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jueves, 24 de agosto de 2023

Con todas la ausencia de amor es diferente

Tampoco es para tanto la literatura. Porque haber leído es otra forma de resignación. Creo que hay que reducirlo todo, que la belleza absoluta es la simplicidad. Lo bello es una ventana abierta a las tres de la madrugada y alguien dándole vueltas a una idea: la de decir una frase sencilla: El amor es como el ego, desplaza un poco el centro del universo. Y a la vez pensar que el desamor, que es una figura llena de nobleza porque no admite el engaño, es como un loco en un embarcadero creyendo escuchar una canción, y al preguntarle a Ferdinand si él también la escucha, éste decirle: «Ya sabe que no», aun sabiendo que así ahondará su locura, pero sin poder fingir, porque la locura tampoco admite el engaño, tan solo la perplejidad. Y como desde la ventana veo a lo lejos la estación y los trenes de mercancías, que son los únicos que pasan a estas horas, he pensado en la mujer que esta tarde en el tren, al llegar a Sants, se ha levantado y ha dicho sin emoción que ayer perdió las llaves y murió su padre, saliendo después de inmediato del vagón sin esperar la reacción que merecía; una mujer-conmoción que despierta el mismo efecto que a C. le despertaba el fenómeno Beckett: «Lo sientes en cuanto estás delante de él. No exterioriza, pero sientes que estás ante alguien». Es a esta hora cuando creo que puedo hacer cualquier cosa, ya que por la mañana todo se iguala. Al despertar, toda la gente se parece. Pero a esta hora es posible inclinarse un poco y mirar hacia abajo, y decir una frase sencilla: El amor es una palabra que genera reacciones, químicas e insensatas. Y leer una frase sencilla, de Beckett, un tiempo después: «Van viniendo/ iguales y diferentes/ con todas es igual y diferente/ con todas la ausencia de amor es igual/ con todas la ausencia de amor es diferente».

domingo, 10 de noviembre de 2019

Porque hay lugares así




 A mí los hoteles me hacen feliz. No sé cuál fue el primer hotel en el que estuve pero recuerdo casi todas las habitaciones en las que he pasado una noche. Me gusta viajar porque es una forma de marcharse, como el personaje de Sexo, mentiras y cintas de video cuando dice que sólo tiene una llave, la del coche: «Si alquilo un apartamento tendré dos llaves, y si busco trabajo puede que necesite otra llave, más llaves. Por eso a mí me gusta tener sólo una llave». De la película de Soderbergh recuerdo las elipsis. Porque no es necesario contarlo todo. A veces no me explicaba algunas cosas; luego ya me las inventaba. Algunos días voy a comer al restaurante de un hotel que hay cerca de la estación de Sants. Es un restaurante en el que entro contento y salgo feliz. También cuando leí Kassel no invita a la lógica fui feliz. Aunque como presto más atención a otras cosas, cuando tengo que hablar de mis momentos de felicidad me veo obligado a fantasear. Recuerdo que una vez en el colegio me disfracé de Portugal. Hice ver a los que se acercaban que no entendía nada. Si me decían algo, a todos les respondía: ¿Pessoa?  

Leo en Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke, que «algunas mujeres cuchichearon a mis espaldas noticias de muerte con delicadeza; ni siquiera cuchicheaban, sólo eran sus vestidos que crujían». Y esta frase me ha parecido muy de Juan Rulfo. 

Leo en La sabiduría de lo incierto, de Joan-Carles Mèlich, sobre Madame Bovary y sobre la mejor descripción que ha leído nunca al respecto del aburrimiento en una relación de pareja: «Se besaban a determinadas horas y ya está». Y qué bien cuando J.C. Mèlich dice que poco tiempo después de Madame Bovary, de Flaubert, irrumpe «el filósofo del martillo»: Friedrich Nietzsche.

Leo en Aurora, de Friedrich Wilhelm N., que la pequeñez de nuestro ambiente, lo que tenemos ante los ojos todos los días, nos hará perecer imperceptiblemente. Y si queréis perderos en absoluto, hacedlo más bien de un solo golpe y súbitamente: entonces quedarán de vosotros ruinas altivas.