viernes, 6 de julio de 2012

A seis centímetros sobre el suelo


 
Cora era bella. A pocas lenguas se les escapaba hablar de ella. Las más bífidas se retorcían aseverando que de oficio tenía el arte de la buena vida y del placer ajeno. Cora taconeaba a seis centímetros sobre el suelo como si lo que se contaba en la Tierra no fuera con ella. Colgaba su alma en una percha cada mañana, sobre el grimorio que le entregó su abuela, para evitar así que se le arrugara durante el día.
Cora lucía un aspecto leonino que hacía mantenerse a los chacales a distancia. Las venas le sobresalían del cuello como arroyos desbordados. Algunas decían que lo hacía para provocar; el marketing de su negocio. Tenía los brazos esbeltos, el pelo afilado y el hígado del revés. En él encajaba los golpes más duros, las asechanzas más insidiosas y las copas más largas.

En casa la esperaban sus dos paladines: Tigris y Eufrates, dos felinos que habían visto demasiadas cosas y habían callado muchas más.

sábado, 30 de junio de 2012

Es por la Bora



“Es por la bora", dicen, y encuentran así justificación a algo que les afecta y forma parte de sus circunstancias. Así son todos esos vientos con nombre propio. Incluso cuando alguien empieza a cantar por la calle y a gritar mirando al este o cuando otro se acerca a una tendera que ni conoce y le dice algo al oído. “Es por la bora”, se dicen todos y todos lo entienden.

Volviendo a la cueva

Los días en la cueva son días de pocas historias. A la cueva se entra por las escaleras y se puede llegar hasta el fondo por el pasillo que hay entre las mesas. Prácticamente no hay luz solar. La que ilumina es una luz simulada. Las paredes son blancas y con el paso del día marchitan y aunque siguen siendo blancas parecen grises. A mí me lo parecen. Nunca he preguntado a los demás de qué color ven las paredes pero, si lo hiciese, seguro que me dirían que del color de las costillas de una ballena.

Los días en la cueva son días sin ideas. No sé a quién puede interesar que esos días no tengan ideas. Cuando sales de la cueva ya todo está oscuro para que, cuando al día siguiente vuelvas a estar dentro, creas que afuera todo está apagado y que es mejor algo de luz que la falta de ella. Con el tiempo se aprende a no pensar en ello: afuera todo está apagado, se piensa. 

Los días en la cueva son días que no cuentan. Pero sí cuentan. Eso lo veo después, cuando salgo. A veces cuando salgo vuelvo a entrar y a salir para ver si noto algo. Supongo que es en ese momento cuando debería notarlo pero no siempre es así. Hay veces que estando dentro creo estar fuera pero sin poder hacer las mismas cosas que hago fuera.




«Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí.»  Marx, “Manuscritos económicos y filosóficos”