
A los diecinueve años, uno puede permitirse viajar a París por primera vez; sentirse montparmasiano durante una semana; cruzar, como Henry Miller, el Boulevard de Clichy, que está lleno de cosas rojas: paredes rojas, luces rojas y prostitutas con medias negras. Las prostitutas siempre parecen indiferentes a los cambios, como las ciudades fronterizas, o como los gatos; estos, además, indiferentes a cualquier cosa. Como estaba alojado en un hotel cerca del Boulevard des Batignolles, cada mañana cruzaba un puente sobre las vías que llegaban a la estación de Saint-Lazare, que era como cruzar una frontera, y un lugar apropiado para aquellos que consideraban que lanzarse al Sena era demasiado aristocrático. Lo primero que visité en aquel viaje fue el cementerio de Montmartre, que era un lugar en el que al entrar me bajó un grado la temperatura del cuerpo. En el hotel, compartía habitación con otros dos amigos de la facultad. Una tarde vimos en el edificio que había al otro lado de la calle a una mujer que se paseaba desnuda por el comedor de su casa. Al momento, uno de los compañeros sacó unos prismáticos de la maleta. Eran unos prismáticos pequeños, como de palco de la Ópera Garnier. Pero acercaban. Aquella mujer era alta y esbelta. Umbral diría que tenía un perfil de caballo griego. Era alta y esbelta, y tenía la piel blanca y unos senos moderados y sólo un poco caídos, como las bolsas de una alforja sobre el lomo de un caballo pálido; asimétricos, sin temática, seductores, y aceptados en el mundo de la creación como un elogio del arte. Aquella mujer de piel blanca y rostro normando me dio la impresión de fluidez. Es algo que me pasa desde que de pequeño veraneaba en un camping de la Costa Brava, que todas las francesas me parecían la Revolución Francesa. Es la misma sensación que cuando se llega por la mañana a la estación y los trenes circulan con normalidad porque hace ya un rato que han levantado el cuerpo de las vías. Fue otro día cuando me di cuenta que el amigo que había sacado los prismáticos cuando se necesitaban unos prismáticos iba preparado no como si estuviéramos en París, sino a los pies de las colinas de Ngong: al pedirle un remedio para el dolor de cabeza, me ofreció tres.