domingo, 6 de diciembre de 2020
Autorretrato II

domingo, 1 de noviembre de 2020
Papeles falsos
Anoche estuve un rato mirando desde la ventana, porque encuentro en las ventanas una forma de simplificar todas las complicaciones que me envía la realidad. Es justo en ese punto que dar un paso al frente también es viajar pero de otra forma. Estuve pensando cuando, hace ya unos años, le dije que lo que tengo dentro de la cabeza es mi Stalingrado interior, y me respondió que a ella no le importaría vivir en esa ciudad, porque si aquello eran las ruinas de una ciudad en la que había que ir con cuidado con los cascotes tirados por la calle, que afuera, en la vida real, también había que ir con cuidado con los coches. También anoche comencé a leer Papeles falsos, de Valeria Luiselli, y que sólo con las primeras siete páginas podría darme ya por satisfecho. Porque son una maravilla llena de muertos. En esas primeras páginas —Cimitero de San Michele—, Luiselli busca la tumba de Brodsky en la isla de San Michele, en Venecia. Era normal que escribiendo sobre Brodsky y sobre Venecia, Luiselli se refiriera a Marca de agua. A mí me gusta mucho ese libro de Brodsky, porque hay libros que fijan algunas ideas. Cuando Valeria encuentra la tumba del ruso, sobre la que había chocolates, plumas y flores, ve a una anciana cargada con bolsas de mercado parada frente a la tumba de Ezra Pound. Anoche, mientras miraba por la ventana, pensé que a veces parece que me arrastro por el suelo en lugar de caminar, como si estuviera afectándome el espíritu de un cocodrilo. Además, como me gustan las agrupaciones literarias raras, busqué un texto de Luigi Amara en el que explica cómo, junto con un grupo de amigos, crearon la Internacional Bostezante, cuya idea central era perfecta: «Estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun tristeza, con la dinamita temible del bostezo». Y que el fin de La Internacional Bostezante era volverse odiosos a fuerza de abrir constantemente la boca y comportarse como un pez. Aquello me pareció una idea legítima. Luego volví a las primeras páginas de Papeles falsos, cuando la anciana que estaba parada junto a la sepultura de Pound se acerca a la de Brodsky y «con toda tranquilidad», como si fuera una rutina, empieza a guardarse los chocolates que le habían dejado al ruso. También luego se guardó las plumas y los lápices. Y entonces Luiselli le pregunta si había conocido a Brodsky o si lo había venido a visitar. «No, no —le dijo— sono venuta per visitare el mio marito, Antonino. Credo que Brodsky era un famoso poeta, ma non tanto come il bello Ezra»

domingo, 18 de octubre de 2020
De los pechos pequeños y muy blancos de Hélène
Que soy partidario del desamor porque es algo que permite aprovechar el tiempo libre que queda después de trabajar. Ayer por la tarde me encontré a mi vecina checa en el rellano. Como le conté mi teoría del desamor, me explicó que cuando ella quiso romper con su novio le dijo que le iba a decir indirectas. Y así se lo dijo porque había llegado el momento, y que a partir de entonces se dedicó a viajar, que para ella es otra manera de decir adiós. También me contó que hizo otro tipo de excursiones, y que así conoció a Hélène, la única mujer con la que se ha acostado. Recuerda que Hélène tenía los pechos pequeños y muy blancos, y que ella los succionaba como si de allí fuera a salir ginebra. Y aunque con ella estuvo sólo una noche, en la que bebieron de manera que sólo los poetas podrían entender —y no todos los poetas—, aprendió que hay mujeres que son como viajes al extranjero aunque sólo se esté con ellas unas horas. Entonces le dije que hay una forma de viajar que es ir muchas veces a los mismos sitios, y que cuando en un viaje me atrae un lugar, lo primero que pienso es que me gustaría establecerme allí, como si viajara para encontrar sitios donde vivir —salvo en Honfleur, que es donde un día volveré para morir—; y que si fuera valiente y tuviera posibilidad, permanecería en una ciudad sólo hasta que las relaciones con la gente me condicionaran, que entonces desaparecería. Por lo que sé, está claro que me pasa con las ciudades lo mismo que explica Alejandro Zambra en Bonsái, que elude las relaciones serias, se esconde no de las mujeres sino de la seriedad. Ya saliendo del ascensor, y mientras nos despedíamos, mi vecina me dijo algo así como que aunque a veces coincidía con varios a la vez, ella siempre ha sido fiel a sus amantes.
domingo, 13 de septiembre de 2020
La hierba de las noches
Fue en el piso de arriba. Un vecino se colgó. Hace ya unos
años de ello pero si lo pienso, todavía lo imagino ahí, balanceándose. Y luego
aquel grito, cuando apareció un familiar porque hacía unos días que no lo veían.
Un quejido de muerte. Que a veces hay pensamientos que son los bajos fondos de los
pensamientos. He recordado esto porque estoy leyendo La hierba de las noches, y
porque escribe Modiano sobre un personaje que esperaba a que lo interrogaran en
el despacho de un edificio del muelle de Gesvres. «Yo me decía a mí mismo que a
lo mejor, en ese despacho, estaba en el lugar exacto en que se ahorcó Gérard de
Nerval».
Como estoy elaborando una lista de zonas literarias para no
sé qué, en este libro he encontrado otro territorio: «el 66», el único café que
no cierra de noche y en el que Jean, el personaje de Modiano, entra cuando pierde
el último tren de la estación de Le Luxembourg. Este café me ha recordado el
barrio de After Dark, de Murakami, que también quedaba aislado de noche cuando
acababa el servicio de metro. Son lugares en los que no sabes si no se puede entrar
o, en algún momento, no podrás salir, como la fortaleza de El desierto de los
tártaros. Sé que también hay zonas así en la cabeza que, aunque no se ven,
también son espacios frontera.
He visto que el muelle de Gesvres, está frente a la Île Saint-Louis, una de las islas del Sena. Anoche leí en El libro de las aguas, de Limónov, que Charles Baudelaire vivió ahí, en el Hotel de Lauzun. A Nerval lo encontraron en la rue de la Vieille-Lanterne, y aunque se pensó que podía haber sido asesinado, Baudelaire tenía claro que Nerval murió de lo que murió, y que «lo hizo para librar su alma en la calle más oscura que pudo encontrar».

domingo, 30 de agosto de 2020
El viaje vertical

miércoles, 19 de agosto de 2020
Cuando la muerte te toca de lejos parece otra (VI)
Escribe Masoliver Ródenas que les entraron ganas de mear en el cementerio. «¿Vamos a la tumba de Atento?» «No, con los amigos no me atrevo, por cabrones que hayan sido. Yo me meo aquí mismo, en la tumba del cadáver desconocido»
Que he calculado que me quedan 1.400 libros por leer antes de que llegue el momento.
Escribe C. sobre alguien que se acaba de morir: Se ha vuelto indiferente.
¿Quién no ha tenido alguna vez delirios de franqueza frente a un cadáver?
Escribe Malaparte que en el cementerio, sobre la tumba de un estudiante, se leía el siguiente epígrafe medio borrado por los años: «Dios ha interrumpido sus estudios para enseñarle la verdad»
Que he estado dos veces en Honfleur. La segunda vez pensé que sólo volvería allí para morir, como el Sena.
Escribe Anna Carreras sobre la escritura sin firma. El grado cero de la literatura. La muerte del sujeto (cuando el sujeto es afrancesado, media muerte)
Si la primera vez que estuve en París, lo primero que hice, sin prepararlo, ya que estaba ahí, fue ir al cementerio de Montmartre, lo primero que hice en Arles fue visitar los Alyscamps, una necrópolis romana con unas tumbas abiertas que parecían maceteros.
Con Pascal Quignard los hechos suceden como sucedían en la mitología griega. No se sabe muy bien por qué, pero suceden y te los crees. Lucilla rechaza una baya, pequeñita, estropeada, y la rechaza con asco. «Por ese motivo los hombres mueren». Pero el Amo de las bayas le dice a Hardnit que para no morir debe cantar una cancioncita que favorece los arándanos. Pero ya no se conoce la letra, esa costumbre se abandonó.
Escribe C. que morir es convertirse de repente en objeto.

sábado, 1 de agosto de 2020
Sur le Pont de Mirabeau
Que en un libro no me fijo en los grandes temas sino en las pequeñas cosas, que es donde pasan las cosas. Por eso también estoy leyendo Kaputt, de Curzio Malaparte. Cuenta Malaparte que los caballos de la artillería soviética, huyendo de un fuego en el bosque cerca de Leningrado, entraron en el lago Ládoga mientras el viento del Norte lo estaba congelando, convirtiéndose en una plancha de mármol blanco sobre la que sólo sobresalían cientos de cabezas heladas de caballos que permanecerían así todo el invierno. También explica Malaparte que después que se decretará la demolición del antiguo cementerio, De Foxá y sus amigos escritores fueron una noche a visitarlo. Algunas tumbas habían sido abiertas y vaciadas, y los muertos estaban a la vista. Entonces encontraron a un joven marinero que había muerto por azar en Madrid, lejos del mar. «Miralles depositó sobre el pecho del muerto una hoja de papel en la que había dibujado a lápiz una barca, un pez y algunas olas»

viernes, 10 de julio de 2020
Se lanzó Celan al Sena
Mientras tomaba el café he pensado que los cementerios
tendrían que construirse siguiendo el eje Este-Oeste. La puerta de entrada
orientada hacia el Este, por donde sale el sol, y la parte de atrás del
cementerio hacia el Oeste, hacia el ocaso. Pero no es así. El único criterio
era situarlos lejos. De ahí que los cementerios estén desorientados. Por eso
los muertos no se acaban de ir del todo.
Después me he acordado de Celan, y que cuando se arrojó al Sena escogió el puente de Mirabeau, el punto exacto que aparece en la balada de Apollinaire. Para Steiner, Celan escogió ese lugar porque estaba situado bajo las ventanas de la habitación en la que Tsvietáieva pasó su última noche antes de regresar a la desolación y la muerte en la Unión Soviética. Creo que en un momento así uno no piensa en Apollinaire, que Celan saltó desde el puente de Mirabeau, que no es un lugar muy bonito pero estaba cerca de su casa. Y como ya no quedaba nadie en la terraza he repetido en voz baja una frase que tal como la iba pronunciando me parecía una consigna dadaísta: «Se lanzó SELÁN al Sena».

sábado, 20 de junio de 2020
La leyenda del santo bebedor
Anoche acabé de leer La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth. En algunos libros, como en este, las cosas pasan con facilidad. Hay una continuidad. Puede pasar algo malo o no, pero, si pasa, es algo que, evidentemente, tenía que pasar. Los libros así me simplifican la vida: busco la sencillez en las cosas. También busco en otras cosas la belleza. Porque pienso que todo es demasiado complicado, que desde primera hora de la mañana ya todo son interpretaciones, y que los espejos deberían limitarse a mostrar la verdad.
sábado, 6 de junio de 2020
Molloy
He acabado estos días de leer a Beckett. Hay un momento que Molloy camina por el bosque y se encuentra en una encrucijada en forma de estrella, con varios senderos. Y entonces da una vuelta completa sobre sí mismo. O parte de una vuelta; en general, camina sin parar hacia una ciudad, pero no recuerda el nombre de esa ciudad. Cómo me ha gustado esto. Me ha parecido un cuento de Lewis Carroll. Cuando el personaje de un libro, como Molloy, de Beckett, camina sin saber hacia dónde, eso debería de bastar. Aunque después he estado buscando más información. Y he llegado a Descartes, a la tercera parte del Discurso del método, cuando escribe que los caminantes extraviados en un bosque deben dirigirse siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aunque esa dirección la haya determinado el azar, «pues de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque». Molloy, en cambio, sabiendo que en el bosque cuando uno cree avanzar en línea recta no hace más que describir círculos, pone su mejor voluntad en describir círculos, con la esperanza de avanzar así en línea recta. Y como asocio libros que no tienen ninguna relación —cosa que no me pasa con las personas, que no asocio unas con otras porque las personas cambian y tener que modificar esas asociaciones me desorienta—, he recordado la idea de Moran, en la segunda parte del libro de Beckett, de que las cosas por la noche parece que cobran vida, y al amanecer, «las cosas vuelven a ocupar solapadamente su posición diurna, se instalan, se hacen el muerto», y la he relacionado con Limbo, de Fernández Mallo, cuando escribe que los objetos sobreactúan. Y que la muerte acontece cuando los objetos dejan de sobreactuar para nosotros.
sábado, 16 de mayo de 2020
Autorretrato
