Que soy partidario del desamor porque es algo que permite aprovechar el tiempo libre que queda después de trabajar. Ayer por la tarde me encontré a mi vecina checa en el rellano. Como le conté mi teoría del desamor, me explicó que cuando ella quiso romper con su novio le dijo que le iba a decir indirectas. Y así se lo dijo porque había llegado el momento, y que a partir de entonces se dedicó a viajar, que para ella es otra manera de decir adiós. También me contó que hizo otro tipo de excursiones, y que así conoció a Hélène, la única mujer con la que se ha acostado. Recuerda que Hélène tenía los pechos pequeños y muy blancos, y que ella los succionaba como si de allí fuera a salir ginebra. Y aunque con ella estuvo sólo una noche, en la que bebieron de manera que sólo los poetas podrían entender —y no todos los poetas—, aprendió que hay mujeres que son como viajes al extranjero aunque sólo se esté con ellas unas horas. Entonces le dije que hay una forma de viajar que es ir muchas veces a los mismos sitios, y que cuando en un viaje me atrae un lugar, lo primero que pienso es que me gustaría establecerme allí, como si viajara para encontrar sitios donde vivir —salvo en Honfleur, que es donde un día volveré para morir—; y que si fuera valiente y tuviera posibilidad, permanecería en una ciudad sólo hasta que las relaciones con la gente me condicionaran, que entonces desaparecería. Por lo que sé, está claro que me pasa con las ciudades lo mismo que explica Alejandro Zambra en Bonsái, que elude las relaciones serias, se esconde no de las mujeres sino de la seriedad. Ya saliendo del ascensor, y mientras nos despedíamos, mi vecina me dijo algo así como que aunque a veces coincidía con varios a la vez, ella siempre ha sido fiel a sus amantes.
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domingo, 18 de octubre de 2020
sábado, 16 de febrero de 2019
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (IV)
He ido esta mañana a despertarme a una cafetería. He estado
leyendo un rato porque estoy tomando notas para escribir un Manifiesto sobre el desamor, aunque también
me dedico a recopilar diferentes teorías sobre la muerte. Por eso me he fijado
en la gente de la terraza, sobre todo en aquellos que fumaban, y en su forma de
tirar las cenizas al suelo, como si vertieran a un familiar a las aguas del
Mediterráneo.
Después me he encontrado a mi vecina checa en el rellano. Me
ha dicho que ayer, con el frío de la mañana, pensó en difuminarse, y que recordaba
una película de Woody Allen en la que un actor cada vez que salía en pantalla aparecía
desenfocado, y que quizás fuera eso lo más parecido a echarse a un lado, al derecho
a apartarse de un artista. También me ha contado que de pequeña entró a ver a
su tío muerto, y que desde entonces le parece que todos los muertos tienen cara
de no me molestes. A veces lo recuerda en sueños, porque ella también duerme
mal y a destiempo, y que cuando lo consigue tiene sueños raros: ¿Tú también ves
en fila a todos los ahogados del Moldava?
Escribe Zambra que la muerte admite bromas, los cadáveres,
no. Un cadáver es la muerte menos la broma.
En casa he estado leyendo sobre las «obras de arte que
cuelgan de las paredes como mariposas atravesadas por un alfiler. Quieren
convencernos de que alguna vez volaron». Y después ese gesto de Luigi Amara:
Llevar flores a los museos como se llevan a los cementerios.
Hubo un tiempo que pensé que Rainer Maria Rilke era una
mujer. Y que Arthur Rimbaud y Arthur Rimbaud muerto eran la misma persona.
Publicado por
La baleine qui fume
en
17:56
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