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lunes, 15 de agosto de 2022

Desde las ventanas de los cuadros de Vermeer


He bajado temprano esta mañana a la cafetería porque en el lado izquierdo de mi cabeza, que es el más emocional, hay una ventana, como en los cuadros de Vermeer. Me he sentado donde siempre porque desafío a aquellos que confunden la repetición con la normalidad. En toda repetición veo algo de creatividad, porque ninguna repetición es exacta, en cada una hay un intento de mejorar la anterior. Cuando ha entrado una pareja, ambos vestidos de negro, he interpretado, a la luz de la razón de lo cotidiano, que venían de un concierto de jazz; por la mañana, a primera hora, la gente siempre parece que viene de sitios equivocados. Con el primer café he estado leyendo un rato Indigno de ser humano, de Osamu Dazai. Escribe Dazai que al poco tiempo de estudiar pintura, uno de sus compañeros le hizo conocer el alcohol, el tabaco, las prostitutas, las casas de empeño y el pensamiento de izquierdas. Esto me ha recordado el love-hotel de Murakami, que se llamaba Alphaville, como la ciudad de la película de Godard donde no estaban permitidos los sentimientos profundos: «El love-hotel es así: un lugar donde hay sexo, pero un sexo que no necesita ni ironía ni amor». Me suele pasar que al final me acabo fijando en personas que están convencidas de que así deben de ser las cosas. No me importa cómo sean esas cosas, así o de cualquier otra manera, sino ese convencimiento de que deben de ser así, de una manera precisa: ese perfeccionismo moral que también buscan los artistas. Luego he estado un rato hablando con Aura sobre la pareja que ha atendido y que parecía salida de una comedia romántica. Le he dicho: No sé, los odio. 

domingo, 13 de septiembre de 2020

La hierba de las noches

Fue en el piso de arriba. Un vecino se colgó. Hace ya unos años de ello pero si lo pienso, todavía lo imagino ahí, balanceándose. Y luego aquel grito, cuando apareció un familiar porque hacía unos días que no lo veían. Un quejido de muerte. Que a veces hay pensamientos que son los bajos fondos de los pensamientos. He recordado esto porque estoy leyendo La hierba de las noches, y porque escribe Modiano sobre un personaje que esperaba a que lo interrogaran en el despacho de un edificio del muelle de Gesvres. «Yo me decía a mí mismo que a lo mejor, en ese despacho, estaba en el lugar exacto en que se ahorcó Gérard de Nerval».

Como estoy elaborando una lista de zonas literarias para no sé qué, en este libro he encontrado otro territorio: «el 66», el único café que no cierra de noche y en el que Jean, el personaje de Modiano, entra cuando pierde el último tren de la estación de Le Luxembourg. Este café me ha recordado el barrio de After Dark, de Murakami, que también quedaba aislado de noche cuando acababa el servicio de metro. Son lugares en los que no sabes si no se puede entrar o, en algún momento, no podrás salir, como la fortaleza de El desierto de los tártaros. Sé que también hay zonas así en la cabeza que, aunque no se ven, también son espacios frontera.

He visto que el muelle de Gesvres, está frente a la Île Saint-Louis, una de las islas del Sena. Anoche leí en El libro de las aguas, de Limónov, que Charles Baudelaire vivió ahí, en el Hotel de Lauzun. A Nerval lo encontraron en la rue de la Vieille-Lanterne, y aunque se pensó que podía haber sido asesinado, Baudelaire tenía claro que Nerval murió de lo que murió, y que «lo hizo para librar su alma en la calle más oscura que pudo encontrar».