He abierto la ventana de mi habitación esta mañana porque me gusta todo lo que aumenta el desconcierto. Como era muy pronto, he ido a la cafetería. Mientras leía, Aura se ha acercado con su pelo alborotado y me ha dicho que siempre tengo aspecto de ser una persona muy pendiente de saber si está lloviendo en Roma. Después ha entrado un hombre con un galgo delgado y negro que parecía mantener un hondo equilibrio en la fatalidad. Como se ha sentado en la mesa de al lado, me ha saludado y me ha dicho que hace unos años se encontraron unos papeles con los registros de un sismógrafo de Santiago de Chile, y que en esos registros sísmicos se aprecia la hora exacta en la que dos cazas bombardearon la residencia presidencial de Allende. «Y luego silencio, un ruido sísmico inferior a cualquier otro día: el toque de queda. Los sismógrafos también captan los terremotos sociales». Como no sabía qué responder, le he dicho que abrir una ventana siempre genera algún tipo de expectativa, sobre todo en los que miran desde abajo; entonces, me he levantado y he ido al lavabo para hacer tiempo mientras en la calle empezaba a haber movimiento y pitidos de coches, como en una secuencia de Godard. Aunque al volver, el hombre con la escala de Richter bajo el brazo seguía allí. Ha sido entonces cuando le he explicado que un día, en Albi, conocí a una chica que tenía un pelo negro y largo que le caía sobre un ojo, sobre un hombro, y era experta en el conocimiento de tres ciudades fronterizas. No sé bien por qué he pensado en aquello ni por qué se lo he contado a ese desconocido, pero le he dicho que era evidente que la cara de aquella mujer era triste: era una cara de la Francia de Vichy. Cuando el experto en temblores y su galgo negro se han ido, he estado leyendo Despachos de guerra, de Michael Herr, que son las crónicas que escribió durante la guerra de Vietnam. Como me interesa todo sobre Vietnam, incluso cuando era una colonia francesa que formaba parte de Indochina y Saigón era conocida como el París de Asia, he recordado a André Malraux cuando escribía sobre la imposibilidad de conservar aquel territorio: «Lo único que podemos salvaguardar es algo parecido a un imperio cultural. No quedarían muchos franceses en aquellas tierras, pero quizás se quedaría Francia».
viernes, 27 de diciembre de 2024
Pero quizás se quedaría Francia

domingo, 19 de mayo de 2024
Al otro lado del río y entre los árboles
Después de leer Al otro lado del río y entre los árboles, de
Hemingway, busqué fotos de la Batalla del Bosque de Hürtgen. Yo podría ser uno
de esos locos que, yendo a los lugares de la batalla, buscara el lugar exacto
donde se hicieron algunas de las fotografías. El antes y el ahora.
Como ese sería uno de los tipos de locura en los que podría
caer, seguí mirando fotografías hasta que vi una, de la Batalla de las Ardenas,
también cerca del Bosque de Hürtgen, donde se veían a unos soldados de
rodillas, entre la nieve, junto a unas ramitas entre más nieve. También se veía un
caballo muerto y árboles sin hojas. Me gustan los árboles sin hojas porque parece
que extienden unos brazos esqueléticos pidiendo explicaciones. No se ve al
enemigo, como en el discurso del embajador escita a Alejandro Magno: «¡Cuando
hayas sometido a la humanidad, combatirás contra los árboles!»
Eso fue hace días, pero también forma parte de esas locuras seguir con una idea varias semanas después. Encontré que el fotógrafo se llamaba Cpl. Hugh F. McHugh —siempre es mejor escribir encontrar que buscar—, y que esa fue su última fotografía.

domingo, 3 de marzo de 2024
Posiblemente un romántico. ¿A quién le importa?
Había caminado un rato por Honfleur cuando me encontré con Marguerite. En Honfleur no se puede caminar durante horas sino es en círculos, porque Honfleur es como la literatura. Entonces Marguerite, como si me hubiera leído el pensamiento, me dijo que en ese pueblo mareante, todo lo que no es literatura es muerte. Ella no sabía en ese momento que para mí, Honfleur es el lugar donde acudiría cuando sintiera que se acercaba mi muerte, porque Honfleur es un lugar para morir. Como aún no era el caso, nos sentamos en un bar del puerto. Mientras tomábamos un vino de la región, le dije que Francia es un país terminado: no hay ni una grúa. Entonces cambié de tema y le comenté que en la literatura no me gustan las casualidades. Tampoco los sueños. Pero que sí que me gusta que aparezcan árboles, y que en los libros de W.G. Sebald siempre aparecen árboles. En la vida hay casualidades y también árboles. Como pedimos otra copa de vino, ella me dijo que en la película La zona de interés, que se centra en la vida familiar del comandante de Auschwitz, el perro negro que está siempre cerca de la mujer de Rudolf Höss es el mal, porque aunque parece que no se quiere mostrar, está siempre por ahí rondando. Un perro nunca se pregunta el porqué. Entonces dejó de hablar y vi que se fijaba en un hombre sentado en otra de las mesas del bar. Era un hombre alto, con las piernas cruzadas que dejaban ver un calcetín con los dibujos del camuflaje del acorazado Bismarck. Marguerite volvió a mirarme, cerró la mano y haciendo el gesto de levantarse, me dijo: Posiblemente un romántico. ¿A quién le importa?