lunes, 15 de agosto de 2022
Desde las ventanas de los cuadros de Vermeer
sábado, 19 de marzo de 2022
Sobre el amor, 20:35 de la tarde
Siempre me fijo en las personas que estamos ahí, esperando, por
la mañana, por si alguno pone cara de saltar. Cuando un tren llega antes de la
hora, a todos nos coge por sorpresa, incluso a los suicidas. Como me he sentado
al lado de una mujer que decía que dormía mal y que tenía que luchar —malditos
ingleses— contra esa manía de tomar té por la tarde, me ha parecido Juana de
Arco. Entonces he pensado en Rouen, quizás la ciudad más bonita por la que pasa
el Sena, y he recordado que una vez comí en un pub al lado de Le Gros-Horloge, cerca
de la place du Vieux-Marché y viendo, desde la terraza, a lo lejos, la catedral
de piedra tan blanca como el esperma de una ballena. Mientras en el tren, a mi
izquierda, un hombre tenía el aspecto firme de haber leído un poema de
Baudelaire.
Un poco antes, de camino a la estación me he encontrado a mi vecina checa, que volvía de trabajar. Como ha visto que llevaba en la mano El libro de todos los amores, de Fernández Mallo, me ha dicho que a ella no le interesa la naturaleza de lo universal, que el mal está en los detalles. Con esas primeras palabras de la mañana, ya en el tren, he empezado a leer unas páginas del libro, que es un catálogo de todos los tipos de amores pero no sólo eso. Escribe Fernández Mallo que en la película An unmarried woman, una mujer que cena con sus amigas, suspira y dice: «Echo de menos los orgasmos rápidos a la antigua». Mientras leía, he pensado en un libro que me regaló Gema que es una pequeña maravilla: Sobre el Amor, basado en Sobre el Estado, de Lenin, en el que el autor sustituye, en todo el texto de la conferencia que pronunció Lenin en la Universidad de Sverdlov en 1919, la palabra Estado por la palabra Amor. Recuerdo que cuando lo leí, lo que hice fue sustituir la palabra Amor por Desamor, y todo empezaba a tener más sentido: «Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Desamor».

sábado, 12 de febrero de 2022
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (VII)
Una vez, en Arles, en les Alyscamps, una necrópolis romana, en las tumbas de piedra, abiertas como maceteros, me senté a descansar un rato hasta que vino un guardián. En todos los sitios donde hay muertos hay guardianes.
Escribe C.: «¡La muerte, qué deshonor! Convertirse de
repente en un objeto».
Leo que en la rue des Écoles, donde fue atropellado Barthes,
hubo durante mucho tiempo una pintada que decía: «DISMINUYA LA VELOCIDAD,
PODRÍA ATROPELLAR A ROLAND BARTHES». Barthes vivía en el sexto piso de la rue
Servandoni, desde donde lanzó la costilla que le quitaron en 1945 en Leysin
cuando le hicieron un neumotórax extrapleural. He leído que la furgoneta de una
lavandería fue la causante del atropello mortal, y que Barthes venía de
almorzar con Mitterrand. Desde su casa en la rue Servandoni hasta la rue des
Écoles hay seis minutos caminando.
Escribe José Vidal Valicourt que hay quienes afirman que si
se matan es por una curiosidad superior: quieren saber qué hay en ese
territorio llamado muerte, qué demonios está cociéndose en la nada.
Dice mi vecina checa que tiene ganas de que llegue el mes de
julio para bajar a casa y poder ver una etapa del Tour en diferido, y que suban el Mont Ventoux, que es uno de nuestros puertos preferidos, junto a la Croix de
Fer, que siempre nos suena a la condecoración máxima de un soldado después de
muerto.
Yo vine aquí sólo a escribir sobre la muerte y he acabado
escribiendo sobre lo que no comprendo.
Leo que «al día siguiente de la muerte de Gide, Mauriac
recibió este telegrama: El infierno no existe. Suéltate la melena. Stop.
Gide»
Escribe Lispector, seca: «Muerte, te odio».
