya estábamos despidiéndonos. Y se iba saludando, como si partiera un barco. 

He empezado a leer Lancha rápida, de Renata Adler. Es un libro breve. Otro de esos libros breves que me gustan. Aunque no sé si lo que escribe es ficción o realidad. Cuenta Renata que una vez conoció a alguien que cuando se iba a dormir contaba gente contra la que tenía motivos de agravio. Cuando los tenía rodeados en su mente, los ametrallaba. Y cada vez que olvidaba a alguien tenía que volver a empezar. «Rodearlos. Ametrallarlos otra vez».

Simplemente no le veo sentido. Siempre he tenido la teoría que hay que renunciar; no hacer, dejar de hacer. Por eso, cuando en el libro de Renata Adler he detectado una insinuación a la renuncia, algo profundo me ha llevado a prestarle atención; a dejar de leer y a centrarme en esa frase como alternativa a Bartleby: «Simplemente no le veo sentido».

He seguido leyendo. Y leo que Will salió con un suéter raído a comprar leche a las seis de la mañana. Y que al pasar un autobús turístico, la voz del megáfono se refirió a él: «Allí hay uno». Explica Renata que eso fue en la década de los sesenta y que desde entonces Will se ha estado preguntando: «¿Allí hay un qué?»

N´ ÉCRIVEZ JAMAIS, como corolario final.