domingo, 18 de octubre de 2020

De los pechos pequeños y muy blancos de Hélène

Que soy partidario del desamor porque es algo que permite aprovechar el tiempo libre que queda después de trabajar. Ayer por la tarde me encontré a mi vecina checa en el rellano. Como le conté mi teoría del desamor, me explicó que cuando ella quiso romper con su novio le dijo que le iba a decir indirectas. Y así se lo dijo porque había llegado el momento, y que a partir de entonces se dedicó a viajar, que para ella es otra manera de decir adiós. También me contó que hizo otro tipo de excursiones, y que así conoció a Hélène, la única mujer con la que se ha acostado. Recuerda que Hélène tenía los pechos pequeños y muy blancos, y que ella los succionaba como si de allí fuera a salir ginebra. Y aunque con ella estuvo sólo una noche, en la que bebieron de manera que sólo los poetas podrían entender —y no todos los poetas—, aprendió que hay mujeres que son como viajes al extranjero aunque sólo se esté con ellas unas horas. Entonces le dije que hay una forma de viajar que es ir muchas veces a los mismos sitios, y que cuando en un viaje me atrae un lugar, lo primero que pienso es que me gustaría establecerme allí, como si viajara para encontrar sitios donde vivir —salvo en Honfleur, que es donde un día volveré para morir—; y que si fuera valiente y tuviera posibilidad, permanecería en una ciudad sólo hasta que las relaciones con la gente me condicionaran, que entonces desaparecería. Por lo que sé, está claro que me pasa con las ciudades lo mismo que explica Alejandro Zambra en Bonsái, que elude las relaciones serias, se esconde no de las mujeres sino de la seriedad. Ya saliendo del  ascensor, y mientras nos despedíamos, mi vecina me dijo algo así como que aunque a veces coincidía con varios a la vez, ella siempre ha sido fiel a sus amantes.

domingo, 13 de septiembre de 2020

La hierba de las noches

Fue en el piso de arriba. Un vecino se colgó. Hace ya unos años de ello pero si lo pienso, todavía lo imagino ahí, balanceándose. Y luego aquel grito, cuando apareció un familiar porque hacía unos días que no lo veían. Un quejido de muerte. Que a veces hay pensamientos que son los bajos fondos de los pensamientos. He recordado esto porque estoy leyendo La hierba de las noches, y porque escribe Modiano sobre un personaje que esperaba a que lo interrogaran en el despacho de un edificio del muelle de Gesvres. «Yo me decía a mí mismo que a lo mejor, en ese despacho, estaba en el lugar exacto en que se ahorcó Gérard de Nerval».

Como estoy elaborando una lista de zonas literarias para no sé qué, en este libro he encontrado otro territorio: «el 66», el único café que no cierra de noche y en el que Jean, el personaje de Modiano, entra cuando pierde el último tren de la estación de Le Luxembourg. Este café me ha recordado el barrio de After Dark, de Murakami, que también quedaba aislado de noche cuando acababa el servicio de metro. Son lugares en los que no sabes si no se puede entrar o, en algún momento, no podrás salir, como la fortaleza de El desierto de los tártaros. Sé que también hay zonas así en la cabeza que, aunque no se ven, también son espacios frontera.

He visto que el muelle de Gesvres, está frente a la Île Saint-Louis, una de las islas del Sena. Anoche leí en El libro de las aguas, de Limónov, que Charles Baudelaire vivió ahí, en el Hotel de Lauzun. A Nerval lo encontraron en la rue de la Vieille-Lanterne, y aunque se pensó que podía haber sido asesinado, Baudelaire tenía claro que Nerval murió de lo que murió, y que «lo hizo para librar su alma en la calle más oscura que pudo encontrar».