miércoles, 8 de julio de 2015

El flâneur que miraba a Margot a los ojos




Ochocientos cincuenta, seis mil trescientos veinte, catorce. Me sucede los días que salgo de paseo. Me gusta pasear. Me gusta todo aquello que desconozco cómo va a ir desarrollándose. Me aburre conversar demasiado de lo de siempre. No me está gustando Llamadas telefónicas, de Bolaño. Me gustan las historias que empiezan de repente y acaban también así: de repente, y a la vez no me gustan las historias que esconden tanto que parecen un queso lleno de agujeros, o una manzana, también llena de agujeros; aunque podría decirse que antes del inicio y después del final repentino de una historia hay también dos grandes agujeros descomunales. Y es ese agujero final y descomunal el que se me aparece mientras paseo: los días que a cada paseante le quedan por caminar. Me gusta Margot. Siempre espero encontrarme a Margot y ver sus ojos oscuros como avellanas. Y decirle: Hace calor esta noche, Margot. Después he ido al Café de Marcello, que es un café en el que no sirven cafés expresos porque las cafeteras son antiguas, de rosca, de las que calientan el agua para que el vapor se filtre entre el café molido. Me gusta el café sin azúcar. He salido del café cuando ya anochecía. Había menos gente en la calle. En la otra acera un hombre parecía desvanecerse; porque hay personas así: que se encogen de hombros con la misma facilidad con que se mueren.

martes, 26 de mayo de 2015

Deja tranquilo a Auster




I. Desde la ventana lo veo beber cerveza. Es como un personaje de Auster: lleno de casualidades. Han pasado los años y sigue con su locura. El otro día se paró en la vía e hizo que un tren frenara a pocos metros de él. Casi muere arrollado pero estaba exultante, como si hubiera logrado hipnotizar a un rinoceronte que tratara de cornearlo. Ahora está en el bar. Lo veo charlar con otros bebedores de cerveza con la normalidad que tienen algunos locos para parecer menos locos cuando así lo desean. Seguro que les está contando la historia del tren. Y cómo logró frenarlo como hubiera logrado frenar una columna de tanques soviéticos si los soviéticos nos hubieran invadido alguna vez.  

Desde la ventana podría escribir un libro que estaría lleno de personajes secundarios; de personajes que irían calle arriba y calle abajo; que comerían en el chino El Palacio de la Luna y que hallarían placer en no hacer, en renunciar. Todos serían personajes efímeros y parecidos, porque en mi barrio todos nos parecemos un poco, aunque cada uno finge a su manera. 

II. Bolaño escribió que «un poeta lo puede soportar todo, lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo, pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar». Pero que «un poeta, en cambio, sí lo puede soportar todo, y que el primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte». Aunque creo que sólo el loco que frena trenes con la mirada podría soportarlo todo, incluso su locura.

III. He cerrado la ventana porque cuando ya es demasiado tarde llega la hora de los poetas. Nunca apago del todo las luces desde que leí que una noche un hombre se convirtió en escarabajo. Si a alguien le sucedió, le puede suceder a cualquiera; porque las cosas se repiten. Sé que Baroja una vez dijo que había leído a Kafka, una novela en la que un hombre se convertía en araña. 

lunes, 6 de abril de 2015

Mi generación, aún joven, ya murió.



Ayer leí un escrito de Vargas Llosa en el periódico. El hombre-florero. A veces, cuando leo a según quien, trato de no pensar en quien lo ha escrito. Es una historia sencilla, y me gustan las historias sencillas. Hoy he acabado de leer el tercer volumen de los Diarios de Iñaki Uriarte. Están llenos de historias sencillas. En una de las entradas explica que una vez conoció a Vargas Llosa en Benidorm. Y que pese a su perpetua sonrisa, le pareció muy frío.

De vuelta a casa. El tren no ha parado hoy en algunas estaciones. Me he fijado en todas esas personas que se han quedado en el andén, ya de noche, levantando las manos como saludando.

Cuenta Pessoa que una tarde vio pasar una manifestación de obreros hecha con no sabe qué sinceridad, porque le cuesta admitir sinceridad en las cosas colectivas. Comenta que al verlos sintió una náusea y que ni siquiera estaban suficientemente sucios. Trato de pensar cómo pensaría Pessoa para decir esas barbaridades. Y creo que aún hay gente que puede pensar así. Que forman parte de una sociedad que no tiene nada que ver con ellos, y como Pessoa escribir que «un hombre, aunque pueda reconocer con el pensamiento que es un ser vivo como yo, ha tenido siempre menos importancia que un árbol, si el árbol es más bello». Entonces pienso en el hombre-florero de Vargas Llosa: un mendigo que decora su banco y su ropa con flores; en la manifestación de obreros no suficientemente sucios de Pessoa; en la neutralidad de muchos de los escritores de ahora, que conservan su obra entre flores, como el traje del mendigo; y también en Uriarte y en sus historias sencillas cuando dice que «dentro de mil años, el sistema social de hoy será considerado como una variante más del esclavismo».